Por Florencia Benson   ***

El discurso de la última apertura de sesiones ordinarias del Presidente Mauricio Macri es una obra maestra de la comunicación política contemporánea. Tiene razón el Jefe de Gabinete al autocongratularse.

Ante el evidente fracaso de la gestión macrista en las áreas que se supone que venía a domesticar, como la economía y la anticorrupción, por ejemplo, esta pieza de oratoria irá, si no al los libros de historia, al menos a los manuales de marketing político.

En primer lugar, la línea espiritual del discurso lleva el arco narrativo principal: por primera vez los argentinos decidimos hacernos cargo de nosotros mismos. “Maduramos”. No nos autoengañamos más, renunciamos a nuestra adicción al ventajismo, el atajo, el parche, la solución a corto plazo que después nos hace peor. Encaramos esta renuncia con “determinación y honestidad”, y es una decisión comprometida, fruto de nuestra intensa introspección: “es importante, es de verdad y es para siempre”.

En este sentido, lo esencial es admitir, primero, que tenemos un problema. Y el discurso presidencial abunda en este sinceramiento: reconoce que dijo que “lo peor ya pasó”, admite la pobreza, la inflación, la inseguridad. (Spoiler: es porque “medimos y lo contamos”, por eso dan esos números. Porque antes el INDEC mentía es que ahora hay tantos pobres).

Como a todo adicto en recuperación, nos llegan las pruebas justo cuando empezamos a sentir ilusión, cuando las cosas empiezan a ir bien: felicitaciones, argentinos, el Presidente nos aprobó. Y hoy renovamos —no “deseamos renovar”, “los invito a renovar”: la fe del gobierno en la función performativa del lenguaje es conmovedora— nuestros votos con nosotros mismos para no recaer, no ceder a la tentación.

En segundo lugar, veamos quiénes son los invitados al convite, en concreto: las PyMES, los exportadores, los productores agropecuarios, las mujeres y, en especial, las madres. Los turistas. Los pobres, esa masa indeterminada que ahora tiene “cloacas y agua limpia”. Notable, asimismo, que el único actor político que el Presidente singulariza (es decir, en carácter no testimonial), además de sí mismo, es al Jefe de Gabinete.

Ahora bien, esta renuncia —que se supone colectiva, definitiva, revitalizante y liberadora, como toda vez que se abandona una adicción— es también una tentativa de refundación histórica de la Nación, desde el poder performativo del lenguaje. Una corrección de la anomalía argentina que es el peronismo, ese hecho maldito, error de la matrix. Un saneamiento, obra para ser continuada por las demás generaciones (“somos la generación que hizo el cambio”). ¿La misión de esta generación elegida, mesiánica? Empezar por lo básico. Construir los cimientos. Ir al fondo de las cosas, atacar las estructuras (corrompidas, inútiles, elefantiásicas, nido de criminales).

Una reescritura voluntarista, tal vez, pero no sin lirismo. El discurso se estructura en base a la repetición de sintagmas en los inicios de oraciones consecutivas, logrando un efecto rítmico y pegadizo: “se cambia en serio cuando…”, “el futuro está en…”, “veo…”. Además, recurre al uso de anclas, como “cambio cultural”, “cambio de verdad”, “cambiar en serio”, “cimientos”, “nos hacemos cargo”, “verdad”, “futuro”, “generación”. Esta apuesta por la identificación generacional es también un guiño a su electorado más fiel, en general personas mayores de 50 años: les deja un sabor de trascendencia, una noción vaga pero eficaz de haber contribuido en algo a la Patria.

En tercer lugar, repasemos las premisas del programa puro y duro: es el momento de brillar para la agenda de la derecha moderna y democrática. Ya no apoyamos a Maduro ni negociamos la impunidad con Irán (¿?), sino que reconocemos a Guaidó y volvimos a nuestra alineación geopolítica natural. Promovemos por DNU la Extinción de Dominio y al que no le gusta, algo esconde. Queremos que las escuelas públicas empiecen a parecerse, al menos, a mercancías en el mercado: que se publiquen sus resultados de las evaluaciones de modo que podamos determinar cuánto vale cada una. Que compitan, que se ganen su presupuesto, que demuestren que no nos valen más demolidas. Eso es saludable. De todas maneras, la escuela es una adefesio del siglo XX, un resabio arqueológico de la humanidad que dejamos atrás. También hay una mención a la reforma del Código Penal que, junto con el Civil, son la joya más preciada del proyecto político que el oficialismo representa a nivel local.

A estos tres niveles del discurso —comunidad espiritual, comunidad productiva, programa—agregamos un cuarto: el stunt de la falsa diputada camporista que, como esos libros con figuras plegables, irrumpió en medio del acto enunciativo. Estos acontecimientos presuntamente espontáneos, como el del obrero en los días pasados, tienen la virtud de mostrar, en lugar de contar: poner en acto un conflicto y su resolución. Son performances que están diseñadas para llegar a un paradestinatario, el electorado independiente, ubicando una vez más toda la villanez de este mundo en el significante camporista. No sería sorprendente que de aquí a octubre ocurriesen unos cuantos episodios similares más: de esto se trata el storytelling concebido como un juego multijugador en realidad inmersiva, es decir, la campaña 3D.

Finalmente, el sintagma “la revolución de los aviones”. ¿Cómo es posible que a un equipo tan experimentado se le pase por alto una frase tan cacofónica, un acorde a destiempo y desafinado en su muy articulada sinfonía? ¿Cómo van a plantear una revolución los aviones, acaso llegamos a la Singularidad, ha despertado la Internet de las cosas? ¿O acaso hemos revivido un Plan Quinquenal de industria pesada y fabricamos aviones como un panadero hace miñoncitos?

La revolución de los aviones que nos presenta el gobierno lo pinta de cuerpo entero: volátil, pasajera, engañosa, liviana, lejana, nebulosa, circunstancial. Y es que el inconsciente siempre se escapa por alguna grieta y encuentra su camino hasta el lenguaje, generalmente en una frase que se nos aparece en nuestra propia mente como una genialidad, puesto que así se garantiza la enunciación.

En fin, no llegó la revolución industrial, no pegamos el salto tecnológico, no invertimos en ciencia, investigación y desarrollo, los salarios no alcanzan pero, queridos compatriotas, ya que estamos bajo el avión, pidamos un deseo.

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