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Jun 17 2017

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YA NOS OFRECERÁN ALGO MEJOR



por Diego Kenis

Es que no se trata de buscar la felicidad por el sendero del consumo, que ellos mismos han querido vendernos en otros momentos y ahora nos lo señalan pecado. Se trata de tener un gobierno que simplemente no genere angustias.


Sobre Bahía Blanca y su región campean el desempleo y la recesión, la desesperanza y alguna bronca a estrenar. Vaya novedad: como en todo el país. Sólo que aquí hay algo de especial: el apoyo al macrismo, hoy notoriamente menguante, supo pasar del 60 por ciento. Incluso fue fuerte en barriadas populares, con carencias que no supimos responder o situaciones que no alcanzamos a oír. Demandas que encontraron sus canales en los medios hegemónicos, que hoy –desde luego- ya no las recuerdan.

El intendente local, Héctor Gay, es un ex periodista de los medios de Vicente Massot. Le hace honor en los actos patrios. Como aquél, memorable, en que instó a derrotar a “los enemigos de dentro y de afuera”, que “perfectamente organizados” pretenderían “subvertir a nuestra juventud”.

El hombre tiene problemas de discurso. Básicamente, no le coinciden con el siglo en que vive. Pero como está acostumbrado a los micrófonos de la radio hegemónica, donde editorializó treinta años, puede caer en la trampa de pensar que es obligación general escucharlo sin disentir ni responder.

Es, podría decirse, un coleccionista en anuncios. Presentó como indestructible una garita de espera de colectivos: al día siguiente se voló con el viento. Prometió un “shock de asfalto”: nunca llegó. Cuando era evidente que los autos caían en los cráteres, explicó que él había dicho que hacía falta un shock de asfalto, no que lo fuera a hacer realidad. Para salir del paso, confesó su gran sueño de obra pública: una pista de canotaje en medio de la ciudad. Sobran los comentarios.

Promediando mayo de este electoral 2017, Gay anunció que anunciará un programa de capacitación laboral. Aunque la propuesta parece beneficiar -otra vez- más a las empresas que a los trabajadores, el intendente subrayó que pretende “volver a la cultura del esfuerzo y no del asistencialismo”.

Un nuevo escupitajo, tan maquillado como violento, a los sectores populares. Esperable, porque otros funcionarios de su gobierno ya dijeron que los pobres deben tomar lo que se les dé, incluso cuando sea leche en mal estado. O que las nenas de catorce años se embarazan con el oscuro propósito de cobrar la Asignación Universal. Entendible, también: Gay es un ostentoso agroganadero de la pampa húmeda, nunca pasó penurias ni conoce la vida diaria de quien debe buscarse mil changas a falta de un trabajo. A su biografía le conviene pensar que quien tiene, lo merece.

Claro que este cruzado contra el supuesto asistencialismo estatal ignora los fondos públicos que se fugan a las empresas, y recibió sin comentarios el aumento que llevó a 250 mil pesos el sueldito estatal por hacer la gestión que hace. Por mencionar sólo dos de las canillas estatales que no le preocupan.

Por otro lado, para que esa falacia de clase –la famosa meritocracia– se sostenga, es necesario martillar con su contrario. Desde un odio, para colmo, disfrazado de caridad sensible. Si los pobres que son asistidos por el Estado deben volver a la cultura del esfuerzo y del trabajo, es porque la han perdido, no la tienen o no la conocen. Es difícil concebir insensibilidad mayor a ese último insulto, sobre todo si imaginamos que lo escuchan la madre soltera que corre el día por tres trabajos o el hombre mayor que no tiene pan en la mesa. Difícil superarse. Pero siempre lo hacen, si de falta de sensibilidad se trata.

Nadie se salva. Han instado a los vecinos a denunciar al 911 a los nenes que venden trapos de piso, curitas, estampitas y velas en la calle y en los bares. En algún momento les ofrecerán algo mejor que eso, dicen. Desconocen los tiempos del estómago, las zapatillas que se rompen, cenar torta con café con leche. Si hay suerte. Desprecian la infinita bondad y honestidad que vive en quienes, pese a todo, prefieren pedir monedas o vender trapitos antes que salir de caño. No perdonan ni a los perros de la calle, los únicos amigos de una infancia desamparada: van a quitar las cuchas que la gente improvisaba con tambores de plástico para que los perritos en tránsito se abriguen del frío.

Es que ya les ofrecerán algo mejor, a todos. Mientras tanto, a los nenes se los lleva un patrullero y a los perros la perrera, unos sufren para siempre la vergüenza social de ser detenidos y llegan a una casa sin mesa y otros son confinados a un recinto enjaulado donde no les quedará más supervivencia que comerse entre ellos, la mejor metáfora canina del proyecto que el macrismo tiene para todos nosotros.

Es fácil pronosticar el próximo ataque, velado, dicho con aires de buena intención, con superioridad de consejo de tío rico. Vendrán a hablarnos, como ya han querido hacerlo, de lo fácil que es la felicidad, que no necesita del dinero. Lo harán subidos a caballito de libros de autoayuda.

El insulto es así doble, porque no sólo desconocen las necesidades siempre inmediatas, impostergables, de quien no tiene nada. También ignoran la noble sabiduría y las cristalinas alegrías de los sectores populares, que se dejan encontrar por la felicidad varias veces al día: en una pelota, en un perrito, en un día de sol, en un barrilete, en una guitarra, en un beso y en el decálogo de cosas que Leonardo Favio y Jorge Cafrune cantaron en la Chiquillada de José Carbajal.

Voy a hablar por mí: siempre encontré la felicidad, y sentí que mis cercanos la encontraban también, por los mismos caminos. Cuando era chiquito y más pobre aún de lo que soy hoy, era un momento festivo ir al supermercado: significaba que había algo de plata en efectivo, no había que pedir fiado, y mi Viejo se daba entonces el esporádico lujo de un salamín y un Marcela, y me compraba una revista de historietas que tenía que durarme todo el año. Esas eran las modestísimas ambiciones que, nos dicen los ricos, son un pecado capital de avaricia.

Es que no se trata de buscar la felicidad por el sendero del consumo, que ellos mismos han querido vendernos en otros momentos y ahora nos lo señalan pecado. Se trata de tener un gobierno que simplemente no genere angustias. El problema que tenemos los pobres no es que no sepamos encontrar la felicidad, sino que nunca nos podemos esconder de las tristezas, el desprecio y la opresión que nos enchufan quienes desbordan de pasiones carroñeras. Pero no desesperemos: octubre sí nos ofrecerá algo mejor.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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