Por: Lic. Marina L. Lapenda

 El ambiente es todo lo que nos rodea, lo biótico y abiótico. La maravillosa vida de la Tierra que ha generado civilizaciones, poblaciones de plantas y animales, diferentes tipos de suelos, caudalosos ríos, imponentes cordilleras, late bajo nuestros pies. Nos interpela a cada instante con cada movimiento, nos sacude con la fuerza del viento, nos silencia con las sombras de la noche, abre nuestros ojos cuando perdemos la conciencia del otro y de quien somos.

Hace tiempo que la Tierra habla. Hace tiempo que truena para anunciarnos que estamos perdiendo el rumbo. Hace tiempo, que nos dice que sus arcas y con ellas nuestras casas, se están vaciando.

Cuando eran pocos los espacios habitados, los humanos dialogaban con la naturaleza. Aprendían de sus cantos, agradecían sus dones, descansaban en su regazo, jugaban con los animales que se reproducían bajo su manto. Sabían de sus leyes. Esperaban, por ejemplo, que la lluvia llevara sus penas, lavara sus almas y llamara al sol para un nuevo día. Dios sabía que se habían entendido. Dios sabía que la naturaleza y los humanos habían aprendido a convivir en un perfecto equilibrio: la Tierra protegía, les daba el sustento y hombres y mujeres descifraban su lenguaje, lo escribían en libros y enseñaban sus cantos y poemas a las generaciones venideras. Dios estaba entre ellos.

Cuando la máquina quiso acelerar los tiempos, la Tierra comenzó a quejarse. La madre naturaleza clamó, primero en voz baja, por parte de sus brazos que se acortaban. La máquina avanzó, en busca de un futuro mejor, de una vida mejor. Entonces se produjo un fugaz entendimiento: las personas decidieron crear áreas que protegieran los recursos que estaban en peligro y así surgieron parques, reservas que resguardaron sus valiosas especies. Y le dieron a la Tierra un respiro. Más eso no bastó…

La población creció, invadió áreas inexploradas y animó a ocupar toda la superficie de la Tierra. Con nuevas tecnologías exploraron el planeta, avanzaron sobre el espacio sideral y contradijeron las leyes de la naturaleza. Creyeron dominarla, doblegar su fuerza, imponerle otros ritmos, más movimientos, acelerarla. La arrastraron sin piedad, olvidando a gran parte de sus hijos. Así, muchos de ellos debieron retirarse, esconderse del “feliz depredador”, resignarse en su pobreza a resistir en suelos arrasados, desiertos, en los que el maná ya no caía del cielo. Algunos se alarmaron, llamaron a científicos, psicólogos, políticos, gobernantes para comprender esta tristeza de la tierra, que ya no daba tantos frutos. Muchos animales se replegaron, se resguardaron en sus madrigueras, perdieron el contacto con los humanos, dejaron de danzar con sus niños, mientras sus padres sembraban las semillas que traían alimentos. Muchos se fueron a regiones más lejanas y otros se extinguieron. Dejaron de existir, ni siquiera sus nombres se recuerdan. Y con ellos, cientos de humanos. Sí, los que pintaban paisajes a la sombra de los árboles, bajo el canto de los pájaros, los que construían cabañas a la orilla de los ríos que cantaban…esos seres se fueron y también. Otros murieron.

La máquina avanzó, más sofisticada y colorida. Embelesó. De la mano de tecnócratas y capitalistas la vida cambió. Tuvo su lado bueno: se aplacaron enfermedades, se avanzó en conocimiento, se intercambiaron culturas. La Tierra lo permitió y resistió.

Pero hacia los años ochenta, las personas de ciencia y también los gobernantes expresaron, -Basta!. Nuestra casa y nuestro futuro común están siendo amenazados y se requieren mayores esfuerzos. Así editaron un documento y expresaron la necesidad de un desarrollo sostenible. Gran concepto!!, Mágico, atractivo, conmovedor. Políticos, economistas, banqueros, ambientalistas difundieron la necesidad del desarrollo sostenible. Cientos de artículos aparecieron para explicar cómo volver al equilibrio en el manejo de los recursos naturales: capacidad de carga, tasa de renovabilidad se tornaron en nociones capaces de medir hasta dónde los habitantes podían avanzar en el espacio. Campañas, foros internacionales, manifestaciones populares, propuestas académicas para nuevos aprendizajes, discusiones, reclamos, foros, foros y más foros… La Tierra está en peligro, está sudando más de lo aconsejable, sus mares se secan, sus ríos se contaminan, sus bosques desaparecen y dejan de ser el hábitat de plantas y animales.

