Por Ailín Bullentini   ***

En diálogo con Página/12, referentes de derechos humanos analizan las posturas que asumen los jóvenes con respecto a la última dictadura y qué significa el voto a Javier Milei.

Como cada año, la agenda de septiembre se le llena a Emilce Moler de invitaciones a escuelas para “charlar” con estudiantes secundarios sobre la Noche de los Lápices, de la que es una de las poquísimas sobrevivientes, la última dictadura cívico militar eclesiástica, sus crímenes y el proceso de memoria, verdad y justicia. A pesar de la pandemia, el 2020 no es la excepción. O no es la excepción por la cuarentena y el encierro y las clases virtuales, sino por otra cosa. Entonces, Moler se chocó con una alerta, un botón de muestra que le demostró que “nada es irreversible”: tres chiques de un grupo amplio de alumnos de una escuela secundaria de Mar del Plata le preguntaron por qué los represores (“militares” los llamaron) estaban siendo juzgados en base a leyes que al momento de haber ejercido el terror, no existían. ¿Qué?

El mismo mes un año después. El contexto de peligro que impuso la pandemia hace dos años continúa, pero no es el único: jóvenes de la misma edad que ella tenía cuando fue secuestrada, aquella noche en la que corrieron el mismo destino otra quincena de estudiantes secundarios de La Plata, “por ser militante”; tan jóvenes como aquellos tres que le hicieron aquella pregunta el año pasado, acuden al bunker de Javier Milei a celebrar que la lista que encabeza junto a la abogada negacionista Victoria Villarruel, obtuvo casi el 14 por ciento de los votos. A 45 años de aquel operativo y a menos de una semana de las PASO, Moler prefiere convertir la indignación en atención, el espanto en acción y “construir el puente que falta” entre el pasado y el presente “hablando todo el tiempo, en todos lados, del vínculo constante que ese ayer tiene sobre nuestro hoy”.

“No estamos frente a una generación negacionista, sino más bien a una generación disconforme”
, dice en diálogo con Página/12 días después del resultado electoral y en medio de otra catarata de charlas, mesas debate y homenajes por el aniversario “redondo” de aquel operativo emblemático del terrorismo de Estado en el que una decena de estudiantes secundarios fueron secuestrado y torturados, y seis continúan desaparecidos. En ese sentido, propone “observar, esperar y redoblar esfuerzos” ante la realidad, visible cada vez más, de que les adolescentes y jóvenes menores de 30 años son una parte importante del electorado que, si las cosas se dan en noviembre como el domingo pasado, otorgará a Milei y a la referente de las agrupaciones de familiares de represores que considera que los juicios de lesa humanidad son “políticos” voz y voto en la Cámara de Diputados de la Nación.

“En su mayoría son hijos y nietos de gente que no conoce lo que es vivir un golpe militar”,
plantea Moler. El secretario de Derechos Humanos de la Nación, Horacio Pietragalla, suma: “Son jóvenes que no tienen genocidas en los bares de sus casas, que no crecieron en la impunidad del genocidio, pero cuyas batallas son otras”. La coordinadora de Programas educativos del Espacio Memoria –que funciona en la Esma–, Sabrina Osowski, completa la idea en que para esta generación los crímenes de la dictadura, sus efectos, sus consecuencias, la lucha contra su impunidad, los organismos, las leyes de impunidad, los juicios de lesa humanidad, les sobrevivientes, los sitios de memoria, son parte de una realidad establecida, que abraza sus días desde siempre. “Nacieron con toda esa información como status quo: con los sitios ya recuperados, con los juicios en marcha, con genocidas presos”, señala.

Por qué escuchan a Milei

Para Osowski, el hecho de que hayan nacido con todo ese capital establecido posibilita que “estén más abiertos a preguntarle a esa ‘verdad’, a desafiarla, sobre todo si se entiende que es lógico que la juventud cuestione la realidad que la rodea, que se pelee con ella y se enoje”. Si a eso le sumamos el “disconformismo y descontento con la política” que crece transversalmente en la población, el malestar se ve aumentado. En ese combo, “el negacionismo legitimado desde el gobierno de Cambiemos ayudó a legitimar sospechas infundadas” sobre el proceso de memoria, verdad y justicia.

“Los cuatro años de gestión de Macri tuvieron un impacto muy fuerte para la política de derechos humanos”
, dice Victoria Montenegro, que como nieta restituida (recuperó su verdadera identidad en 2001) recorrió y recorre escuelas para charlar con niñes y jóvenes. Del intento del 2×1 para liberar genocidas “para abajo se notó la ausencia y el desfinanciamiento de políticas de Estado que ponían en valor los derechos humanos”, apuntó.

Un ejercicio de memoria breve y rápido permite linkear el pasado y el presente en términos de lesa humanidad, pero también en clave política. Villarruel, la segunda candidata en la lista de La Libertad Avanza, es la referente número 1 de las agrupaciones identificadas con “de memoria completa”, defensoras de genocidas, negacionistas del terrorismo de Estado, críticas de los juicios de lesa humanidad. Y fue también una de las invitadas por Claudio Avruj a la Esma, cuando estaba a cargo de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Mauricio Macri era el presidente. 2016.

