Por Luis Bruschtein   ***

Algunos que votaron a Mauricio Macri en Argentina están erizados por el discurso de Jair Bolsonaro cuando asumió en Brasil el domingo pasado y no entienden que los dos presidentes expresan el mismo cataclismo político.


Imagen: Pati y Jorh

Los horrorizados ni se mosquearon cuando la ministra preferida del presidente, Patricia Bullrich, anunció que en los aeropuertos y en los trenes se usarán las pistolas Taser que en Estados Unidos produjeron más de 300 muertes y que son rechazadas por organismos internacionales. Poco después de asumir, Bolsonaro anunció que despedirá a los empleados estatales comunistas y petistas “para hacer más eficiente y menos ideológico el Estado”. Y eso fue lo primero que hizo Macri con los empleados que cometían el error de expresar sus simpatías políticas por el gobierno anterior en facebook o en mensajes en las redes que el macrismo se dedicó a espiar apenas asumió.

Las Taser y la persecución ideológica se hermanan con el neoliberalismo en el plano económico. Es fácil ver que Macri y Bolsonaro son parte del mismo fenómeno. Pero es difícil encontrarle explicación a este fenómeno que asemeja a un suicidio en masa.

El prodigio de los que se horrorizan de lo que pasa allá y no se dan cuenta de lo que pasa acá está relacionado con la esencia de un mecanismo que impregna a una parte importante de la sociedad con las viejas ideas que son y han sido reaccionarias por su raíz de individualismo extremo. Una de las marcas del “progreso” de la humanidad ha sido justamente tomar distancia –por lo menos– de esa amoralidad primitiva. Se trata de aceptar, por ejemplo, que está mal matar a otra persona o que la condición humana conlleva derechos para todos. Así se abolió la esclavitud. Ningún ser humano, rico o pobre, puede ser esclavo de otro.

Bolsonaro pidió ayer la aprobación urgente de una ley que “proteja” a los efectivos de seguridad. Es una norma en consonancia con la doctrina Chocobar que Macri está tratando de imponer aquí. Eso quiere decir, por ejemplo, que pueden disparar por la espalda, sin estar seguro de que sea un ladrón, a una persona que está corriendo. Cuando una sociedad pierde de vista sus ligamentos de civilidad, como el respeto por la vida, y por los derechos del otro, no percibe que el policía que mata en esa circunstancia por la espalda,se embrutece, pero además embrutece al conjunto.

Ayer también, en una entrevista el presidente de Brasil afirmó que considera que hay “un exceso de derechos del trabajo” y que piensa eliminar la Justicia Laboral. Ya anunció en su programa una reforma laboral que obtendrá a través de una reforma constitucional. Y en principio hizo desaparecer el Ministerio de Trabajo. ¡¡¡Coincidencia!!! Desde que asumió, Macri trata de aplicar la Reforma Laboral. Y en principio hizo desaparecer el Ministerio de Trabajo para convertirlo en una secretaría que quedó prácticamente subordinada al Ministerio de Producción y Trabajo.

Las coincidencias se van apilando, como la devoción de ambos por Estados Unidos y por el Israel racista y guerrerista de Netanyahu. Existen diferencias, pero Macri y Bolsonaro, cada uno a su manera, son parte del mismo fenómeno de embrutecimiento de las sociedades que los votaron. Muchas de las personas que lo hicieron dicen que no votaron a la derecha. Se sorprenden cuando se los interpela. Y algunos hasta quieren arriesgar que Macri es de “izquierda progresista”. Esta inconsciencia, o negación, de un amplio sector de sus electores lubricó el camino a ese embrutecimiento de punitivismo salvaje y justificación antinatura de su sufrimiento económico.

Son fenómenos que no se pueden visualizar con las mismas herramientas teóricas del pasado. En Argentina siempre se pensó que los conflictos políticos y socioeconómicos se agudizaban en las fiestas de fin de año. Que eran fechas sensibles. Levantamientos carapintada, saqueos y la rebelión popular del 2001 fueron confirmando esa creencia.

Fue desconcertante que el gobierno eligiera el fin de año para anunciar los tarifazos: 40 por ciento en los transportes, hasta 80 por ciento en los peajes, 31 por ciento la electricidad, 45 por ciento el gas, más los aumentos en las naftas. Todo se va a los precios. Con esos aumentos que ya afectan a una clase media empobrecida que le dio su voto, la inflación no cederá. Ya se calcula que la inflación de arrastre para el año que viene no puede bajar del 30 por ciento.

