Por Ricardo Rouvier   ***

Lo necesario no implica lo suficiente. Y lo suficiente o insuficiente depende del propósito, de la cosmovisión que tengamos sobre el porvenir argentino.  Que termine Cambiemos es necesario, pero no es suficiente para resolver los problemas estructurales, que están por encima de la polarización actual.

Cuando se habla de construir una mayoría, se refiere habitualmente a una mayoría electoral como un requisito legal para acceder al gobierno y contar con la mayor autonomía en la gestión legislativa. Diferente de aquella mayoría que tiene una entidad estratégica y supone una voluntad hegemónica en que lo electoral es un paso táctico. Se trata de la imposición de las mayorías, o su representación, sobre las minorías para la transformación radical. Una verdad que vence a otra verdad cuya falsedad se prueba en su derrota.

En una disputa electoral  la mayoría es necesaria y suficiente, y en la segunda es necesaria pero no suficiente. Porque no se trata de cumplir con la condición democrática sino de  establecer un nuevo orden, un nuevo régimen. Las experiencias revolucionarias más destacadas en la humanidad mostraron como eje común, el uso de la violencia fundacional como forma de imponerse. En los procesos reformistas, en cambio, la violencia es reemplazada por las herramientas propias de la democracia liberal y que apuntan a ejercer desde adentro del régimen la presión de los consensos  expresados en las urnas. La  mayoría tiene una condición cuantitativa objetiva que se prueba en el escrutinio: un ciudadano un voto.

El populismo usa las herramientas del régimen político pero refuta su ideología. Sobre esta contradicción navega la democracia durante su dominio. El régimen existente es el soporte necesario pero no suficiente para un Estado reformista pero no revolucionario que apunta, en su mayor ambición, a modificar o fundar un nuevo Estado, con los instrumentos tradicionales más lo que incorporará como instituido. Muchas veces las reformas quedan a mitad de camino o en la disputa implícita con lo estructural se modifica lo posible.

En la región pueden observarse las diferencias entre el socialismo del siglo XX como  Cuba, y el del siglo XXI, el chavismo y el sandinismo. Mientras el primero exhibe un Estado con una homogeneidad monolítica y los cambios son planificados, articulados y lentos, en el segundo el nuevo orden es mucho más anárquico, y mezcla los instrumentos tradicionales del antiguo régimen y del nuevo. En muchos aspectos este nuevo reformismo queda a mitad de camino entre el cambio estructural y el viejo andamiaje liberal. La influencia cultural hegemónica que produce seducción y subordinación, el consumismo promovido por las multinacionales, por ejemplo, sigue vigente en los populismos y quedan bloqueados en los países con matriz revolucionaria. La experiencia de cambio más consolidada en la región, de acuerdo a los resultados, es la liderada por Evo Morales.

Los populismos, también los de derecha, tienen un perfil contestatario al establishment, y logran incrementar sus consensos sobre la demanda insatisfecha y la diversidad de una sociedad que encuentra en el líder o el mismo colectivo, el lugar de resistencia a un Estado burocrático ajeno al interés de la mayoría.

La relación entre democracia y reforma es una tensión permanente, en que se producen colisiones en los espacios de acción de la economía (acumulación vs. distribución), la asistencia social (la ayuda social vs. el trabajo), el poder judicial (afín al gobierno u opositor). Se transita por los bordes de la normatividad democrática, y críticamente sobre la independencia de las instituciones, basado en el imperio de la ley o aliado a la democratización de la justicia. Sin olvidar que entre los principales factores estructurales se encuentra la relación del país reformista con la desigualdad internacional entre Estados. Con la globalización quedan al desnudo la dependencia económica, tecnológica, de los países dependientes respecto de las metrópolis. En los populismos de los países centrales se apunta también a la multipolaridad, pero como característica distintiva a construir barreras a la inmigración, inclusive a la vuelta a la xenofobia y antisemitismo.

