Por Silvia Citro y María Luz Roa   ***
La situación excepcional del encierro crea nuevas y virtuales formas de solidaridad: corporeidades aisladas y virtualidades yuxtapuestas. Silvia Citro y María Luz Roa forman parte del Equipo de Antropología del Cuerpo y la Performance (Instituto de Ciencias Antropológicas, Fac. de Filosofía y Letras, UBA/ CONICET) escriben entre pestes y remedios una crítica esperanza.Somos dos mujeres, de diferentes generaciones, una antropóloga y otra socióloga, conversando y escribiendo, en medio de la peste y luego de un 24 de marzo que nos encontró por primera vez en Argentina con las calles vacías, pero con las redes virtuales colmadas. Respirando un “aislamiento social” que resulta difícil imaginar para algunxs argentinxs a quienes quedarse en las casas, les recuerda a nuestra última dictadura cívico-militar. Pero también, aquí estamos, encontrándonos en nuevas y virtuales formas de solidaridad que intersectan pañuelos blancos y siluetas en las casas, con clases de zumba por Instagram que nos hacen bailar con un otrx al que no tocamos.

En estos tiempos de peste, en los que tantos discursos, imágenes, hashtags y distanciamientos circulan sobre este grave asunto, nos preguntamos lo que muchxs tal vez ya han estado preguntándose. Este breve escrito a dúo no es más, entonces, que un gesto de dialogismo y colaboración, en tiempos de corporeidades aisladas y virtualidades yuxtapuestas. Pero es también un gesto fundamentalmente de mujeres, que dialogan con otras mujeres, atendiendo a las urgencias del presente, en tiempos en que aquellos filósofos del norte que se debaten por el futuro, parecen haber monopolizado, una vez más, la palabra pública.

¿Pestes biológicas y pestes sociales?
Comencemos por lo “casi” obvio, aunque complejo. La humanidad ha estado atravesada ya por muchas otras pestes y sus consecuentes políticas de aislamiento, no es ésta la primera, ni tampoco será la última. Pero lo que caracteriza esta peste, es la intensidad de su propagación global: afecta diferentes regiones y países, y sobre todo, clases sociales. Ya lo sabemos: no distingue etnia, clase, sexo, ni orientación sexual. Esto es tal vez lo relativamente nuevo y lo que la hace centro de la atención hegemónica: alcanzó a lxs blancxs no pobres y heterosexuales, lxs que siempre han creído estar “a salvo”. Y ese rasgo parece diferenciarla de las otras pestes que hemos venido padeciendo, tanto las de origen biológico como social.

Aunque, hay que aclararlo, muchxs han señalado ya la íntima conexión entre la voraz propagación de la agroindustria capitalista y la etiología de las epidemias recientes. Por eso, aunque ya se ha dicho, creemos que es políticamente necesario reiterarlo, para no olvidarlo: lxs miles de muertxs por las persistentes pestes sociales de la cololonialidad, la violencia y la desigualdad capitalista, esos otros muertxs, generalmente pobres y no tan blancos, ya son parte del “paisaje global” del capitalismo… Son muertes naturalizadas, soportables… Esta peste amarilla-blanca trans-clase es nueva, y lxs blancxs no pobres, no la soportamos. He ahí la triste novedad.

De la curva al #YoMeQuedoEnCasa

Tenemos algo de “suerte”: en el calorcito latinoamericano aún no sufrimos el drama de Asia y Europa, y podemos prevenir la catástrofe que se nos avecina. Vivimos un nuevo contexto de certeras incertidumbres: sabemos lo que va a venir, y va a ser malo, pero no sabemos cómo lo sobrellevaremos. La prevención desde el aislamiento social nos transforma de sujetxs a vectores de algo que no solamente es invisible, sino que lo veremos en el futuro y que se representa de una manera tan abstracta como “la curva”. Al poder ya no le importa el “hacer vivir” o “dejar morir” (aquella transformación en las tecnologías de poder en occidente que nos hablaba Foucault), sino “dejar morir en la menor probabilidad posible”. Parecería que lo correcto y ético es ser paciente y quedarnos en casa esperando al conteo matutino de muertos cual ballotage.

Muchxs tenemos esperanza que la medicina, esa impresionante ciencia del cuerpo humano que ha hecho maravillas en su larga historia por entender, intervenir y reparar su compleja físico-química, llegue a la vacuna y nos saque de este mal. Pero dicen que recién en un año o dos la tendremos, por lo que en el “mientras tano” debemos quedarnos en casa. Fuera de toda grieta, aquí en Argentina el periodismo, la política, el entretenimiento y los espacios sociales hoy reiteran como slogan el hashtag “Yo me quedo en casa”. La lógica ética imperante es: si no te quedás en casa por el otro, sos vector, por ende contagiás, por ende sos una máquina de matar, por ende quédate en casa y escuchá a los españoles para quienes ya es muy tarde. Esta afirmación ética se reitera una y otra vez, junto con el aviso de lavado de manos e higiene. Ok. No saldremos a la calle y exigiremos al Estado que se haga cargo de quienes no pueden quedarse en casa en condiciones de higiene social. Pero, nuestra imaginación socio-antropológica nos alerta que hay algo del “Yo me quedo en casa” que suena raro, sobre todo, un 24 de marzo.

