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May 17 2017

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VENEZUELA



Por Horacio González

Horacio González aborda en este trabajo la compleja realidad social y política de una Venezuela acechada desde las derechas comunicacionales y políticas por una lado, y por las contradicciones internas de la experiencia bolivariana iniciada por Chávez.


Las necesidades de esas derechas mundiales depositan sus posibilidades de éxito en la instauración de un clima de violencia favorable al derrocamiento del “demonio populista”. En Argentina, esas usinas unen nombres despojándolos de los modos diferentes para pensar la cuestión de América Latina como “un país” homogéneo y para nada unívoco. El modo operativo de trolls y sus extensiones mediáticas produce la reducción efectista “Maduro es Kirchner”, y Venezuela el posible espejo de Argentina, desconociendo la complejidad del bolivarismo venezolano. Pequeño, triste y muy dañino, es el papel que le toca al presidente Macri en este escenario.

I

Voy a hablar en primera persona, sólo en algunos momentos de esta nota, sobre los acontecimientos que se suceden en Venezuela. Se sabe, son acontecimientos con indudables rebordes de tragedia política, humana y social. Digo en primera persona, porque no soy politólogo, ni constitucionalista, ni alguien que pasa por alto la indeseable violencia que hay que detener, ni un “funcionario de la humanidad” que lanza advertencias bienhechoras ignorando todo lo que allí está en juego. Comienzo diciendo que recuerdo la figura de Chávez con gran simpatía; se movía entre el exceso teatral y la convicción épica acendrada que lo llevó a pronunciar en determinado momento la palabra crucial, socialismo. No conozco sus comienzos de joven oficial del ejército; al parecer, ya hacía gala en ese momento de una sensibilidad social que para un miembro de esa institución poseía cierta excepcionalidad.  Fue siempre un oficial político. Su bolivarismo se declaró en sus inicios, ya joven, lector de epístolas y textos bolivaristas que no era raro que retuviese luego con su sorprendente memoria.


Podría preguntarse quién no es bolivariano en Venezuela.
En ocasión del primer golpe de Estado de la derecha, en los años 90 –que se me excuse de dar fechas porque mi propósito no es historiográfico-, los empresarios y militares retirados que impulsaron el golpe sacaron el retrato de Bolívar del despacho presidencial. ¿A qué se debía este gesto? Es que el de Chávez era un Bolívar muy subrayado, apelaba, con desenfado sorprendente,  a lo que podríamos considerar un cuerpo místico redivivo.  Designó a la  propia República Venezolana como “bolivariana” y reconstruyó la figura del general emancipador del siglo XIX con tintes épicos que correspondían no sólo a un jefe militar sino a un profeta político ante el cual sólo convenía interpretarlo extáticamente. Pero el éxtasis llevaba a un lógico deseo de actualización. Es cierto que la figura de Bolívar es muy rica en proliferaciones biográficas, acciones militares de envergadura, pensamientos políticos expuestos con vehemencia, mirada abarcadora de las situaciones mundial y continental. Incluyendo políticas hacia Estados Unidos-, e intereses científicos y culturales fuera de lo común. Lector y crítico, también, de las poesías que le dedicaban  en vida.

La novela de García Márquez se acerca bastante a esta personalidad, entre la gloria y el abismo, el fiero entusiasmo y el abandono melancólico. Sigue siendo Bolívar el centro de una famosa polémica cuyo tema es el despectivo  artículo de Marx, donde lo acusa de cesarismo y de actuar en el vacío, porque no existía una sociedad civil que lo acompañe, y alrededor  de esta nota escrita por el autor de El Capital para un eventual diccionario, expresaron las izquierdas latinoamericanas sus diferencias. Algunos trataron de explicar el error de Marx por la influencia hegeliana en torno “a los pueblos sin historia”; otros exigieron del marxismo que incorpore urgentemente una historicidad americana, otros, como García Linera –más académico, más razonante en términos del more geométrico- han tendido a justificar a Marx sin ignorar la importancia de Bolívar.

No sería inadecuado postular que Chávez es producto de esas discusiones pero de una manera en que las considera “ya resueltas”. Hay un Bolívar que sería la réplica activa y fantasmagórica de Marx, como ente mitológico, capaz de asimilar en su propio cuerpo todas las resonancias políticas y fórmulas poéticas del universo. Creo que se puede decir que Chávez imantaba de bolivarismo todas las dimensiones y textos de la historia presente y pasada. A las tradicionales derechas venezolanas e incluso a sus partidos clásicos, social-cristianos o social-democráticos, les incomodaba esa reactivación del memorial dormido de la Nación. Y téngase en cuenta los mayores alcances de la gesta de Bolívar, pues llegaba al lejano Río de la Plata donde sus corresponsales eran el Deán Funes o Dorrego.

Bolívar fue desde el comienzo un nombre admirado en Europa, completaba la figura del héroe romántico y del audaz guerrero. Su porte siempre fue más universalista que el de San Martín, que en la historia de Mitre aparecía precisamente como un austero militar con ideas liberales e ilustradas –lo que era cierto-, pero que contrastaba con lo que en ese libro se juzgaba que eran las tendencias autocráticas del venezolano.

Alrededor de Bolívar siempre fue activo un revisionismo histórico, que hace al de Chávez uno más de la larga serie. Es notable el que tuvo lugar durante la presidencia de Gómez, en los años 30, que no declinó inspirarse en el fascismo italiano y dejó a Bolívar a cargo de una interpretación de esa índole –el Duce Bolívar-, que precisamente la intervención de Chávez en esta compleja saga, es la que permite restituir a Bolívar al seno de la exégesis latinoamericanista y popular, con un suave dejo “italiano”, pero esta vez por la cercanía a Gramsci.