En Europa la democracia liberal muestra signos de fatiga y esto es funcional a la predominancia electoral de nuevas mayorías o de mayorías que son producidas por las debilidades sistémicas. El sucesivo fracaso de la socialdemocracia y de la centro derecha ha fomentado el descreimiento mayoritario en la política profesional y el Estado.  El caso Brexit es un ejemplo emblemático de la desintegración de la alianza atlántica, y las discrepancias entre el voto popular, el poder parlamentario y los gobiernos.

El populismo de izquierda o derecha emerge en los intersticios que deja la democracia que no cumple sus promesas y su externalización constituye consciente o inconscientemente un desafío para la democracia formal. Con variedad ideológica, e inclusive con contradicciones, se expresan los chalecos amarillos, también los movimientos neonazis que disparan los peores recuerdos en Europa, o los movimientos sociales progresistas que surgen de las crisis económicas. También aparecen movimientos emergentes fruto de la evolución cultural,  como el feminismo, que sorprende a los Partidos Políticos y que apura la reformulación de agendas. Dichos movimientos no son antisistémicos, salvo en sus extremos, y se integran dentro del rango de lo dominante.

La fuerte ofensiva de la derecha en Europa y en América Latina se produce sobre la base de insatisfacciones en la sociedad, la crisis de la avenida del medio y una izquierda que se mantiene en su reducto puro y solitario. La secuencia que va de Lula a la aparición vertiginosa de un populista de derecha como Bolsonaro, deja en evidencia el fracaso de  los partidos tradicionales, y un progresismo que deberá revisar lo actuado. Y lo actuado en el PT es, como no serlo, el haber dormido con el enemigo durante tanto tiempo.

El populismo progresista vive en promesa instituyente del cambio colectivo, mientras puebla de consignas maximalistas lo superestructural. En nuestra tradición, presidencialista, vemos frecuentemente que la imposición de una mayoría electoral  puede alcanzarse en la segunda vuelta, debido a la falta de mayorías suficientes en la elección general.

Hoy, en nuestro país, la urgencia de la oposición es impedir la continuidad de la administración de Macri, y cambiar fuertemente el rumbo, sobre todo el económico. Este objetivo es puesto como excluyente, sabiendo inclusive que las consecuencias del estado de situación se prolongarán en un próximo período, que será de emergencia. Es lógico pensar que también puedan presentarse problemas de gobernabilidad, considerando la magnitud de los problemas, las demandas insatisfechas de gran parte de la sociedad y la falta de una mayoría autosuficiente. Pero, esa mayoría que se pretende es electoral, que pueda ejercerse en la primera vuelta y sino en el ballotage. Para lograr esto es necesario abrir más el foco de la negociación y encontrar los matices y diálogos en la oposición, que hasta ayer, eran imposibles.

La idea de unidad nacional, traducida en términos de un frente electoral, es no sólo correcta sino que es imprescindible. En este punto la facción, por abigarrada, homogénea y numerosa que sea, no es suficiente para lograr el volumen de poder. La voluntad unificadora de las partes, la declinación de las vanidades, son condiciones necesarias para justificar la prelación de la Patria que abunda en los discursos.

Lo necesario no implica lo suficiente. Y lo suficiente o insuficiente depende del propósito, de la cosmovisión que tengamos sobre el porvenir argentino.  Que termine Cambiemos es necesario, pero no es suficiente para resolver los problemas estructurales, que están por encima de la polarización actual. Si se cree que la solución tiene nombre y apellido es porque no se ha comprendido la gravedad de lo que pasa, y lo que pasa ocurre hace mucho tiempo, más allá del agravamiento producido por la experiencia actual.

Ganarle a Macri parece hoy el único propósito opositor; pero no es suficiente. Hace falta una dirección, un plan de soluciones para salir de la crisis, plan consensuado no sólo por las fuerzas políticas sino también por las fuerzas sociales. El voto tendrá que ser para decidir el final de una administración y apoyar una solución posible.

*** Ricardo Rouvier – Lic. en Sociología. Dr. en Psicología Social. Profesor Universitario. Titular de R.Rouvier & Asociados.

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