Por Luis Bruschtein   ***

La derrota llama a la derrota. Tras la debacle electoral, a Macri se le suman problemas. En el gabinete, donde enfrenta el desafío radical. Y en Boca Juniors, su lugar de refugio, donde la incorporación de Juan Ramón Riquelme a la lista opositora complicó el panorama electoral de sus fieles. Alberto Fernández, en espejo, sigue acumulando sobre su victoria.


Alberto Fernández con Patti Smith.

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Imagen: NA

La política es como el agua: cuando el plano se inclina discurre toda hacia el mismo lado. Los hados hablaron con la voz de las urnas y el resultado ladeó la cancha hacia Alberto Fernández que se dio el lujo  de recibir en sus oficinas a la legendaria Patti Smith, mientras Mauricio Macri comenzó el camino amargo de la derrota entre una crisis de gabinete que lo enfrenta con sus principales aliados y una posible derrota en las elecciones de Boca Juniors. Retaguardia estratégica y despliegue en el territorio están en juego en estas fisuras del macrismo que aparecieron durante la semana con el tema del aborto y la incorporación de Juan Román Riquelme a la lista opositora en el club.

Todo festeja a la victoria y nada a la derrota, a la que el perdedor tiene que domar con paciencia y tenacidad como hicieron Néstor y Cristina Kirchner cuando les tocó atravesar esa prueba. O la dificilísima filigrana que debió realizar Perón en los 18 años de exilio y a miles de kilómetros de distancia.

Tras la victoria de Alberto Fernández y Cristina Kirchner el escenario de simpatías tiende a parecerse más al resultado de las PASO que al de las elecciones. Es un proceso universal. El voto más volátil del macrismo tiende a abrir una expectativa hacia el nuevo presidente y alejarse de su decisión original.

En el mejor de los casos, el perdedor logra contener al núcleo duro de sus simpatizantes si es que no son absorbidos por el remolino centrífugo que produce la derrota. La crisis de gabinete pocos días antes del traspaso de gobierno se convirtió en un síntoma, nube negra que anuncia tormenta.

El secretario de Salud, Adolfo Rubinstein, no es un francotirador de globos amarillos sino que es un cuadro del radicalismo. Es difícil que haya tomado sin consultar con sus correligionarios la decisión de publicar el protocolo para el aborto legal, igual que su renuncia, pocos días antes del traspaso del gobierno. No es la mejor imagen si el macrismo quería mostrar una retirada en orden. Por el contrario, una crisis de gabinete en este contexto pone de manifiesto debilidad y mar de fondo.

El radicalismo abrió el juego. Eligió un tema como el aborto, que se corre del conservadurismo evangélico con el que Macri intenta contener a su núcleo duro. No se trata del ala que se referencia en Ricardo Alfonsín, que siempre fue crítica de la alianza con Macri. El mismo Ernesto Sanz, que de alguna manera fue el radical más macrista, salió en respaldo de Rubinstein.

No existe consenso en los radicales para aceptar la intención de Macri de ponerse a la cabeza de la oposición. Tampoco es, en principio, una fisura rupturista. Es una advertencia de que van a disputar espacio. El presidente de salida está en situación vulnerable, porque si rompe la alianza con el radicalismo pierde presencia territorial, representada por varios gobernadores y decenas de intendentes. Pero pasar a segundo plano, en su caso, sería peor que retirarse.

El exabrupto institucional que se produjo con el protocolo para el aborto no punible mostró un fuerte contraste entre Macri y el radicalismo y también entre las distintas facetas que Macri quiso proponer de sí mismo a la sociedad. Fue ambiguo con relación al aborto. Abrió el debate para instalar una imagen de tolerancia democrática y ahora lo cerró con prepotencia integrista.

El protocolo no excedía el marco de la ley de aborto no punible. Pero Macri se preocupó y apuró en decir públicamente que emitió el decreto para anularlo. Fue un mensaje de desprecio por una problemática muy sensible.

La fisura entre el PRO y los radicales no se resuelve con el regreso a la situación previa porque ya no existe el contexto que la sostenía.

Los medios que respaldaron la gestión macrista se preocupan por exagerar las dificultades en el campamento de Alberto Fernández. Pero, en realidad, los obstáculos que va sorteando para conformar su gabinete no encuentran oposición firme.

Al revés que con Macri, el resultado electoral tiene su propia lógica y facilita esas decisiones, por lo menos durante los primeros meses. Las preocupaciones de Alberto Fernandez apuntan hacia el futuro y están relacionadas con la economía ruinosa que deja el macrismo.

Esta crisis de gabinete fue simultánea con la incorporación de Riquelme a la lista opositora al macrismo en Boca. Parece una noticia alejada de la política pero para el macrismo es quizás más grave e inmanejable que la polémica con los radicales o el tema del aborto.

Boca fue el trampolín de Macri hacia el gobierno de la ciudad primero y después a la Presidencia. No fueron hechos contingentes sino que formaron parte de una estrategia cuya base se asentó en el control de Boca Juniors que funcionaba como inmensa vidriera y plataforma de penetración mediática.

El control del club sirvió para múltiples fines. Mientras el macrismo mantuvo el control de Boca, por la institución pasó el comisario Jorge Fino Palacios relacionado con varios escándalos, desde la causa por encubrimiento del atentado a la AMIA hasta otras por espionaje ilegal. Y también varios de los funcionarios judiciales involucrados en el lawfare contra los opositores al gobierno de Cambiemos.

El fiscal Carlos Stornelli fue Director de Seguridad del club, al frente de una comisión que también integraban el juez Ariel Lijo, los fiscales Raúl Plée y Gerardo Pollicita y el ex juez federal y ex ministro de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, Guillermo Montenegro. Todos ellos personajes que se han destacado en la oposición del macrismo a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner y que luego tuvieron protagonismo muy polémico en el plano judicial durante la gestión macrista. El macrismo se especializó en denigrar a la política para hacer política desnaturalizando instituciones deportivas y judiciales.

Desalojado de la provincia de Buenos Aires y de la Nación, al macrismo no le alcanza la CABA, donde Horacio Rodríguez Larreta tiene sus propios intereses. Y espera usar Boca Juniors como refugio estratégico. En cierto sentido, el club tiene una potencia simbólica y mediática que no tiene la CABA.

El anuncio de Riquelme de participar en la lista que encabeza Jorge Ameal, enfrentada a la lista del oficialismo que propone a Christian Gribaudo, desequilibró la balanza cuando el macrismo ya daba por ganada la elección. Es que las encuestas planteaban todas que ganaría la lista que llevara al ex mediocampista.

Riquelme se convirtió en pieza de disputa.  Y la decisión final del jugador, que seguramente es menos política que deportiva, tiene un impacto decisivo en la política.

El club ya fue usado por Macri como base de operaciones, tanto para campañas electorales como para el lawfare o guerra jurídica. El macrismo necesita al club como retaguardia estratégica, como refugio que al mismo tiempo le da presencia simbólica e inserción popular sin serlo. No se trata de algo más, sino del punto de origen al que se regresa para recomponer estrategias. Más allá del resultado, unas elecciones que iban a ser un paseo se convirtieron en dolor de cabeza.

Otro síntoma de debilitamiento. Entre tanto, Patti Smith, con sus 72 años y pañuelo verde en la muñeca, con su historia legendaria y luminosa de música y poesía, prefirió hablar con Alberto Fernández y no con Macri, sobre feminismo y cambio climático. Son los últimos recreos del presidente electo.

https://www.pagina12.com.ar/232573-macri-con-crisis-en-el-gabinete-y-peor-aun-en-boca