Eso es por la misma formación de Chávez, persona ávida intelectualmente y a la vez completamente porosa a tal multitud de corrientes de la expresión cultural, que en sus manifestaciones discursivas, repletas de desenfado y algazara, podía citar al gran encarcelado italiano junto a una canción de Alí Primera, compositor de un cuidadoso panfletarismo poético, basado en una contundente lírica de la izquierda venezolana. Las lecturas de Gramsci por parte de Chávez no eran desdeñables. Escuché a Chávez en Buenos Aires, en una reunión de las que suelen ser llamadas “con intelectuales”, que obligado por esa tolerable imprudencia de los que ponen esos nombres, no pudo dejar de tentarse con varias citas de Gramsci.

Creo recordar que se referían a los tramos de los Cuadernos donde se habla de “intelectual orgánico”, donde expresiones como hegemonía o empate catastrófico no se ausentaban del ramificado discurso de Chávez, junto a citas del epistolario de Bolívar o fragmentos de Oscar Varsavsky, al que había leído con atención, y del cual también entregaba algunos fragmentos bien memorizados –la escritura de Varsavsky, sin estar cerrada en tecnicismos o efusiones de aridez, era la de un científico cabal-, y sin privarse de recordar lo importante que este científico de nuestro país había sido para su país. ¿Cuándo se habían producido estas lecturas? En algún momento, el presidente Carlos Andrés Pérez, obligado por circunstancias que ahora se me escapan, debió abrir los cursos de formación para la oficialidad joven, con nuevos programas de estudio, que en muchos casos estuvieron a cargo de profesores de izquierda y en otros, de nacionalistas democráticos.

En aquella reunión, donde había varias personas, Chávez hizo su despliegue tropicalista, repleto de inscripciones llamativas de su personalidad vehemente, invocando una cultura polifacética que iba desde las izquierdas nacionales hasta la tecnología del petróleo, y del bolero caribeño hasta el bolivarismo gramsciano. Un asistente a esa reunión, no menos asombrado que los demás, pero evidentemente mal dispuesto, le preguntó algo así como “si estaba contento con ser Chávez”, en sentido de si lo satisfacía ese proliferante expansionismo de las palabras alrededor de un “ego combatiente”.  No recuerdo la respuesta, pero no fue la de alguien intimidado, sino la de a quien le brillaban los ojos de entusiasmo al verse en el espejo que le devolvía a un etéreo Bolívar, que añejado, él revivía en esos tiempos implacables de los corporativizados  medios de comunicación de masas.

Es cierto que muchos escrutábamos su figura con interés, sin dejar enteramente de lado el molesto recuerdo de sus contactos anteriores con Norberto Ceresole, quizás uno de sus primeros asesores, un teórico argentino con una obra extensa de fuerte mutabilidad política, aunque en sus últimos años se estacionó en una suerte de fusión de un  nacionalismo redentista, con alegatos sobre la defensa nacional en el aspecto tecnológico, y en la apología de un militarismo emancipador cuyas miras debían estar puestas, ahora, en la denuncia de una “conspiración judía”.  Lo que podríamos llamar un “primer” Chávez, aceptó a Ceresole, pero no demoró mucho, en gran parte porque eligió privilegiar sus relaciones con los círculos de izquierda con los que entonces estaba comprometido, de desprenderse del problemático asesor. La mirada de muchos argentinos cambió en se momento en torno a la interpretación de Chávez.

Quizás pervivieran en él, de esos cuestionables contactos, su valoración más enhiesta del peronismo, lo que ponía de relieve en forma muy explícita cada vez que venía a Buenos Aires, también citando extensamente párrafos ortodoxos de Perón –la memoria de Chávez y su inflexión marcial, que nunca le quitaba un aire seductor, como ya dijimos, eran bien conocidas-, aunque esas citas, en pleno kirchnerismo, sonaban con un estrépito bastante más marcado que cuando el propio gobierno kirchnerista – que era una de sus principales alianzas latinoamericanas, luego de Cuba- citaba a Perón de manera comprensiblemente cautelosa. No se ha esfumado de mi recuerdo, una larga explicación de Chávez, también en Buenos Aires, sobre el método educativo  de Simón Rodríguez, el “Sarmiento venezolano”, que no obstante era una mente más imprevisible que la del argentino, dicho esto en favor de Simón Rodríguez, autor de una obra dispar, imaginativa y vibrante.

La propia vida errabunda del “otro Simón”, habiendo sido uno de los maestros de Bolívar –y el que más perduró en la memoria y reconocimiento del Libertador, por cierto mucho más que el establecido Andrés Bello-, es lógico que fuera de inmediato adoptado por Chávez –que representaba las célebres clases de Rodríguez sobre anatomía, ejemplificando con su propio cuerpo. Lo cual llevaba a Chávez más de un siglo y medio después, a insinuar el mismo efecto, palpándose costillas y demás huesos al explicar esa súbita pedagogía. Rodríguez era tipógrafo y raro iluminista romántico. Tutor iniciático de Bolívar –como a la distancia lo fue el naturalista alemán Humboldt-, lo asiste en el célebre Juramento de Monte Sacro, en Italia, donde Bolívar había efectuado su promesa emancipatoria, entre las grandes mitologías de la humanidad y las propias brumas de su vida.

El texto de Juramento se conoce por las memorias póstumas de Simón Rodríguez –al que León Rozitchner le dedicó un libro fundamental-, pero no es incomprensible que se preste hasta hoy a múltiples interpretaciones, y que para Chávez haya sido un acontecimiento fuera de toda conjetura, cuya importancia es la de estar rodeado de una mitología de redención, del excelso contacto con las ruinas de la historia como testigo, sumando a esto la fusión entre profecía demiúrgica y realidad política.

Chávez fue un pedagogo, un orador militar y un intelectual popular del nacionalismo de izquierda latinoamericano.  De lo que contamos más arriba –juramentos, aprendizajes, virajes de ideas y estilos, profecías y mitologías ofrecidas solemnemente al veredicto de la ciencia- nada es ajeno a uno de sus gestos generados por su espíritu mediúmnico. Con el auxilio de técnicas como el ADN, reexaminó los restos de Bolívar –para lo cual abrió su ataúd- con el deseo de conocer la causa de su muerte, lógicamente bajo sospecha, y su verdadero rostro. ¿Cómo interpretar este acto desmesurado y francamente innecesario para un culto cívico que se sostiene por sí mismo?

