Desde la foto que compartimos, hasta los grupos de WhatsApp en los que estamos, pasando por los likes que damos y las páginas que visitamos. Todo está siendo monitoreado. ¿Con qué fin? ¿Porqué es gratis crear una cuenta? ¿A donde van a parar nuestros datos? Sobre todo ésto y más intentamos reflexionar en este texto. // Por Jonatan Almaráz Funez

Justo por casualidad hace un tiempo estaba ojeando en un consultorio una revista sobre business management & leadership (en criollo sería algo como “dirección de negocios y liderazgo”, pero no suena tan cool) y un artículo hablaba sobre las posibilidades de inversión y las muchas ventajas que brindaba para las empresas, el buen manejo de sus datos. Y eso me llevó a reflexionar sobre las organizaciones sociales. Específicamente en el tratamiento que dan a la enorme cantidad de datos que producen diariamente. Pero no en clave económica. Sino bajo la óptica de la privacidad y la seguridad. Sobre eso trata estas lineas. Reflexionar, con una mirada crítica, los aspectos políticos del uso de las redes sociales de empresas como Google, Facebook, Amazon, etc.

Datos como petróleo

Vivimos en lo que la comunidad académica denomina Sociedad de la Información. Es un título rimbombante para decir, en otras palabras, que nuestra sociedad se encuentra atravesada por el control de los flujos de información. Claro que ese control no es ejercido por nosotras. (A menos que seas parte del 1% más rico, en ese caso, ¿segura que no te perdiste y entraste acá por error?). Este control obedece a una razón fundamental: Servir a los intereses de la globalización neoliberal, legitimando sus prácticas de exclusión y explotación. Sobre éste tema trabajaremos en otro artículo. Ahora tratemos de centrarnos en la información y los datos.

En su trabajo «Sociedad de la información / Sociedad del conocimiento«, Rosa María Torres advierte que la información pasa a ser la estructura central de la economía capitalista. Yendo un poco más específico, la nueva estructura central del capitalismo moderno, pongamosle capitalismo 2.0, son los datos. Seguramente dirán ¿no es lo mismo información que datos?. No, mis pequeñas saltamontes. Si me pongo en plan maestra ciruela, podría decir que: dato es una representación simbólica. Un dato, aislado de un conjunto, puede no tener nada relevante que ofrecer. Ahora bien, si a ese dato solitario, lo procesamos, obtenemos lo que se llama información. Un dato por sí mismo no constituye información, es el procesamiento de los datos lo que nos proporciona información. Un ejemplo muy fácil para comprender esta diferencia son por ejemplo las encuestas. Si tomamos algunas de las respuestas de manera aislada, nos encontraremos que tienen, en principio, poca utilidad. Ahora bien, si procesamos todas las respuestas de todas las encuestas, empezaremos a ver patrones de comportamientos que nos permiten tomar una dirección en concreto. Dato e información.

Hecha la diferenciación entre dato e información, debemos retomar donde nos quedamos. En el capitalismo del siglo pasado, las guerras eran por el control de los recursos naturales. El carbón para las máquinas de vapor, el caucho para los neumáticos de los autos, los minerales como el litio, el oro, la plata y el cobre para los circuitos integrados, el petroleo para el combustible, etc. En los últimos años, se ha producido un cambio de paradigma. En algún punto, quienes dirigen el mundo empezaron a notar que, con la masificación de Internet, surgía un negocio sumamente rentable. Era el negocio del procesamiento de los datos que las personas producían al navegar por la red de redes.

Varias personas dentro y fuera de la comunidad académica han definido a los datos como “el nuevo petróleo”. Tal definición aparece ligada a la importancia que tienen éstos en la economía del siglo 21. ¿Nos preguntamos alguna vez de donde Facebook, Google, Microsoft, Amazon y otros similares consiguen ganar miles de millones de dólares por año si ofrecen gratuitamente sus servicios y productos?. Hay un dicho muy popular que sirve como respuesta: “Si algo es gratis en Internet, quiere decir que nosotras somos el producto”.

Las dos caras de la moneda

Ahora bien, preguntémonos sobre los datos un vez recogidos. ¿A donde van a parar? ¿qué hacen con ellos? ¿quién los utiliza y para qué?. Durante muchos años, las empresas de publicidad gastaban enormes cantidades de dinero en construir bases de datos con los gustos y preferencias del público objetivo de sus campañas de marketing y que muchas veces ni siguieran eran exhaustivas ya que era prácticamente imposible alcanzar a todo el universo de estudio. El auge de las mal llamadas redes sociales impuso una sacudida a esta forma de trabajo. De la noche a la mañana, las empresas encontraron servidos en una bandeja de plata, una enorme base de datos con preferencias musicales, gastronómicas, sexuales, políticas, etc. Todo ordenado por lugar geográfico, edad, género, clase social, entre otras variables. Lo que hace 15 o 20 años atrás costaba millones, ahora cuestan unos pocos miles. Se darán cuenta porqué registrar un perfil en Facebook, crear una cuenta en Gmail o usar WhatsApp, Tinder o SnapChat sigue siendo gratis. Todo, absolutamente todo lo que hacemos en esas plataformas es recolectado, procesado, segmentado y comercializado. Utilizar esas plataformas, conllevaría, para quienes decimos “hacer la revolución”, una contradicción importante al estar colaborando con el enemigo a la hora de alimentar la maquinaria capitalista. Ahondaremos más sobre éste tema en otro artículo. Por lo pronto, es interesante reflexionar sobre lo enunciado hasta aquí.

