Por Marcelo Percia   ***

Tiempos de pestes recuerdan tiempos manicomiales. Tal vez porque todas las catástrofes de la civilización repiten comunidades de terror, campos de desolación, compendios de inclemencias. Y tampoco hay manera de suprimir un saber continuamente desmentido que nos espera en el funesto después del después: el capitalismo está destruyendo la vida con nuestro consentimiento.


llustración: Liana Buszka

Nos preguntamos: ¿qué vendrá después de lo que está pasando?, ¿cuándo conoceremos el después del ahora y el después del antes cuando ignorábamos lo que estaba por ocurrir?, ¿cómo saber si nuestra vida después recuperará su forma anterior o quedará afectada para siempre por lo acontecido?

No resulta indiferente hacer o no estas preguntas. Se entiende que quienes se rehúsan a pasar por estos tembladerales reclamen volver a gozar de antiguos privilegios. Y que llamen a eso luchar por la libertad.

La palabra después actúa como adverbio, como sustantivo, como adjetivo. Dice el paso del tiempo, fijezas, cualidades.

Adverbios acarician estados cambiantes de lo vivo. Detectan salidas de la inmovilidad, la inacción, la rigidez.

Si anotamos Después de la pandemia, el adverbio localiza un antes e invita a imaginar un porvenir. Puede haber en ese después premuras restauradoras, huídas retenidas, ahogos esclerosados.

También interesa el después de como anuncio de lo venidero. Víspera de lo que todavía no se sabe, aunque sí se sepa lo que no se quiere.

El después de… solicita una demora. Un intervalo entre el después de y el antes de. Una interrupción, un interregno, un mientras tanto.

Convalecencias piden descansos, lentos goteos que decanten lo indiscernible, sus enigmáticas marcas, sus mudeces.

Convalecencias solicitan tiempo para la pregunta ¿qué nos pasó en lo que nos estuvo pasando?

Como sustantivo el después intenta anclar en el tiempo. Fuerza una detención, un congelamiento. Asume la responsabilidad o decide señalar una diferencia, como cuando alguien dice “Mi vida se divide en un antes y un después”.

Inolvidable ese después como desgarradura y oscuridad sin vida del verso de Homero Expósito: “Después… ¿qué importa el después? / Toda mi vida es el ayer/ que me detiene en el pasado”.

En el enunciado El día después… la palabra después funciona como adjetivo, significa el día siguiente o posterior.

La anotación El día después pone a la vista la cualidad indefinida de la jornada que se avecina. La emergencia de un tiempo ignorante de sí, que -sin embargo- soporta la memoria de un antes.

En la obra Mi vida después, de Lola Arias (2009), seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen juventudes de sus padres a partir de fotos, cartas, grabaciones, relatos, recuerdos imprecisos. Se ponen sus ropas y tratan de sentir indicios de esas vidas.

El después carga con dolores del pasado. Con la memoria de lo sufrido. No se trata de un después amnésico. El después lleva pesadumbres.

La vida después narra cómo el pasado, aun no vivido, prevalece en quienes siguen vivos.

Sobrevivir significa saber la muerte, la ausencia, lo irremediable. También, a veces, la gratitud. Significa saber la soledad nunca del todo sabida.

Sobrevivir significa saber la culpa, el arrebato, lo irrefrenable, el dolor.

Un personaje de la novela Los topos de Félix Bruzzone (2008) arma una serie reverberante del después: neo/post/ post-post.

Dice: “Ya imaginaba al tipo de las manchas en los ojos hablando de los neodesaparecidos o los postdesaparecidos. En realidad, sobre los postpostdesaparecidos, es decir, los desaparecidos que venían después de los que habían desaparecido durante la dictadura y después de los desaparecidos sociales que vinieron más adelante”.

El después del después del después expresa cómo la historia lleva consigo dolores enmudecidos que se actualizan mudos junto a otros dolores que nos están enmudeciendo ahora.

Vivimos tiempos desventurados.

Después de la pandemia se presenta como adverbio de un tiempo que no termina.

El después de la pandemia se ofrece como sustantivo frágil y descascarado que nombra invisibles mutaciones del presente.

Nuestra vida después adviene como un adjetivo que, aunque no se quiera, implanta la inminencia de nuevas catástrofes.

En momentos así, dan ganas de huir de todo, pero en ese todo habita la vida; entonces exclamamos ¡Qué desastre! y nos reímos -si tenemos con quién reír- y barajamos y damos de nuevo -si tenemos con quién jugar-.

Después de tantos años de estar acá, ¿qué piensa hacer cuando salga? Buscar un trabajo, ahorrar para comprar una casa, encontrar una compañera, formar una familia y hacer un asado para todo el equipo. Ah… y ese día voy a dejar la medicación.

Muchas veces el después de los manicomios se deletrea como escenografía programada de un buen destino restaurado.

Tiempos de pestes recuerdan tiempos manicomiales. Tal vez porque todas las catástrofes de la civilización repiten comunidades de terror, campos de desolación, compendios de inclemencias.

No estamos preparados, ni sabemos qué hacer ante tanta desesperación. Entonces, no hacemos nada, hacemos poco, hacemos tarde, o demandamos que el Estado primero vacune y después nos restituya la normalidad perdida.

Pero, no hay manera de calmar el miedo a la muerte, el miedo al hambre, el miedo a perder todo, el miedo a estar peor de lo que ya estamos.

Y tampoco hay manera de suprimir un saber continuamente desmentido que nos espera en el funesto después del después: el capitalismo está destruyendo la vida con nuestro consentimiento.


***  Marcelo Percia 
– Psicoanalista, ensayista y Profesor de Psicología de la UBA. Autor de Deliberar las psicosis ( 2004); Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis (2008): Inconformidad (2010), entre otros.