No parecía necesario pero respondía al clima de misticismo político que ponía sobre Chávez un halo atractivo, pero también dilemático. Sus actos de Estado cuando ya se acercaba hacia el final de su vida, tienen un singular dramatismo. Basta recordarlo con un crucifijo en una mano y un bastón de mando en la otra, delegando en Maduro el poder, en una escena de llanto contenido, presumiendo que no volverá de su viaje a Cuba donde se estaba tratando de su enfermedad. La Cuba que lo había adoptado y que en gran medida él sostenía desde la entonces pletórica economía de su país. Figura peculiar, como ya se sabe, Chávez  era visto en Cuba, seguramente, como un soldado clásico que adquiere un socialismo estridente y grandilocuente, frente a cierto ascetismo prudente y reservado de la dirección cubana, duchos en medir los juegos de fuerza mundiales. Todo bien. También he escuchado en Brasil, de parte de asesores principales de Lula, que a diferencia de lo que ocurría en las escolas de samba (“inventadas por la Marquesa de Santos”, decía Glauber Rocha), la dirección del PT se apartaba de la “invention of traditions” de un modo que establecía deferencias con Chávez y por extensión, pero de manera más limitada, con el kirchnerismo. Nada obstaculizaba las relaciones cordiales y a veces tensas, tensiones que no eran precisamente por cuestiones historiográficas, pero estas cuentan. El debate quedó pendiente.


II

Maduro asume la presidencia con una victoria electoral mucho menor que la esperada por todos. La noche de esa elección fue muy tensa pues la oposición pidió un reconteo total debido a la escasa diferencia, menos de dos puntos a cambio de los diez esperados. Estuve allí en Caracas, como observador electoral de la Unasur, cuya coordinación ejercía Chacho Álvarez –fue el reencuentro con un viejo amigo con el que diferí muchas veces-, y puedo asegurar que ya el clima existente era el de una hostilidad muy marcada de los sectores de la derecha, que se sentían encarnando a una porción importante de la población. Chacho, en contacto con la Presidenta de Argentina, cumplió un importante, fundamental papel, para que los embajadores de América Latina, algunos bastante renuentes, reconocieran el triunfo inobjetable de Maduro ante las evidencias indudables que mostraban los cómputos.

Pero el clima psicológico de las maniobras del bloque proto-golpista allí creado (o reforzado) obtuvieron de hecho un gran respaldo. Todas las dificultades fueron ensanchándose desde ese momento, en paralelo a la caída del precio del petróleo –lo que explica mucho, pero no todo-, el creciente estrangulamiento del comercio exterior, la falta de dólares, la distancia abismal entre la cotización real y la del mercado negro, el consecuente desabastecimiento de productos indispensables para el fluir de la vida cotidiana. Maduro, en sus primeros tiempos, solía concurrir al Cuartel de la Montaña, para rendir culto a Chávez, lo que en la lógica místico-épica del gobierno del PSUV, significaba la presencia inmanente de la voz del líder fallecido, cuestión que no deja de incomodar a los pensamientos situados en la inmanencia de su laicidad desnuda. La formación de ese partido debe ser estudiada por personas competentes en ese rubro, pues registra ciertas similitudes, aquí, con los inicios del Partido Peronista, pero allí, el líder que llamaba a la unidad no tenía una “doctrina propia” identificadora del credo político, y los partidos marxistas que se acercaban, tenían fuerte peso, incluso a través de notorios representantes de la izquierda como J. V. Rangel y Alí Rodríguez, que ocuparon importantes funciones en los gobiernos de Chávez. De allí el unificador vocablo “socialista”, añejo, aún vibrante.

Chávez era impetuoso y atrevido en los diversos planos que se daban cita en su hiperbólica personalidad. Fue uno de los inspiradores del rechazo al Alca –junto a Kirchner y Lula- lo que demostraba que el bolivarismo del siglo XXI trabajaba con significaciones que Bolívar había dejado abiertas en el cuadro histórico de las primeras décadas del siglo XIX. En uno de los Congresos a los que llama –en Panamá, el denominado Anfictiónico, uno de los nombres griegos en que Bolívar solía inspirarse-, Estados Unidos se hace presente sin demasiado interés. Un mutuo escepticismo compartido por Bolívar. Una notable diferencia respecto al pasado es lo que ocurre con la presencia de Brasil en la reunión de Mar del Plata. En el 2005 era el Brasil de Lula, mientras que en 1826, en la reunión de Panamá, “en el Istmo de Corintio americano”, había sido invitado, un representante del Emperador Pedro Primero, pero finalmente no concurrió. La Argentina de Rivadavia tampoco asistió, y poco después, desmintiendo en el Sur lo que Bolívar quería armar “arando en el mar” en el Norte, Río de Janeiro y Buenos Aires entran en guerra.

Los problemas del chavismo obedecen, como no es difícil imaginarlo, a los desafíos extremos que encaró el gobierno venezolano, que nunca dejó de exportar petróleo a Estados Unidos y sin embargo, fue la cabeza de iniciativas de cuño antiimperialista, que reunía motivos clásicos de ese enfoque, más una nueva participación en el cuadro mundial, tan compleja, pues incluía la cuestión iraní, entre otras zonas delicadas de la crisis mundial en su expresión más genérica, debido a que Venezuela es miembro muy activo y fundador de la Opep.

