Por Rodolfo Yanzón   ***El migrante expuesto como un competidor para los trabajadores argentinos, o como un criminal, no sólo es patrimonio del macrismo. Radicales y PRO no están solos en ese sucio trabajo de agrietar el huevo de la serpiente.

El 2 de noviembre el diario La Nación publicó una nota de Loris Zanatta sobre inmigración, en la que responsabiliza al Papa por lo que llamó “acogida indiscriminada”, con la que, sin querer -dice Zanatta-, llevó agua para el molino de Matteo Salvini en Italia y de sus emuladores en Europa, el resurgir de una extrema derecha con un fuerte predicamento contra los extranjeros. Al reclamar solidaridad y ayuda para quienes huyen del hambre, la degradación medioambiental y las guerras, sobre todo en África y Asia, el Papa -sostiene Zanatta– hace mal queriendo hacer el bien alimentando a esos sectores. Alude también a lo que sucede con los hondureños tratando de ingresar a los Estados Unidos y el modo en que Donald Trump podría verse beneficiado electoralmente. Si bien dice que, a la larga, con la migración el mundo será más cosmopolita y divertido, considera que a corto plazo genera miedo y conflicto. Pero los grandes culpables son quienes más enfáticamente se preocupan por el drama de quienes se ven obligados a dejar sus países de origen para sobrevivir. Ni los gobiernos, ni los partidos con representación en los parlamentos. Ni siquiera la extrema derecha.

Los medios se llenan de opiniones sobre los extranjeros según la ocasión. Esta vez fue a partir de la victoria del ex militar y hombre de la extrema derecha brasileña, Jair Bolsonaro, que quiere terminar con homosexuales, comunistas, lesbianas, abortistas (la lista es muy larga y conocida). Algunos llevan a Alfredo Olmedo, empresario xenófobo salteño, antisemita y racista que elogió a Trump por levantar un muro en el límite con México. Otros, más osados, invitan con total naturalidad al neonazi de cabotaje Alejandro Biondini. (En verdad, muchos, sobre todo en los canales de TV, no necesitan semejantes luminarias para derrochar fascismo en chancletas, ya tienen de sobra con conductores y panelistas que, como Eduardo Feinmann y Baby Etchecopar, a fuerza de ignorancia, jadean babeantes frases hechas, sin descartar el agravio y la violencia discursiva). En esto, el INADI está pintado.

Y si hay crisis ¿qué mejor que buscar chivos expiatorios para reprocharles todos los males? En eso son eximios los multimedios, empresarios y quienes postulan el odio como solución, ocultan lo que los inmigrantes aportan a una sociedad, con su trabajo y su cultura. Tal como estamos y con una sociedad fragmentada desde lo social y económico, con escasa participación política, confrontar con esa diatriba cotidiana, es una tarea ciclópea, pero necesaria. Y en ese embrollo, que diarios como La Nación apoyen y difundan en estas horas la idea macrista de cortar la ayuda económica a la iglesia católica, resulta un tanto fétido.

El Papa dice que quienes buscan refugio en otros lados lo hacen buscando paz. Para ello sufren y arriesgan sus vidas, y que no basta sentir su sufrimiento como propio, sino que hay que acogerlos, protegerlos e integrarlos. Francisco critica a quienes fomentan el odio hacia los extranjeros, que a veces lo hacen con fines políticos. Dice que hay que saber descubrir que no llegan con las manos vacías y que con su cultura enriquecen la vida de la nación que los acoge.

¿Tiene sentido decir que esas ideas son contrarias a nuestra Constitución Nacional y a los Pactos Internacionales de DDHH?
¿Decir que debemos ser solidarios con quienes sufren? Como dice Spinoza, lo mejor es siempre aquello que el hombre o la sociedad hacen con máxima autonomía”. Y dice que para ello se necesita guiarse por la razón, y para razonar hay que conocer, porque cuando se desconoce se teme. Y cuando se teme el poder lo tiene otro y no hay autonomía.

