Por Carlos Alberto Rozanski   ***

La vida me ubicó, hace muchos años, en el piso de un calabozo angosto  – un metro por dos -. Con el rigor propio de la época -dictadura anterior a la genocida-, recuerdo que mi estado de ánimo era casi bueno.


Imagen: Noticias Argentinas

 En el helado piso patagónico, cada día durante dos meses, mi cara esbozaba una sonrisa. Incluso en los momentos en que mis carceleros abrían el cerrojo para el sádico recorrido de medianoche por la ladera del cerro 1005, la sonrisa se dibujaba. Preocupado por mi situación, pero tratando de mantener mi posibilidad de reflexión, me interrogaba sobre cómo era posible no estar deprimido ante semejante estado. Y la respuesta afloraba con una fuerza superior a las patadas de los verdugos de turno. Yo saldría de allí, pero ellos no.

No es casual que esa etapa de mi vida vuelva a mi mente con las imágenes intactas, en este fin de año. Un año que cierra una zaga brutal de maltrato colectivo, cinismo y perversión en una combinación pocas veces registradas en nuestra historia moderna. Tres años de distancia entre aquella ceremonia en la que le colocaban la banda a quien, durante los siguientes 36 meses, en poblado y en banda, comandaría el saqueo insaciable de los sectores más pobres y medios de nuestra comunidad. Y surgen entonces las imágenes de ese brutal ciclo, donde los principales miembros de la corporación mafiosa, anunciaban entre sonrisas, las peores y más destructivas medidas que sabían sin dudas, dañarían los cuerpos y las mentes de los destinatarios. Obreros que quedaban en la calle, familias expuestas a la pobreza extrema por falta de ayuda social, pequeños empresarios despojados después de una vida de trabajo. Imágenes que dejaban atónitos a los sufrientes familiares, de afirmación ante la tragedia, de que “ …el mar es muy grande y un submarino muy pequeño”. Para poco tiempo después, al confirmarse el doloroso hallazgo del ARA San Juan, decretar varios días de duelo nacional e irse a bailar. Pocas imágenes resultan tan siniestras como las de aquel festejo por el aniversario de Disney.

Hace pocos días, una parte importante de nuestra sociedad se conmovió con la noticia de la muerte del enorme Osvaldo Bayer. Hace pocas horas, otra trágica información nos congelaba el rostro. Se fue Hector Timerman. Aquel brillante canciller, que supo honrar su función con la entrega que caracteriza a los militantes incondicionales. Injustamente preso, con la posibilidad de tratamiento médico en el exterior que le fue negado por sus verdugos judiciales, brazo armado con la espada de la justicia del régimen. Un crimen más de este grupo mafioso. Y es bueno recordar, como señaló hace unos días en su muro Nora Schvartz, “Los perversos no sienten empatía ni culpa, y el sufrimiento que ocasionan es para ellos, goce”.

Y cuesta aceptar, pero sin dudas ayuda a comprender el momento, que quienes tanto dañan, además, gocen. Sin embargo, también ayuda, y mucho, saber que ese enfermo disfrute es pasajero.

Porque el verdugo queda atrapado por siempre en su mundo sombrío y deprimente. La tortura que disfruta de ejercer, está en él, está dentro de él. Lo acompañará y atormentará de por vida. El calabozo de su mente es mucho más estrecho que el de sus víctimas. El nunca será feliz. El goce de su sadismo jamás será felicidad.

Porque los unos, que somos mayoría, nos liberaremos sin dudas de este círculo vicioso de saqueo y dolor. Los otros, minoría de saqueadores y verdugos impiadosos, siempre quedarán atrapados en sus perversiones. Cuando la justicia recuperada los siente en el banquillo, la sonrisa con la que anunciaban las tragedias que generaban se borrará. Y sus efímeros goces perversos darán paso a la nueva etapa en sus vidas, la de pagar sus crímenes.

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