Ignoro si los acuerdos recientes para bajar la producción a fin de aumentar el precio del barril, han tenido consecuencias en Venezuela, pero su condición de tener una economía muy primarizada, pero petrolífera, no alcanza para contener los dilemas propios de su lógica económica interna, así como las operaciones que no son difíciles de imaginar para quebrar la resistencia gubernamental, que carga con la responsabilidad de ejercer una defensa sin represión, mientras que las grandes movilizaciones adversas –políticamente emanadas del núcleo antiguo del golpismo, y socialmente representando la real situación de precariedad de la existencia en los grandes conglomerados urbanos-, se manifiestan con una lógica de violencia explícita. No obstante, el esquema es conocido. En la calle quedan cadáveres. La oposición está armada y resuelta. Sabe que toda muerte le será adjudicada al gobierno, aunque la tenga a ella como causante inmunizada.

Un gobierno democrático acosado se defiende y todos los medios de comunicación mundiales diseñan la situación como propia de una Tiranía de Reyezuelos Barbarizados, contra un pueblo diáfano y verdaderamente constitucionalista, no interesado en los llamados electorales chavistas precisamente en torno a reformas constitucionales con efectos pacificadores. Lo cierto es que el comando central de las movilizaciones masivas contra el gobierno, traza un obvio y cuestionable cómputo de muertes en las calles, donde es evidente que todo pensamiento al respecto se halla encapsulado en el esquema “el gobierno asesina a un pueblo inerme”.

Ostensiblemente no es así pero se ha logrado, por razones inscriptas en lógicas del discurso globalizador, que el derramamiento de sangre lance su mirada agónica e inculpatoria contra el fuerzas militarizadas del gobierno. Desde luego, estas no pueden ser tampoco justificadas si actúan con violencia fratricida, y hay que tener en cuenta que en las hipótesis más ambiciosas de la oposición de derecha –ella sí, armada en forma paramilitar, más allá de la porción significativa de la población que sale a la calle con consignas imposibles de desdeñar en cuanto a la defensa de sus condiciones de vida-, figura privilegiadamente la posibilidad de dividir a las fuerzas armadas, apoyo en última instancia del gobierno de Maduro.

Caso éste que no admite un símil argentino por la radical diferencia entre ambas formaciones militares: el estudio “comparativo” de las dos instituciones militares no ha de ser simple, ni aun cuando se afirme ahora en Venezuela una idea de “fuerzas armadas y pueblo” que es un eco de lo que en nuestro país figuró como utopismo movilizador durante varias décadas, hasta que el sanguinario terror de Estado anuló totalmente esta expresión de deseos del nacionalismo popular. No hay cotejo posible.

Pero personalmente, sin excluir a-priori la idea, problemática en sí misma, de buscar en la singularidad venezolana una columna institucional militar para los despliegues emancipadores populares, admito también las aristas desafiantes, complejas y ambiguas que contiene. No obstante, hay urgencias: en este caso, es hacia la zona militar democrática donde verdaderamente se dirige el neo-golpismo de la derecha. Es evidente que no podemos ser indiferentes a la excepcionalidad de un cuerpo militar del que, en efecto, no conocemos mucho, pero donde se ha desarrollado, según vi, un profesionalismo democrático –con minorías chavistas y no chavistas-, pero con una idea mayoritariamente constitucionalista. Esto es lo que se resuelve en última instancia el apoyo a Maduro.

Tal es el complejo maderamen que buscan afectar. Otra cuestión son las brigadas armadas. El gobierno las ha creado hace muchos años con motivaciones sociales y no para acciones paramilitares. He visto transmisiones televisadas, en vida de Chávez, donde éste dirigía uno de sus acostumbrados discursos a estos núcleos populares armados. Había allí una neta inspiración jacobina, esos hombres y mujeres armados eran llamados ciudadanos, se los reclamaba para un “evento majestuoso” –creo recordar esa frase de Chávez-, que era la sociedad recorrida por un proceso de índole libertaria, que precisaba de un nuevo tipo de “poder popular”.

Este utopismo convocando “aux armes citoyen, formez votre bataillon”, hacía resonar todas las esperanzas transformadoras de la humanidad en su etapa moderna industrial, y su eco de conmovedor anacronismo hacía juego con la esperanza que abría este raro militar que reiteraba míticamente sus propios juramentos del Monte Sacro. Ojalá esa fuerza armada ciudadana sea ahora un ámbito de autocontención que en la batalla urbana de masas, sepa que el papel de núcleos así constituidos es defensiva, no represiva, y no puede dirigir sus armas contra otros ciudadanos que manifiestan en su contra.

Las acusaciones que han circulado en nuestros ambientes culturales contra este gobierno abrumado, registran meticulosamente todo un elenco de supuestas deficiencias y necedades de las que los medios masivos de las derechas mundiales hacen un largo eco. Es el inventario de la arbitrariedad humana, la crónica de un gobierno que haría del contrato social una novela del Marqués de Sade.

Nosotros debemos descontar de este repertorio, obviamente, lo que podría ser una innegable impericia del gobierno, como la clausura de la Asamblea Nacional donde se halla hoy en una impotente minoría, tal como dictaminó la última elección. Aquí debemos suponer con razón que las dificultades abismales que atraviesa Maduro, un desabastecimiento en gran medida provocado exógenamente que abruma la vida popular, incluyendo la indudable participación de comandos armados provenientes de más allá de la frontera, no podrían ser, siquiera en estos momentos cruciales, una justificación para medidas que corren el riesgo de sacar de cuajo la inmanencia democrática que siempre caracterizó al chavismo. Autodefensa y democracia social activa; militancia serena y convencida de su razón histórica.

El gobierno constitucional debe instalarse en cambio en un tipo de defensa gubernamental democrática “in extremis”, pero no guiada por el nerviosismo que lleva a situarse en áreas de peligro en cuanto a la respuesta adecuada, que ya dijimos cuál es. Si se deja llevar por la violencia estatal –por más que la otra violencia sea mucho más que ello, sostenida por grupos paramilitares cuyas terminales no es raro que sean otros Estados- la responsabilidad caerá sobre el chavismo, víctima de las pelambres democráticas que se colocan no sin reconocible habilidad, las fuerzas más antidemocráticas del planeta. Entonces, se revertiría todo en contra de sí mismo, de la propia experiencia de democratización radicalizada que llevó a cabo el gobierno y ahora pasa por su peor momento.

