Textos: Felipe Melicchio. Ilustraciones: Paula Amargós Para Huellas Suburbanas

 

Expresarse es una necesidad, pero quienes nos gobiernan arrebatan el “sí” de la palabra, como de tantas cosas, para intentar inculcar que expresarnos, hoy, es una “necedad”. Que conviene esforzarse y mantenerse en silencio. Por eso, junto a la compañera Paula Amargós (@BastaPola en Instagram) decidimos desobedecer. Creemos que expresarnos es fundamental y, con esta convicción, juntamos disciplinas, escritura e ilustración, para alzar la voz, las palabras y los trazos. Una juventud que apuesta al arte significa un futuro de colores.

Primero lactancia, luego militancia. Dele eso a su hijo. Primero que tome de su leche, del cuerpo, del contacto interno: luego, que le toque beber del afuera. Eso lo convertirá en un adulto sano. Conténgalo de pequeño, enséñele como amar y, si quiere, predíquele un mundo ficcional; pero luego, de adolescente, no olvide largarlo al afuera. Atención, si el niño todavía no aprendió amar reténgalo un poco, no sirve que salga desarmado a las penumbras de la realidad. Para eso ya existen la mayoría de los seres humanos, quienes empapan más el mundo de miseria. Para cambiar las cosas debe establecer un diálogo entre el mundo que lo contuvo, de amor incondicional, y la verdad exterior; entre él y lo otro. Un intercambio genuino de vivencias. Es aquí, en el comercio de la palabra, del contacto, del abrazo, donde se debe trasladar aquel amor del cual, como pocos, cuenta. Ese traslado es lo que yo llamo militancia. Partidaria o no, en centros comunitarios o de estudiantes, militar nos invita a hacer, pero, fundamentalmente, a hacernos.

Para la clase media, clase burbuja, el afuera da unos nutrientes infaltables, nutrientes aguja. Esta clase, la desorientada por su condición volátil e indeterminada, puede mirar más allá escapándose de su cotidianeidad, tiene la posibilidad de romper su círculo para ayudar y nutrirse. Algunos sectores, clases blindadas, practican la indiferencia frente a las cuestiones sociales. O diría con más exactitud, han desarrollado una “celiaquía social”. No una intolerancia al gluten, sino una profunda intolerancia a la diferencia; en vez de T.A.C.C no pueden incorporar C.A.L.L.E: ni Comprensión (por el otro), ni Amor (para ayudar), ni Lucidez (con la que accionar), ni Libertad (más allá de la económica), ni Entendimiento (de la realidad).

La cena familiar se había alargado así que tuvo que volver a su casa a eso de las 2 de la mañana. Consciente de su vista agotada de tanto vivir, condujo con mayor atención. En una calle, que el GPS le instó a tomar, se posaba una casa que emitía unos sonidos y unas luces disruptivas; a pesar de su cansancio, acercó el auto, reduciendo la velocidad, y lo estacionó. Al cesar el motor, bajó la ventanilla y asomó la cabeza: una música fuerte bamboleaba los borrachos cuerpos de incontables jóvenes. Gritos, risas, vasos, humo y luces construían el paisaje. “¡Qué locura!” se le escapó de su boca absurdamente, en la noche sorda. Se lo dijo a sí mismo, como si charlarlo por dentro, en el bar de la conciencia, fuera insuficiente. Bufando decidió reincorporarse. Acomodó el retrovisor y se miró: a través de sus canas y sus arrugas miró el pasado. La memoria, diestra en construir analogías, tomó los elementos del presente (jóvenes, luces, humo, oscuridad) para seleccionar de su pasado dos noches que marcaron su juventud: una de bastones largos y la otra de lápices. Noches sombrías. “¿Sabrán estos pibes lo que fue?”, dijo, con un pie en el recuerdo y otro en el embrague. Luego se reincorporó, pero esta vez del pasado al presente, y puso el auto en marcha. Paradójicamente, él se quedó en pausa y por algún huequito de su Fiat 147, o por alguno de esos poros que aparecen cuando uno cede de la dureza, ingresaron música y alegría. No balas, como a su amigo tiempo atrás; no miedo, como siempre tuvo la mamá; y no más vergüenza, como hace pocos minutos. Había comprendido, mientras vibraba junto al auto, que esa libertad juvenil era una conquista social. Que allí, donde el humo era de porro, los gritos de alegría, la música sin censura y las luces de cañón no remitían a las del fusil, se encontraba una juventud sin impedimentos a ser. Claro que seguía habiendo cosas por cambiar, nuevas formas de represión por las que combatir, pero ya no estaba presente la bota militar sobre la cabeza de “los pibes” y tampoco se los continuaba midiendo por aquel triste, vasto e indeterminado adjetivo: subversivo. Finalmente, puso primera. Agarró el disco “El jardín de los presentes”, lo colocó en su reproductor de CD y saltó directamente al tema dos: “Los libros de la buena memoria”; avanzó, respetando las leyes de tránsito y las del recuerdo.

Adrián tiene programado el despertador a la misma hora que el mío. Debe sonar igual, o parecido, y tiene indefectiblemente la misma intención: despertarnos. El “nos” unificador huye, cobarde, cuando los dos seres que despiertan deben caminar por vías distintas. Es un despertar dispar. Adrián desayuna galletitas de agua con mate cocido; siguiendo al padre, se viste con las mismas prendas rotas, sucias y destinadas, como el mismo, al desecho; sale a la calle y no va hacia la escuela, como yo, toma un colectivo que no repara, por su condición de inerte, en que su camino trazado va hacia donde no tendría que ir un pibe. El colectivero espera que Adrián le muestre el boleto estudiantil ya que es su derecho, espera verlo con guardapolvo, porque así debería ser, pero Adrián sube cabizbajo junto al padre: desequipado de todo. El viaje es de media hora y, luego, cuatro cuadras a pata. No está solo en la desventura, allá tiene compañeros. “El Tusti”, por ejemplo, de 13 años, es más chico que él y siempre se sientan contiguos, junto a la mezcladora, sin bancos ni pupitres. Levantan unas bolsas, colocan unos ladrillos y lijan; todo eso que no está en los manuales de estudio. Acá no hay recreo, ni reparo de su cansancio. El padre de “Adriancito”, como le dicen los compañeros, cada tanto lo mira de reojo, pero, cuando recuerda que las tarifas subirán, vuelve a la amoladora. La construcción sigue avanzando, sin embargo, Adrián está trunco. Será por sus manos con cemento, o por sus manos sin grafito; no lo sé ¿Es tan inocente pedir que el despertador suene igual para los dos?