Mientras Mauricio Macri insiste con la mentira de que su gobierno quiere generar trabajo, Gabriela Michetti dice que cada uno debe contar con su propio emprendimiento porque las grandes empresas vienen a invertir mucho dinero
(vaya a saber de cuáles habla) pero tienen tecnología y no necesitan mano de obra. Esa idea sale del mismo tallo que las declaraciones de Patricia Bullrich sobre que la gente puede andar armada si así lo quiere, porque la Argentina es un país libre (no quedó satisfecha con encubrir a los responsables de las muertes de Rafael Nahuel y Santiago Maldonado, y de reivindicar al policía Chocobar por haber matado a un pibe por la espalda). Y de yapa, el Ministro de Seguridad bonaerense, Christian Ritondo, asciende a policías que detuvieron a un abogado y maltrataron a un juez en plena vía pública, mientras recibían las vivas de vecinos amantes del Estado policíaco. Mensajes claros que atemorizan, que buscan erizar los pelos de vecinos asustados y demostrar su implacabilidad frente los mismos de siempre, los escogidos para ser carne de cañón, de la cárcel y las balas de la policía, los pobres y los excluidos.

Para atizar aún más el costado fascista de la sociedad, Macri dice que la Argentina es demasiado abierta y generosa, y reitera una máxima muy suya, aggiornada a estos tiempos, expresada cuando era Jefe de Gobierno de la CABA: los hospitales de la ciudad no pueden atender a provincianos. Siguiendo esa línea, Jorge Macri y Gerardo Morales arremeten contra los inmigrantes pidiendo deportación para los que son detenidos en una manifestación (aunque no hayan participado en ella) y que se debata sobre su atención en hospitales, el acceso a planes sociales o a estudio.  Por su parte, el Director de Migraciones, Horacio García, habla de aceitar los mecanismos de expulsión y de mayores controles en la frontera, aunque reconoce que la Argentina es el país más hospitalario de todo el planeta. En esto último acuerdo con García, aunque el macrismo está haciendo todo lo posible para revertirlo. Y no podemos, no debemos permitirlo. Dentro de poco la Corte Suprema tendrá que tratar el decreto de necesidad y urgencia de Macri por el cual restringió sensiblemente derechos de los migrantes.

El migrante expuesto como un competidor para los trabajadores argentinos, como un criminal o como un vivo que no quiere pagar. El migrante cuando es pobre, trabajador; no el banquero que especula o el magnate que impide el acceso a un lago, como el amigo de Macri, Joe Lewis. Desde los títulos de los “debates” televisivos se baja esa idea, que no sólo es patrimonio del macrismo. Recordemos al dirigente de la UOCRA, Gerardo Martínez, en épocas del menemismo, despotricando contra albañiles paraguayos y bolivianos, o a Sergio Berni emprendiéndola contra los extranjeros (logró que se incorporara la temática en normas penales), o el senador Miguel Angel Pichetto, experimentado vocero de la xenofobia (otro al que le encienden las luces de las cámaras luego de la victoria del brasileño que reivindica la tortura y la dictadura y representa los intereses de las iglesias evangélicas). Radicales y PRO no están solos en ese sucio trabajo de agrietar el huevo de la serpiente.

Las iglesias evangélicas han hecho un despliegue político durante el debate sobre el proyecto de ley por el aborto, mientras acercaba a políticos a sus mitines, como María Eugenia Vidal o Alfredo Olmedo. Su poder va creciendo, como viene sucediendo en toda Latinoamérica. Su principal objetivo son los trabajadores, a quienes quieren sumisos en sus casas, alejados de la política, resignados a una mejor vida en el más allá. Contrariamente, la iglesia católica no sólo no desdeña la política ni la organización, sino que muchos de sus miembros son militantes y dirigentes. Hoy la iglesia católica es, debe ser, una gran aliada para alejarnos del abismo, incluso con las diferencias. Porque Bolsonaros en la Argentina hay de sobra.