Un 24 de marzo sin calles pero con redes
Los 24 de marzo, ese día de “la memoria, la verdad y la justicia”, lxs argentinxs no solemos decir “yo salgo a la calle”, al mejor estilo hashtags de los famosos, sino que decimos “salimos a la calle”. Este 24 de marzo, por primera vez desde la recuperación de la democracia, nuestros únicos dispositivos posibles para salir a la calle, fueron las redes virtuales, esas que habitualmente están llenas de hashtags del yo. Así, las imágenes y sonidos virtuales de este 24 mostraban una calle que resonaba hacia los pulmones de manzana con sus proyecciones en las medianeras, hacia las veredas en los audios con parlantes y en los pañuelos y siluetas de los balcones: mostraron un nosotros plural, en compañía, mostraron un “nunca más”, un “Son 30000”, “Un somos”. Nunca un yo. He ahí una esperanzadora novedad.

Aislarse, lavarse las manos, no tocarse y ¿algo más?
Hace muchos años un psiconeurólogo cubano-estadounidense, se acercó a nuestro Equipo de investigación, con la intención de avanzar hacia una psiconeuroinmunologia cultural, con esta pregunta ¿Qué hace que un virus afecte a unxs y no a otrxs, cuando estamos ante condiciones biológico-corporales y físico-ambientales “más o menos” semejantes? Aún no lo sabemos totalmente, pero la respuesta que discutíamos podría resumirse así: el sistema inmunológico y sus anticuerpos, que en sus complejas conexiones con el sistema nervioso y endocrino, nos hace más o menos predispuestos a enfermarnos; pero esa producción físico-química es muy sensible al ambiente, y ese “ambiente”, cuando hablamos del cuerpo humano, involucra las emociones y sentimientos, las cuales a su vez se gestan en el entramado histórico de relaciones intersubjetivas-culturales-políticas, en el que las personas nos movemos… He ahí el agregado de la palabra “cultura”. Lamentablemente el colega no consiguió apoyo, y se volvió a Estados Unidos.

Para ser (algo riesgosamente) sintéticas: parece que el miedo, la tristeza, el aislamiento afectivo, el aburrimiento y la falta de certezas y propósitos, no ayudan a esa química inmunológica, pero si lo hacen todos sus contrarios: aquello que las personas y sus culturas conciben y viven como confianza, alegría, amor solidario, creatividad, proyectos, creencias o fes que nos movilizan vitalmente. Y desde ya también la buena alimentación, los buenos ambientes y los buenos movimientos corporales: contexto fundamental para generar todas esas “emociones y químicas de la resistencia”. Veamos dos breves ejemplos.

En 2011, dos mujeres tareferas, cosecheras de yerba mate de Misiones, nos contaron cómo hacían para sobrellevar el “sufrimiento” de vivir de “cosecha en cosecha” (y eso sí que es precariedad). La clave era “mejor no pensar” porque “no conviene estar tristonga…”. Y explicaban: si una está triste se pone “caigüe” (desganada, en guaraní) y no rinde lo que saca en la cosecha del día (jornal), por ende no conviene en dinero (se cobra a destajo) y tampoco en la salud. Con el tiempo entendimos que ese “no pensar” no era una simple “negación”, al estilo psicológico, o una “ideología de clase enmascaradora”, al estilo de las ciencia política, sino que era fundamentalmente un arte de la existencia, que además tenía al grito sapucay –ese grito fuerte y agudo del chamamé- como un aliado eficaz para “levantar el ánimo” en la cosecha (como los “negro spiritual” de lxs esclavxs en las plantaciones de algodón), y que construía así ese modo de ser “alegre” que tanto caracterizan a lxs tareferxs. Ese “no pensar” era entonces una suerte de “epojé” o “paréntesis” existencial que permitía sembrar, en plena cosecha, emociones alegres con el vecinx del barrio, con el compañerx de la cuadrilla, con el otrx. Siempre con el otrx. Así, ese no pensar no las aislaba, sino que las conectaba para re-existir de otra manera. Nos preguntamos entonces: ¿No habrá alguna semejanza con este “no pensar” que hoy construimos desde las clases virtuales de zumba en nuestras casas, tirándonos corazones y me gusta, con los mensajes positivos que circulamos en los grupos, las canciones y videos compartidos y los chistes en medio de esta paradójica certera incertidumbre…?

