Por Nicolás Lynch   ***

Hemos escuchado en las últimas semanas la mención o más bien el grito de “comunismo”, por parte de la oposición de derecha al gobierno de Pedro Castillo, tanto en el debate público como en la manifestación callejera. Ha sido una incursión en el túnel del tiempo. Los mayores recordarán que la última vez de un uso tan repetido del término fue en la década de 1970, cuando los voceros de la vieja oligarquía despotricaban malheridos contra las reformas velasquistas.

Posteriormente, ni con Alfonso Barrantes se atrevieron y eso que el doctor, puertas adentro y afuera, se reclamaba marxista-leninista. En la época de la guerra interna incluso se hacía la diferencia entre terrorismo y comunismo, quizás por respeto a los dos partidos comunistas que actuaban dentro de la legalidad y la democracia como miembros de la Izquierda Unida: el Partido Comunista-Unidad y el Partido Comunista-Patria Roja, diferenciándolos así de Sendero Luminoso, que, aunque se llamase también comunista desdecía con su conducta terrorista de todos sus nombres.

Sin embargo, entre los que se llamaban comunistas y/o marxistas-leninistas cuarenta años atrás lo que existía era, más que el establecimiento de una sociedad sin clases, el establecimiento de una sociedad justa, democrática e igualitaria; donde comunismo y/o marxismo-leninismo eran una marca de consecuencia en el mundo de la entonces Guerra Fría. Esto se hizo más claro luego de la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, ocurridos por si no se acuerdan, entre 1989 y 1991.

La izquierda, en sus diversos matices, pasó de postular la toma del poder por la vía del asalto armado al estado burgués, a señalar la necesidad de conseguir el cambio por la vía de la democratización de la sociedad y el estado. Ello, por supuesto, llevó a una renovación ideológica que con sus más y sus menos ha atravesado a casi todas las fuerzas de izquierda.

La democracia fue así la bandera para enfrentarse a la dictadura de Fujimori y Montesinos y la democracia ha sido también la bandera para enfrentar la criminalización de la protesta y el gobierno de élites del régimen neoliberal. El término, sin embargo, toma un nuevo significado en esta coyuntura de crisis del régimen que se impuso con el golpe del cinco de abril. Lo que se llamó con esperanza democracia a partir de la transición del 2000-2001 ha sido una gran frustración. Por ello, ya no se trata solo de competir en los parámetros de ese pasado sino de plantear una nueva relación entre derechos e instituciones, redefiniendo ambos, que nos permita dar un salto en la democratización, es decir plantear una nueva constitución.

Así, si la palabra comunismo alude todavía a un imaginario prohibido del pasado, no permitamos que nuestro significado actual de democracia, la nueva constitución, aluda a un imaginario prohibido del presente. Esta es quizás una de las luchas ideológicas postreras que nos plantea el neoliberalismo y debemos ganarla.

Por eso digo que el comunismo resurge como estigma, trayendo un fantasma del pasado para calificar algo que ya no existe, pero que por asociación o cuento podría asustar a determinados sectores sociales. Lo que en realidad se teme por parte de quienes inventan la campaña es la democratización, tanto de la sociedad, porque no quieren la consideración del otro como igual, como del estado, ya que rechazan dejar o incluso compartir lo que han manejado como su chacra en las últimas décadas.

Pero los estigmas en su ridiculez revelan también su carácter efímero. Más y más sectores de la población se dan cuenta que no estamos ante dilemas del pasado sino ante definiciones fundamentales para nuestro porvenir como nación. Lo han demostrado millones de peruanos con su votación en las pasadas elecciones y ojalá que, en el futuro muy próximo, desde la calle y desde el gobierno del profesor Pedro Castillo, los peruanos tengamos todas las razones para poner al Perú en un camino democrático distinto al neoliberal.

***  Nicolás Lynch – Sociólogo peruano