Haciendo un mayor esfuerzo, debe concebirse esta defensa como un desafío también democrático, mostrando asimismo una superioridad en este campo. Correspondería esta actitud firme a la necesidad de mantenimiento de las instituciones representativas, aunque su acción en el plano parlamentario no sea favorable, incluso aunque en ellas se abriguen también todos los síntomas golpistas de la hora, pues el poder legislativo se declara con mayores atributos anticonstitucionales de lo que podría esperarse de las fuerzas armadas. En verdad, le ofrecen a éstas el síntoma esencial del golpismo que aquellos parlamentarios encarnan.

Esta forma de autodefensa, constante pero no apresurada ni impropia, debe tener en cuenta también que urge debilitar los sólidos bloques de prejuicio que se derraman en todo el mundo contra los “populismos”. Prejuicios que se han instalado como se instalan artefactos sanitarios, en el mobiliario mental de las clases medias con protocolos antipopulistas, el a-priori infamante por esencia. Esa ballesta siempre a punto de disparo.

III

Lo cierto es que tuvo bastante repercusión el supuesto culto de Maduro a la figura de Sai-Baba, lo que fue desmentido, así como el presunto antisemitismo de Chávez. Estas acusaciones siempre tienen una gran repercusión mundial y originan una segura repulsa a quienes son objeto de ellas. Por lo que siempre hubo un empeño especial del Gobierno Venezolano en señalar lo infundamentado de esas imputaciones. Vistas con serena ecuanimidad, estas denuncias no nos parecen sostenerse en hechos ciertos, teniendo en cuenta la propia filiación judía sefardí de una rama de la familia Maduro. Si dejar de mencionar el espíritu cosmogónico de Chávez, que lo llevaba a una teatralidad integradora de todos los cultos, todos los pensamientos, incluso hasta el punto culminante de una heterogeneidad exuberante o churrigueresca.

Lógicamente, podrá objetarse en su totalidad o en muchas de sus partes, esta visión que me reservo o me queda de Chávez y lo que conjeturo de la propia figura de Maduro. Debo decir que a este último lo veo precario en su expresión, actuando bajo la grave e impetuosa memoria de la figura de Chávez sobre sus espaldas. No debe ser fácil para ese corpachón del colectivero que fue. Así como no es fácil tratar con lo que parece ser una aleación no bien afianzada en la formación de Maduro. Como persistente militante socialista y líder gremial, y ahora en su papel al frente de un complejo gobierno, con fisuras internas muy visibles y obligado a tomar medidas de urgencia no siempre en consonancia con el estilo emancipador democrático que caracterizó al gobierno de Chávez. Pero, es cierto, bailar con la situación más peliaguda, es a Maduro al que le tocó.

Se habla de concesiones a empresas mineras en zonas propicias a esa explotación, que sin duda significarían una agresión ambiental indeseable. Aquí estamos ante un problema –la crítica necesaria al extractivismo cuando se envuelve en ropajes mesiánicos- que nos enfrenta a un tipo de pensamiento absolutista sobre una materia legítima. Una suerte de autocracia ecológica que no deja de ser una reflexión poco redituable cuando se presenta en forma coercitiva, no apta para el juicio político emancipado.

A pesar de su empeño en crear una compartible democracia constitucional ambiental, utopía generosa y que también promovemos, elevar el ambientalismo a una escatología (mística o laica, lo mismo da), puede también ser un pretexto involuntario para controvertir a la política colectiva que ofrezca una salida al acoso capitalista. Porque lo que se tiene enfrente es el capitalismo “en operaciones”. Metáfora bélica que cuenta con el reaseguro de las corporaciones y redes tecnológicas más poderosas en toda la historia de la humanidad. Un ecologismo sin sustento histórico-político podría convertirse en una forma de  relativizar los medios disponibles de compromiso social popular, incluso de concederle vía libre al sólido y persistente montaje golpista. Eso, cuando el ecologismo – “el conocimiento de la casa del hombre”-, desatiende las condiciones históricas y sociales de donde surge y con las cuales debe entrar en un careo sistemático para validar su digna empresa.

Por cierto, creo que la tesis del desarrollo nacional  debe esclarecer más cuidadosamente su relación con el humanismo de la “cura ambiental” –lo que no siempre quedó claro en las experiencias gubernamentales del anterior gobierno argentino, tanto como en Bolivia y Ecuador-, así como la ascesis monástica del ecologista profético no puede pasar por alto el mundo histórico social.

Allí los intereses emancipatorios (que recogen la tradición de los socialismos y democracias avanzadas), están jaqueados por una nueva Policía Mundial que opera en escalas creadas por tecnocracias informacionales, culturales y financieras, que surgen de la coalición de una derecha globalizada basada en un capitalismo biopolítico, cuya contraposición no es el ecologismo de las almas bellas, respetable en sí misma, pero siempre a punto de convertirse en acciones semejantes a las de Greenpeace, espectaculares y hasta con un grado de justicia puntual, pero que en su compleja armazón, no dejan de ser parte del propio ecologismo de las corporaciones mundiales, que de este modo regulan los límites de una nueva división internacional del trabajo entre las monturas centrales del flujo de poder-finanzas-informaciones-subjetividades y las “zonas protegidas” que ellos mismos mantienen en reserva. Y como en bares y aviones, crean cabinas “libres de humo” para que la ilusión anticontaminadora sea un factor de control de regiones y países, cuyo “protocolo” disciplinan ellos.

No obstante, esta situación no consigue ser pensada cabalmente por un ecologismo ensimismado en un mesianismo naturalista y por un liberalismo fourierista, revestidos de republicanismo benigno y sociologías a la Henry Thoreau –admirable sin embargo, en su idea de resistencia civil, aunque menos por los contenidos abstractos de utopismo individualista que contiene. El problema real de los movimientos populares es otro, y no es precisamente el de ignorar implantaciones anómalas e indeseable como Monsanto, Barrick y otras corporaciones de la minería mundial y los agronegocios.