Y hubo un día en que la Tierra se cansó y enfureció. Había que dar una lección al feliz depredador. Llamó a uno de sus seres, microscópico, de apariencia insignificante, invisible a los ojos del común de los humanos y le encargó una misión…

Así fue que, en varios países, en la mayoría de las ciudades, grandes o pequeñas las luces se apagaron. Hombres y mujeres enfermaron. Poco a poco un virus misterioso penetró en sus cuerpos y les dificultó respirar. Como la Tierra, cuando se llevaron al jacarandá, quemaron el bosque de quebracho, explotaron sus sierras con la actividad minera. Como la Tierra, cuando mataron al ciervo, derribaron el nido del hornero, convirtieron la fertilidad de sus suelos en un manto de sal.

Con la enfermedad, en las grandes industrias, en las empresas de los reyes, emperadores y gobernantes, las máquinas callaron. Las palabras de los poderosos sembraron falsedades y sus locutores se asimilaron a bufones. El mundo del consumo, de la producción sin pausa, del hombre alienado, ensombreció.

Entonces, los humanos debieron recluirse en sus casas, presos de su propia impaciencia. Unos pocos caminaban: médicos, enfermeros, pequeños comerciantes que trataban de animar y salvar a sus hermanos. La mayoría comprendió: bajo el sufrimiento, la angustia de cientos de pérdidas humanas, el corazón se enterneció. Primero apareció la pregunta: ¿Por qué?, ¿Qué sucedió?, ¿Es esto una película? Después la reflexión: tal vez nos hemos olvidado de encontrarnos, de contemplar el día, de ser arrullados con el canto de los pájaros, de disfrutar de la sombra del álamo. Tal vez, hemos perdido la capacidad de entendernos, de disfrutar de la presencia de los otros, de jugar con nuestros niños, de mirarnos a la cara. Entonces los animales salieron, se dejaron ver. Hacía tiempo que no se tenían noticias de ellos. Recorrieron calles, avenidas, entraron en las iglesias, irrumpieron en las playas, nadaron en los ríos. La naturaleza cantó. Volvió a su casa, como los ríos cuando invaden su llanura tras la inundación y tomó posesión de sus antiguas pertenencias. En su aislamiento, hombres y mujeres vivieron el dolor. La angustia penetró de manera intempestiva por sus puertas y ventanas: las de estilo gótico, las barrocas, las modernas, las de diseño ecológico, las de funcionamiento tecno-inteligente. La vida en las calles, los bailes, los abrazos, los viajes se les volvieron recuerdos. Lloraron. Y algunos reposaron en centros de salud, otros murieron.

Entre la población, hubo quienes no quisieron sacarse la venda de los ojos y prefirieron sostener sus argumentos. Gritaron, reclamaron, desdeñaron a los suyos. En sus lujosas viviendas comenzaron a hacer cuentas, cuentas y más cuentas. Sus negocios dieron pérdidas y ya no acumulaban abultadas cifras. Pero sus arcas estaban llenas. Se les pidió dar, compadecerse ante la tragedia. Se les pidió compasión, no despedir a sus fieles empleados, varios de más de diez años. Se les pidió ayudar, para sostener hospitales, brindar medicamentos, donar alimentos. Pero se aferraron a sus arcas y protestaron para conservar sus tesoros. No entendieron…. No entendieron que la Tierra es de todos y no de unos pocos. No entendieron que la Tierra es generosa, magnánima. Que siempre acoge. No entendieron, que Dios permanece, que es paciente, que habita en el pobre, el sediento, en el que trabaja, en el rico que parte el pan, en el arrepentido, entre todos los pueblos.

Entonces, en la intimidad del hogar (no se sabe hasta cuándo) muchos hombres anudan cuerdas, tejen madejas y reconstruyen redes para sostener a todos los seres vivientes. Y así aguardan, mientras sus corazones laten impacientes y creen desfallecer. Aguardan, a que cientos y cientos y cientos…de hombres y mujeres despierten. Aguardan, a que Dios sane las heridas de la Tierra, para recomenzar con el nuevo amanecer.

Fotografía: https://www.diariouno.com.ar/ (24/03/2020)

Texto Publicado en Huellas Suburbanas. (18/04/2020)