Inflación y tarifazos son los números que van para arriba. Para abajo: el consumo y los salarios que perdieron otro 15 por ciento este año, la actividad industrial que bajó más del 13 por ciento en la última medición de noviembre y la recaudación que estuvo más de diez puntos por debajo de la inflación.

Son los números calamitosos de la economía macrista. Un bombazo en la línea de flotación de la economía familiar de la mayoría. No son cifras abstractas, se sienten en el bolsillo. El gobierno eligió esos días que se suponían el colmo de la sensibilidad y no pasó nada cuando los hizo públicos. Misterio. Nadie puede negar esas cifras, son pocos los que podrán decir que no los perjudica. Sin embargo no hubo protesta. Fue uno de los fines de año más tranquilos. Sin piquetes ni concentraciones en los súpermercados para pedir alimentos.

Circulan muchas explicaciones de esta supuesta anomalía o probable nueva realidad. Hay quienes explican la poca reacción porque el gobierno bajó muchos recursos en estas fechas a los movimientos territoriales, que son siempre los más movilizados y los que primero perciben el malestar y el descontento, la primera línea de choque en la crisis.

Con relación a los trabajadores organizados, el vendaval de despidos y caídas de fuentes de trabajo ponen más el foco de preocupación en el mantenimiento de la fuente de trabajo que en la protesta por la escasez y la caída de la calidad de vida. Ha sido así también en otros momentos recientes, como durante el menemismo.

Son dos explicaciones materiales. Hay otras más ideológicas. Una gran parte de los votantes de Macri aceptan la explicación oficial y justifican el saqueo de sus economías aceptando los lugares comunes que les propone el gobierno como “hay que pagar la fiesta irresponsable” o “el populismo les hizo creer que tenían derecho a vacaciones o un televisor, etc.”. Es el pensamiento de la resignación y el signo del embrutecimiento y de la esclavitud. El esclavo que justifica al amo.

La otra explicación es que la gente sabe que se entró en un año electoral. Que tiene la posibilidad de cambiar la situación a través del voto opositor. Que la bronca crece pero se acumula silenciosa en la expectativa de generar ese cambio con las elecciones de este año.

Estos fenómenos no se explican por un solo motivo. Seguramente habrá otros y seguramente interactúan entre todos ellos de una manera compleja entrelazando intereses concretos, contextos y subjetividad. En Argentina, la experiencia de la derecha conservadora sustentada por el capital concentrado dejó un saldo devastador en la economía. La gestión del macrismo ha sido de los peores fracasos en la historia del país. Hay una sociedad que es víctima de ese fracaso y es lógico que haya un aprendizaje.

Pero la escalada de encuestas muestra escenarios electorales con poca movilidad. Y con una porción importante de la sociedad que todavía respalda a esta gestión desastrosa, como consecuencia de que estaría incapacitada para transitar ese camino de aprendizaje. Como el ganado llevado al matadero, la maquinaria oficialista no solamente genera un sentido común concreto de resignación ante el sacrificio y de asumir los argumentos de quienes se benefician con ese sacrificio. Es probable que esa apropiadora de subjetividades y generadora de sentido común incluya la incapacidad del aprendizaje, obturándolo con una carga de odio.

Se abre un año repleto de interrogantes sobre la sociedad de los argentinos, la identidad de una nacionalidad tan valiosa como cualquier otra, pero específica y particular. El gran interrogante es si todo cambió tanto que ya es imposible reconocerla con la misma mirada construida por su propia historia. O si los cambios se verifican en muchos aspectos pero no alteran los mecanismos profundos de sobrevivencia y rebelión ante la injusticia.

Estos tres años de macrismo implicaron un enorme retroceso en el proceso de democratización de un país que durante muchos años, hasta la dictadura, vivió tan sólo simulacros de democracia. Han sido tres años en los que se naturalizó el saqueo por parte de los poderosos, la negación de los derechos y garantías elementales, se estimuló la falta de solidaridad, se dividió al país con odios prefabricados y se profundizaron desigualdades.

El 2019 es un año electoral. Es difícil leer encuestas que muestran la superficie quieta del lago mientras se produce la tormenta perfecta. Tiene que haber movimientos en lo profundo, antagónicos, cuya consecuencia serán países diferentes. Lo que se va a elegir esta vez será mucho más que candidatos. Será el futuro.

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