Ya de por sí, la histórica explotación del petróleo venezolano, en una de sus áreas significativas, ha creado graves problemas de contaminación. Especialmente, y de un modo dramático, en la zona de Maracaibo. Es evidente que hay una “ideología del petróleo” en las actuales acciones desestabilizadoras que no pueden ser ignoradas en el mismo momento en que se atiende con igual o mayor preocupación la contaminación del gran lago siempre a punto de tornarse pantanal –cuestión que viene de lejos y que alguna vez acaso sea la principal-, lo que trastoca el sentido de las historias nacionales. Desmantelar el mundo de naciones implica ser gobernados, al fin, por la Nación “Silicon Valley” o la Nación “Sinopec Petroleum Shale”. Si es por los precarios ecologismos del momento, ese tramo de la historia humana fracasada quizás nos vaya a tocar. Precisamente, en la praxis humana no corre petróleo por la venas ni el cuerpo humano es un ente de hardware y software, pero a pesar de que no cesan las pasiones políticas que cobran sus libras de carne cotidianas, el  diagrama del mundo que los movimientos populares no pudieron conjurar -tema especialmente decisivo, cuestión urgente a considerar-, es de proponer un cuadro productivo que no conceda al productivismo como definición existencial, y se aleje de la “productividad” como concepto laboral.

La “ideología del petróleo” es el acto por el cual se desea reducir la acción política a un interés primario que deviene de la determinación económica de una riqueza áurea, el así llamado de antaño “oro negro”. No es así en cuanto las legítimas autopercepciones  de los sujetos sociales en lucha, pero en lo que la actual situación tiene de sustento material (al cual el acto humano ni es reducible ni ese sustento origina determinaciones que enjaulan la política y las formas de la esperanza), no podemos ignorar que hay un conjunto de argumentos (viables en otros marcos históricos, quizás, pero no en éste) asentados en la suma de constitucionalismos hieráticos, ecologismos formalistas, progresismos cuyo cuño es extraído de levedades existenciales desvitalizadas, a los que se suman la menos incauta derecha estratégica mundial.

Imaginamos a ésta como un inmenso Troll que actúa como un inconsciente colectivo mundial que dirige desde misiles norteamericanos a negocios de las petroleras chinas, desde frases como “no soy de izquierda ni de derecha, pero soy de izquierda y de derecha”, hasta la vasta bolsa de recolectoras de porciones de experiencia humana de extraordinaria diversidad que guillotinan diariamente bajo el nombre de “populismo”. Estos Trolls armados de literaturas clandestinas livianas y armamento pesado, ya escribieron un diccionario mundial que se lee en Pekín, Nueva York o París, y que el novel aprendiz Macri hojea distraído en sus viajes de avión para bajar en aeropuertos extraños y somnoliento  recitar “o populismo o cambiemos”.

Maduro ha llamado a una elección constituyente que se ofrece sin duda  a un gran debate, preferible “de aquí a la China” al modo violento que adquirió en las calles la lucha por el poder. La Constitución Venezolana, que tiene institutos avanzados de gran calidad, como el referéndum revocatorio –polémico actualmente porque en su acción autodefensiva, el gobierno que lo instauró no lo pone en práctica-, tenía en su latencia efectiva –en un proyecto que en su momento otro referendum rechazó- la idea de sustitución progresiva de un Estado central “burgués”, por una asociación de comunas que serían autoabastecidas económicamente por terminales de las destilerías de Pedevesa, que ellas controlarían. ¿Era viable tal proyecto? Tenía un parecido con el fracasado “salto adelante” de Mao, que en los años 60 es probable que haya originado su derrocamiento. Un alto horno en cada huerta china. En Venezuela, una destilería pequeña administrada por cada comuna. Cuestiones de esta índole, aun no ejecutadas, quedan en la memoria de la humanidad. En este caso, el venezolano, había sin duda una inspiración de naturaleza utopística, un proudhonismo federativo en la era del petróleo y la robotización informática del trabajo.

No es evitable mencionar aquí las audacias que Chávez mantuvo a la luz del día, debido al carácter de país eminentemente petrolero de Venezuela. Llegó a anunciar la “la unidad del golfo Pérsico y el mar Caribe” y formó empresas junto a Irán, que al parecer ya no existen, pero que en su momento cobraron el carácter de entidades off-shore, como parte de una estrategia estatal, procedente también de la mentalidad geopolítica de Chávez. El off-shore de Macri pasó a la nebulosa siendo efectivo y cierto, mientras que el de Chávez, hasta hoy se menciona por los golpistas, y hasta Catherine Fulop conoce al dedillo la ruta de las denuncias mediáticas a Chávez, con una exaltación televisiva que algunos conjurados envidian: deben notar que es la carencia de Macri, cuyos epigramas son contundentes pero faltos de emoción.

Ahora, en Venezuela el llamado a una Constituyente inició otro debate, reproducción del que ocurre en las calles. ¿Cómo votar? En principio, los temas a ser incluidos están en la tradición del alto reformismo de las últimas décadas. A la Asamblea constituyente citada por el Presidente se la denomina comunal, obrera, campesina, feminista y ciudadana. Responde así, a las acusaciones añejas de ser un gobierno, como si algo le “faltara”, homofóbico. La polémica electoral se establece ahora no por los contenidos de un constitucionalismo avanzado, sino por los términos en que será votado, que no acude más que lateralmente al voto universal y se instituye en un voto comunal, donde el gobierno disputaría mejor en su actual condición de minoría parlamentaria, indicio de que el cuerpo electoral en su conjunto no le sería favorable, a pesar de las también vigorosas y multitudinarias movilizaciones chavistas.