Mientras escribíamos este texto, Ema Cuañeri, una maestra y artista toba-qom, de Formosa, con la que trabajamos desde hace muchos años, nos compartió un mensaje de WhatsApp, atribuido a un para nosotros desconocido “indio Águila Blanca”. Más allá de la incertidumbre de la fuente, lo que nos interesa es el gesto de Ema, pues ese es el único mensaje que ella eligió reenviarnos, de los cientos que hoy circulan. Aquí van algunos párrafos: “Este momento por el que atraviesa la humanidad ahora puede verse como un portal y como un agujero (…). Si consumen las noticias las 24 horas del día, con poca energía, nerviosos todo el tiempo, con pesimismo, caerán en el agujero. Pero si aprovechas esta oportunidad para mirarte a ti mismo, repensar la vida y la muerte, cuidarte a ti mismo y a los demás, cruzarás el portal (…) Tome su caja de herramientas y use todas las herramientas que tiene a su disposición. Aprenda sobre la resistencia con los pueblos indígenas y africanos: siempre hemos sido y seguimos siendo exterminados. Pero aún no dejamos de cantar, bailar, encender un fuego y divertirnos. No te sientas culpable por ser feliz durante este momento difícil. No ayudas para nada estando triste y sin energía. (…) Es a través de la alegría que uno se resiste. Además, cuando pase la tormenta, serás muy importante en la reconstrucción de este nuevo mundo. Necesitas estar bien y fuerte. (…) Esto no tiene nada que ver con la alienación. Esta es una estrategia de resistencia”

En suma, además de lavarnos las manos, tapar nuestros estornudos, aislarnos y no tocarnos, tenemos mucho para indagar y construir aún por estos caminos del cuidado bio-pisco-emocional del sí mismo y de lxs otrxs, por estas artes de la existencia colectiva y de la resistencia. Pero somos menos las que hablamos de este asunto en tiempos de peste, he ahí el viejo paradigma biologicista occidental del cuerpo, que una vez más, nos atrapa y nos hace olvidar sus emociones intersubjetivas y sus efectos químicos… Finalicemos entonces con una crítica esperanza.

Yo me quedo en communitas

Muchxs tenemos esperanza, aunque crítica, en esas viejas y nuevas “tecnologías del yo” (citando al otro Foucault) provenientes hoy de diversas culturas, que ayudan a crear un micro-clima más inmune en nuestras vidas intersubjetivas, a la manera de “remedios psico-culturales”. Del psicoanálisis al yoga pasando por los (neo)chamanismos y una infinidad de prácticas de autocuidado que hoy se divulgan y comercializan. Pero sabemos que con eso sólo no alcanza… En este contexto de higiene social, quizá más que tecnologías del yo que nos permitan hacer frente individualmente a la pandemia, necesitemos recuperar, transformar e inventar artes de re-existencia colectiva, que nos permitan generar lazos sociales de igualdad y confraternidad, similares a esas experiencias que el antropólogo Víctor Turner denominó communitas.

Para ser, una vez más, arriesgadamente sintéticas: se avecinan nuevos y peligrosos controles biopoliticos de las poblaciones: “los poderes invisibles desde arriba” que, con la excusa de la salud pública y la seguridad, conocerán y manipularán cada vez más nuestras vidas y hasta nuestros deseos; pero también, ya existen y pueden seguir creciendo, las micropolíticas inter-subjetivas colaborativas: “los empoderamientos desde abajo”, esas otras redes de communitas e intercambios reciprocitarios que, aunque sabiéndose manipuladas, intentan subvertir y generar deseos y vidas otras. Y esta intersubjetividad colaborativa, tendrá que abarcar ya no solo a lxs humanos sino también a lxs olvidados no humanos, incluidas esas naturalezas microscópicas que hoy nos recuerdan su potente y persistencia presencia en nuestras frágiles vidas humanas.…

Hacia estas tensiones, creemos, nos dirigimos. La peste, como situación crítica, está dando muestras de ambas tendencias. No sabemos si se avecina “el comunismo renovado” o un nuevo “gran hermano”. De eso se ocupan aquellos filósofos, sobre todo los que son hombres y hablan desde el norte hegemónico. Nosotras somos mujeres, en este sur no hegemónico, y dialogamos con estas otras mujeres, muchas de ellas olvidadas, muchas de ellas solas a cargo de sus hijxs, o con maridos que poco las ayudan, y es desde ese lugar, que nos queremos ocupar de este presente. Pues como dice un aforismo Aymara, retomado por otra mujer, Silvia Rivera Cusicanqui, “Que el pasado sea futuro depende de lo que hagamos en el presente”.

Quizá, así como los profesionales de la salud nos enseñan las técnicas de los higenismos, sean lxs indígenas, afros, mestizos y sectores populares, quienes puedan enseñarnos a construir desde lo colectivo, nuevas artes de re-existir, nuevas micropolíticas colaborativas que nos devuelvan la forma de ser sujetxs alegres y ya no sólo vectores, que brinden abrazos virtuales y no sólo enfermedades. No se trata sólo de entretenernos como pasa-tiempo, sino de entre-tenernos para re-existir con otrxs y vivir-en-el-tiempo. Por eso, aunque hoy no podamos juntarnos y salir a la calle, hoy quizá más que nunca, es necesario:

YO ME QUEDO EN CASA PERO EN COMMUNITAS.