“No hace campaña con su discurso negacionista, pero tampoco puede esconderlo, pues está ahí”
, advierte Pietragalla, quien advierte que “sería interesante trabajar en un consenso social desde el Congreso sobre el límite de las reivindicaciones para que en el vale todo no se dañe a la democracia. No se puede reivindicar a las personas que reprimieron”.

¿Qué les atrae de la propuesta de Milei?

“Es un discurso que canaliza el disconformismo pero sin ninguna propuesta concreta”
, apunta Moler. “Lo que no dice la propuesta de los candidatos que reciben ese disconformismo es cuál es el sistema que proponen de alternativa”, analiza. “El sentido común se está disputando desde un lado mucho más cruel. El discurso de odio que destilan personajes como Milei y Vuillarruel no es condición argentina solamente, pero es igual de terrible”, subrayó Pietragalla.

Para Montenegro, los derechos humanos “fueron la bisagra de la reconstrucción de la Argentina” por crisis de principios de siglo, un proceso del que “los y las jóvenes fueron parte, que tuvo una interrupción abrupta con la llegada de Cambiemos a la presidencia y que la pandemia no permitió recomponer. “Y eso no es gratuito”, insistió. Una de las últimas charlas que dio en una escuela secundaria de Lugano, “pibes de 16 años no sabían lo que era la Esma”.

Las fechas simbólicas, como la de la conmemoración de la Noche de los Lápices, “son fuertes y útiles pues invitan de manera más amplia a reflexionar”, de alguna manera son ineludibles. Lo que “sirve de verdad, lo que deja huella” es “trabajar todos los días los derechos humanos”, remarca.

Cómo y qué ofrecerles a las nuevas generaciones

El desafío es “reconstruir los puentes”, coinciden la nieta, la sobreviviente, la coordinadora, el secretario. “La memoria no tiene que ver con un ancla en el pasado, sino con la posibilidad de brindar herramientas para entender por qué pasa lo que pasa en el presente y para construir un futuro mejor, sin aquel horror, libre de la posiblidad de que vuelva a ocurrir”, dice Montenegro.

En ese sentido, Moler remarca que “se dieron por sentadas muchas cosas”: avances, acuerdos sobre todo en cuestiones que no serían más puestas en discusión. Sin embargo, “Cambiemos y el regreso de los discursos negacionistas, agazapados, demostraron que nada es irreversible”. El partido de Milei en Ciudad de Buenos Aires, y el de José Espert en provincia, tienen la palabra “Libertad” en su nombre. Milei, además, la esgrime a gritos: “Libertad carajo”. “Bueno, pero ¿qué significa la libertad? ¿Podemos definirla? Creo que una le preguntara a estos chicos que votan a estos candidatos si están a favor de una dictadura, si apoyan las desapariciones o el robo de bebés, dirían que no. No son negacionistas”, apuesta.

La coordinadora del Programa Jóvenes y Memoria en Caba, entre otros tantos que intentan sostener el puente entre los hechos de la última dictadura y las nuevas generaciones, coincide en que “no deja de haber compromiso y sensiblidad entre los jóvenes” y advierte en que la tarea de apuntalar esos vínculos es un desafío constante. “Por un lado pensar en formatos y agendas que los involucren, como las redes sociales, la agenda feminista y de diversidades, la ambientalista”. Conocer el mundo que habitan, estudiarlo e incorporarlo para incorporarles. “No sirve de nada gritarles en la cara que están equivocados. hay que enfrentar sus preguntas y tomarlas como nuevos caminos de transmisión”.

La sobreviviente de la Noche de los Lápices postula en que “la clave” está en “entender el por qué el malestar” en esa juventud para “pensar en ofrecerles soluciones dentro de las reglas de la democracia y con la política como herramienta de transformación de la realidad”. “Las generaciones que vienen tienen que ser mejores que nosotros, tienen que comprender que los caminos para mejorar son complejos y pararse desde la conciencia en donde elijan pararse: si desde el respeto a la vida del otro o la negación de la vida del otro”, suma Montenegro, quien reconoce que uno de los “desafíos”, por no llamarles acertijos, que encuentra esta tarea es la “inmediatez en la que bucea” la juventud a la hora de comunicarse. “Desde el movimiento de derechos humanos sabemos que a aquel pasado no volvemos nunca más y no dejamos ni un momento de luchar para que eso suceda. hay que ponerse a trabajar para que efectivamente así suceda, todos los días. Porque nada es irreversible”.

PIetragalla asiente y ubica como objetivo ”que las nuevas generaciones no vean lo que le pasó a los pibes de la Noche de los Lápices como algo lejano, en blanco y negro, como veía mi generación al Holocausto”. Las líneas de acción son dos, desde su perspectiva: “Por un lado, poder trabajar no solo el efecto de la represión y la desaparición, sino también en las razones económicas y políticas de la dictadura, que también suman efectos que perduran en la realidad de las y los chicos. Por otro, anexar a la agenda de derechos humanos histórica la que van construyendo ellos mismos”, en sintonía con la lectura de Osowski. “Vamos a tener que darnos una nueva estrategia de conexión entre los nuevos derechos humanos y los históricos para poder generar empatía”, recalca.