Es la encrucijada más elevada de la lucha por el poder, entre un gobierno que moviliza ideas comunalistas y progresistas, con ecos en la memoria internacional de las grandes transformaciones históricas, y la metodología electoral, también configurada en términos alejados del “ciudadano burgués elector”, que reemplazado por el voto colectivo de comunas organizadas, marca un horizonte de gran atrevimiento –empujado por el infortunio que se atraviesa-, y que obliga al gobierno a mantener cada vez más sutiles argumentos para no ahogarse en la crítica generalizada pero no igualmente justa, de que desea salir de una extrema dificultad con medidas enormemente reformistas, pero con métodos electorales no universalistas. Por lo demás, creo que afirmaciones contenidas en el espectro de medidas transformistas en relación al “espíritu de la venezolanidad”, deben ser meditadas con más cuidado. Cuando está en juego qué hacer con las riquezas de la Cuenca del Orinoco –foco de las actuales críticas ecologistas, que ni osan pensar qué harían Capriles o la oposición de la derecha globalista con esa área económica fundamental-, la “venezuelidad” no puede ser un concepto ahistórico, sino sostenido en una historicidad concreta con determinaciones tanto económicas como morales e intelectuales. Para el “gramsciano Chávez”, un espiritualismo que no contuviese un indicio libertario de organización de la cultura y una “catarsis” necesaria para pensar en común lo económico y lo político, hubiera sido cuanto menos, un acceso irreal al drama social y político de un pueblo.

IV

No vivo en Venezuela ni soy “especialista geo-político”; tampoco poseo informaciones especiales. Me baso en legítimas inferencias sobre cómo actúa un gobierno popular que sigue por partes iguales –dificultosamente- la evolución de las tecnologías de la globalización y las legítimas evocaciones de un cuerpo de ideas inspiradas en la “leyenda nacional”. La conjunción no es fácil y hoy parece claro que va a contramano de una cultura mundial construida por personajes como Macron –aumentativo de Macri- o los presidentes de China, Estados Unidos o Rusia, entre la geopolítica armamentista y la continuidad de los negocios por la guerra y viceversa. En ese juego, el apellido Macri es aún más un diminutivo mendigante en un cuadro de experiencias caóticas y riesgosísimas para la humanidad entera, que lo exceden notoriamente. No obstante, en mi caso personal, acompaño con conciencia universalista y latinoamericanista los difíciles pasos del gobierno de Venezuela –que está en peligro-, para salir airoso y legitimado con instrumentos políticos que no pierdan su densidad humana y social. Hay un pantano político no creado por el gobierno actual. Pantano conceptual y moral, que en el gran horizonte de la historia tiene su razón última explicativa, en el hecho de que lo que se denomina chavismo fue y es una movilización colectiva que interroga a los aciagos poderes mundiales con originalidad social, valentía personal y no pocos frenesís y exaltaciones que deben ser mejor meditadas.

Muchos cuentan una anécdota que no podemos referir más que como tal, sin verdaderos indicios de su veracidad. Cuando Chávez miró por una de las ventanas de la Casa Rosada, se incomodó por la estatua de Colón. Habría sido entonces un gesto de buena voluntad  del gobierno argentino, la decisión de trasladarla y sustituirla por la de Juana Azurduy, cuya historia el lector Chávez sin duda conocería muy bien.

La decisión no era afortunada; así lo pensamos muchos aunque no lo dijimos. Sí, dijimos otras cosas. Quién sí lo dijo en forma pertinente, fue Mempo Giardinelli en sus cartas a la Presidenta. Chávez estaba acostumbrado a hablar de “500 años de ocupación”, lo que podría permitírselo un Presidente surgido de la negritud caribeña u otro surgido del indigenismo andino.  No era propio para un país como Argentina. Pero no porque no se compartiera la interpretación anticolonialista y el resurgir de la razón del indigenismo y la negritud, con sus éticas existenciales que reformulan los ideales de vida más ritualizados en las grandes metrópolis ausentadas de toda sensibilidad histórica. Sino porque tampoco parecía un juzgamiento adecuado de la figura de Colón, al que no se le debería cargar fácilmente una consigna exterminadora que comenzaría con su figura que en verdad era la de un “empresario de la cristiandad” y concluiría como cierre trágico en la expedición de Roca al “Desierto”. Viñas sí traza el arco que va hacia Roca pero lo hace comenzar en Hernán Cortés, pues éste tenía una mentalidad militarizada que el navegante italiano salido del misterio de la aventura medieval no tuvo.

Macri, bajo la tutoría de los adelantados golpistas cultores del animémonos y vayan, Fernando Henrique Cardoso y Felipe González, se ha convertido en la punta de lanza contra el chavismo. Pobre papel le ha tocado en la historia. Comenzó anunciando que sacaría lo que el  anterior gobierno puso, la pesada estatua heredada de Azurduy. Pero no alcanza, le dicen. Hace uno pocos días, en presencia de aquellos dos ayos –guardianes de niños-, dijo que no sabía cuál sería la “salida”. Dejó un poco desilusionado a los guardianes y audiencia empresarial, pero confían en su criatura, lo único que tienen por el momento. Quizás el infante notó que lo querían mandar al frente en un tema que no se reduce tan simplemente a denunciar la “valija de Antonini Wilson”. Este episodio desdichado –enteramente reprobable-, no está en la escala de lo que puede poner un ropaje completo de sombras sobre una experiencia totalmente valorable en sus enunciados y prácticas principales, a la que sin duda es necesario también interrogar sobre estos episodios que la gran historia no debe omitir, pero sí poner en su justo lugar, a diferencia de los medios de comunicación en operaciones, que colocan estas desgracias que deberían expulsar de si los gobiernos populares –en su vértigo constitutivo-, en un punto de mira absolutista para juzgarlo todo.

Un gobierno como el de Macri, hijo de una corrupción estructural con la que tropieza a cada paso, no como quien va apurado y colisiona con un bolso extraño en un aeropuerto y la crónica incidental del episodio hace famosa a una funcionaria de aduana, sino que su corrupción –para emplear este crucigrama teológico en manos de monjes profesionales de la infamia-, es la de quien sabe y utiliza el procedimiento paralelo del capitalismo financiero, adjunto ilegal indispensable para el funcionamiento del capitalismo en todas sus planos y facetas visibles.