Continuando, el negocio detrás de lo denominado “Big Data” no es lo único que debe preocuparnos. Los datos que volcamos voluntariamente y sin ningún tipo de consideración también sirven a fines más oscuros aún. El espionaje estatal y la vigilancia masiva es la otra cara de la moneda. No estoy interesado en ahondar demasiado en éste punto dado que existe una innumerable cantidad de compañeras y compañeros que han elaborado material mucho más interesante al respecto. Aún así, anotaré un par de cosas que parecen interesantes para tener en cuenta sobre éste aspecto.

Lo primero es destacar que vivimos, a Dios gracias, en un país donde, con algunos matices, el aparato represor del Estado no pone en peligro nuestras vidas. Por tanto, todo análisis que hagamos sobre vigilancia y autodefensa digital debe estar analizado desde éste punto de vista. No obstante, en los últimos tiempos y de la mano del regreso de la élite conservadora al poder, se ha producido un cambio de rumbo en cuanto al rol del Estado en la persecución y represión de organizaciones sociales, políticas y sindicales.

La peligrosidad que representa para las organizaciones, como así también para las compañeras y compañeros que las integran, el uso sin conciencia de los servicios de redes sociales brindados por empresas privadas aumenta considerablemente cuando se utilizan para comunicaciones sensibles. Gracias a las revelaciones de Edward Snowden, salió a la luz lo que en la comunidad de seguridad informática se venía denunciando hace décadas: Las agencias de espionaje del mundo (con EEUU a la cabeza), enarbolando las banderas de combate al terrorismo y el crimen organizado, espían sistemáticamente a toda la población.

¿Cuál es el problema de ésto? Podríamos separarlos en tres partes. Todas concatenadas según mi opinión. La primera parte desde un punto de vista legal, implicaría que, al estar todas sometidas a la mirada atenta de las autoridades, se rompe el principio legal por el cual somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario al suponer que participamos de actividades ilegales. Segundo. La vigilancia masiva sirve como aparato de control social de masas. Nadie actúa de la misma manera si se siente observado. Y Finalmente, la tercera parte del problema: El ejercicio de la democracia no puede lograrse plenamente sin libertad de expresión. Y ésta se ve afectada por la implementación de los aparatos institucionales de espionaje masivo que violan el derecho a la privacidad de las personas, base de toda libertad civil posterior.

Podemos continuar hablando de innumerables variables que entran en juego a la hora de hablar sobre el uso de servicios de red social brindados por empresas privadas en el ámbito de las organizaciones políticas pero sería innecesario teniendo en cuenta que tratamos de volcar aquí los temas que creo más importantes para comenzar un debate al respecto. No obstante, me parece de suma necesidad remarcar algo que quedó pendiente antes de finalizar.

Un probable final

Más allá de los cuestionamientos que se puedan hacer sobre los servicios que ofrecen Facebook, Twitter, Google, Microsoft, Apple, Amazon, etc. no desacredito a quienes hacen su tarea militante en esas plataformas. Aunque no puedo con mi genio y me veo en la obligación de recordar que esos lugares son manejados por el enemigo. Todo, absolutamente todo lo que hagamos ahí siempre va a estar supeditado a que, cuando ellos así lo dispongan, desaparezca sin tener que rendirle cuentas a nadie. Y nosotras, que nos dedicamos a armar hermosos posteos y publicar fotos preciosas de nuestras actividades, nos quedamos sin trinchera militante. Discrepo totalmente con el argumento “si no estamos en las redes, los otros ganan ese espacio”. Señoras y señores, ese espacio está perdido porque sencillamente no está pensado para que estemos ahí.

Por eso, en épocas de recolección, procesamiento, segmentación, y comercialización de las cosas, el único camino para “hacer la revolución” es en la calle, junto a los vecinos y vecinas, fortaleciendo organización en los barrios, marchando junto a los trabajadores y trabajadoras. Pero también fomentando la construcción de infraestructuras de telecomunicaciones autónomas, gestionadas por las propias comunidades bajo una mirada de respeto hacia la privacidad y libertad de las personas. En resumen, construyamos nuestras propias redes. Tanto dentro como fuera de Internet.

Una aclaratoria al pie de página. Todo el texto está redactado en femenina por una razón. Hacer palpable la invisibilizacion que sufren las mujeres en todos los ámbitos. Considero que, como decía Sarte, «Las palabras son pistolas cargadas». El lenguaje se articula en función de un contexto histórico, social, un concepto de poder y de hegemonía. Tal vez sea presuntuoso querer cambiar el mundo a través de lo que escriba, pero por lo menos aportaré mi granito de arena.