Por el momento, el gobierno macrista y el encadenamiento infinito de sus medios unanimizados por la mano invisible, no precisamente las que frota con complacencia el Doctor Castro cuando atestigua ceñudamente, ante sí, la existencia de “debates civilizados”, han decidido que lo que ocurre en Santa Cruz –provincia petrolera- es un indicio, una maqueta, un simulacro, una reiteración –que los gramáticos decidan- de lo que ocurre en Venezuela. Chavismo = Kirchnerismo. ¡Mis amigos, no hagan decirle a la historia lo que su famosa cornucopia de hechos no contiene!

Por un lado, es cierto que en los dos casos, hay un cerco anterior a esos gobiernos, que consiste en ponerlos contra las cuerdas con medidas que se suelen tomar en ámbitos meta-políticos. Decisiones financieras deliberadamente restrictivas, coparticipaciones que no llegan, condicionamientos perversos para otorgar como condescendencia lo que la ley dictamina sin más, intervenciones de apariencia técnica que obstaculizan los flujos de intercambio comercial, campañas de desprestigio “sabiamente encauzadas”, procedimientos de inteligencia que tienen protocolos salvajes para crear descontento en la población, por la falta de elementos vitales para la existencia diaria. Con ello, consiguen legitimar protestas crecientes. La asociación de la situación venezolana con la santacruceña es Macri, como se sabe, quien la hizo. Prefigura un argumento electoral. ¿Quién quiere desabastecimiento, salarios impagos, falta de papel higiénico, sangre en las calles? Y ¡ops! ¿Panamá papers? Y el culpable es … son … Apellido: ¡Maduro! Apellido: ¡Kirchner! Fácil el enroque, el parangón, las equivalencias.


¿No sería conveniente limitar los argumentos de la politiquería nativa?
Algunos son peligrosos. Lo cierto es que hubo un debate incierto sobre este tema: ¿la televisión central, con sus locutores en cadena, pusieron o no un zócalo igualando Venezuela a Santa Cruz? Los mensajes que usualmente emite Cristina tenían esa noticia como veraz. Los mencionados presentadores, alguno de los cuales señaló como indicio de inocencia, que “pagaba religiosamente sus impuestos” (Macri, urgente, esa frase la queremos ya para su campaña), lo negaron totalmente y desafiaron a Cristina. Parece un episodio menor y quizás lo sea. Pero en estos episodios se encierra un drama nacional.

Si esos zócalos no los pusieron, ellos efectivamente los piensan de ese modo. Pero si realmente no hubo esos zócalos –por llamarlos como de costumbre se les dice en la jerga televisiva, que usurpa ese nombre de la arquitectura y el urbanismo-, los emisores de mensajes que trabajan con la  ex Presidenta deben exigirse para sí y para los demás una moral del cuidado y el examen preciso de lo que se dice. No se precisa forzar nada ni hacerse el vivo.

La pieza retórica “en Venezuela como en Santa Cruz” no corresponde a ninguna realidad históricamente admisible, pero tiene resonancias, cual metonimia fatídica. Lleva a que irresponsables personajes intenten asaltar la casa de la Gobernadora de la Provincia, y de este modo se origina otra polémica en el reino del país de “la construcción de lo real”. Si Cristina muestra en un video las barricadas en el interior de la casa asediada, la ministra Bullrich dice que en verdad había policías de custodia. El reglamentarismo habitual del macrismo para vehiculizar su ideología de fondo (para correr la carpa docente dicen que tienen que arreglar las veredas) está en la base conceptual de este intercambio polémico. Primero, la justificación de un acto  de represión política es razonada como una simple medida de micro-urbanismo. Segundo: se trata de una hipóstasis habitual en el razonamiento político trivial: Cristina es Chávez. A esas facilidades angustiantes de un razonamiento trivial y perverso, hay que dedicarse ahora a cuestionar, a oponerle argumentos en contrario, que solo deberán ser sutiles y superiores, moldeados en una crítica a los vaciadores de la historia; argumentos que también sepan mirar para adentro, para sus propias deficiencias.

Este artículo demuestra que esas comparaciones no son veraces si parten de un arquetipo estigmatizador para allanar cobardemente el otro término que lo acompaña. Pero ambos nombres sí se involucraron de diferentes maneras, sin excluir una relación personal, en pensar de un todo diferente la cuestión de América Latina como “un país”, no en tanto construcción homogénea y unívoca, sino como un conjunto estriado de contradicciones que se podían pensar en común. Ese hálito común era surcado por desconocidas posibilidades; entallado por formulaciones históricas que hay que poner nuevamente en estado de actualidad, revisión y severidad intelectual.

Esa tarea bordada con un cáñamo común, no por sus notorias imperfecciones, sino por su llamado a una paz consciente, duradera y basada en una justicia anterior a las burocracias políticas, merece ser considerada en sus posibles identidades y sus evidentes diferencias, como propicia para un examen diáfano y ecuánime. No para la injuria, la diatriba o el cálculo electoral, sino para la reivindicación como capítulos vivos de una historia que aún late. Muchos entusiastas del primer Chávez, en general inscriptos en el peronismo ortodoxo o en nacionalismos convencionales, hoy callan sobre Venezuela, dando todo por perdido y no quieren mancharse pronunciado el nombre “maldito”, como las aguas del Maracaibo contaminadas por la “lenteja oscura”. Silencio, entonces, sobre lo que antes encadenaban facilongamente una seguidilla de hitos sobre la “Patria Grande”, palabra apetitosa que nunca se dedicaron a comprender mejor. Ante ese silencio decidí escribir esta nota rápida, a la que seguramente le faltan pormenores, rectificaciones, ajustes. Pero en lo fundamental las cosas ocurrieron así.


*Horacio González

Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

Fotografía: Vicent Chanza

 

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