Por Carlos Raimundi    ***

En una etapa como la actual, en que el modelo de gobernanza mundial se disputa entre los grandes conglomerados trasnacionales y las democracias estatales, es necesario elevar nuestro enfoque hacia un plano superior de análisis, el de la disputa geopolítica mundial entre dos modelos de gobernanza global: las corporaciones, en nombre del capital globalizado, o los Estados en nombre de la voluntad popular.


La razón detrás de aquel desconcierto
Utilizaré una sensación personal para ayudar a comprender mi mirada sobre la etapa política que atraviesa América Latina. Se trata del recuerdo de la perplejidad, tanto íntima como colectiva, que sentíamos durante los momentos previos y las primeras semanas que sucedieron al golpe de 1976. Hago dos aclaraciones. La primera es que no se me escapan las diferencias de contexto, sólo apelo a un modo de estructurar la interpretación. La segunda, exhorto a no juzgar mi planteo a partir de la experiencia vivida a posteriori de los hechos, sino a intentar retrotraernos a nuestra percepción propia de aquel momento.

Al no conocer todavía el alcance de lo que sucedía, lo vivíamos con un alto grado de desconcierto, de impotencia. Cada día nos enterábamos de que un Compañero o una Compañera más dejaba de concurrir a los lugares que frecuentaba, pero no conocíamos cabalmente los motivos ni los límites que esa situación estaba llamada a trasponer. Sucedían cosas inéditas, de mayor intensidad que en golpes anteriores, que no tenían, por aquellos momentos, una explicación integral. Quizás se deba a eso, además de su valor literario, la trascendencia de la Carta Abierta de Rodolfo Walsh al cumplirse un año del golpe, cuando relacionó la masacre con la aplicación de un plan sistemático de entrega de soberanía. Desde la sola percepción del paroxismo cotidiano, hasta ese momento nos resultaba muy difícil encontrar una racionalidad a lo que sucedía.

Hizo falta la reiteración de aquellos hechos trágicos para englobarlos en una integralidad. Había que subir un peldaño en la perspectiva de análisis. El capitalismo productivo de posguerra estaba virando hacia su fase financiera y debía preparar su estocada final contra el archi-enemigo soviético. Al mismo tiempo, el aumento del precio del petróleo precipitó la velocidad de la revolución tecnológica, de modo de adaptar los procesos productivos a la nueva situación. América Latina, como patio trasero del imperio, ese vecindario que había que mostrar ordenado en la disputa por la hegemonía mundial, tenía un doble rol que cumplir. Por un lado, se la debía marginar de toda influencia del bloque socialista; por el otro, debía contribuir a financiar el cambio de fase del capital trasnacional. El imperio debía desterrar de nuestra región toda amenaza de parte de los grupos insurreccionales que dominaban el clima político, y colocar al frente de los gobiernos y de su política económica a los representantes de aquel capital financiero trasnacionalizado. Las dictaduras de América Latina estaban llamadas a cumplir un rol estratégico muy preciso en aquel proceso de reconfiguración del capitalismo. Un rol que con democracias no hubiera podido cumplir. Y debía hacerlo a como diese lugar.

Esa era la racionalidad que respondía a un proceso estructural, y que al principio no lográbamos interpretar desde la perplejidad de las percepciones de superficie.

Nada de lo que sucedía en aquel momento en América Latina, así como nada de lo que sucede hoy, está desligado de una disputa a nivel mundial. Antes y hoy se vivió y se vive lo que podemos llamar las disputas de la etapa.


La racionalidad detrás de esta sinrazón

En una etapa como la actual, en que el modelo de gobernanza mundial se disputa entre los grandes conglomerados trasnacionales y las democracias estatales, los primeros no pueden correr el riesgo de que los tan preciados recursos estratégicos de nuestra región sean administrados por gobiernos populares, de comportamiento imprevisible según sus intereses. Y una vez más, a como dé lugar.

¿Cómo explicarnos, si no, los llamados golpes blandos, la rutina de las fake-news, las causas judiciales fraguadas, la difamación y proscripción de expresidentes?

Pero, pese a todo, la Argentina se pronunció electoralmente contra el neoliberalismo, y Ecuador, Chile y Colombia encarnan sendas movilizaciones de protesta. A lo cual, los regímenes de derecha están reaccionando con una represión tan brutal, tan violatoria de los derechos humanos, que nos retrotraen a las últimas dictaduras, cuando no a los crímenes del fascismo.

Un nuevo despropósito, una nueva sinrazón, a la cual, sin embargo, hay que encontrarle una racionalidad para saber cómo enfrentarla. La desmesura es tal, que resulta imposible comprenderla si nos quedamos estancados en la pura denuncia de las monstruosidades cotidianas. Una vez más, es necesario elevar nuestro enfoque hacia un plano superior de análisis, el de la disputa geopolítica mundial. No entre dos países, que prima facie serían China y EE.UU., sino entre dos modelos de gobernanza global: las corporaciones, en nombre del capital globalizado, o los estados en nombre de la voluntad popular.

Estamos en presencia de un eje nor-atlántico cuyos indicadores de fortaleza (liderazgo tecnológico y comercial, influencia territorial, etc.) están en descenso respecto del otro eje, eurasiático, cuyas fortalezas crecen y desafían el orden anterior con una nueva institucionalidad, BRICS, Consenso de Shanghai, Cinturón y Ruta de la Seda, Banca Asiática de inversión en infraestructura. Ninguno de los dos es monolítico, pero mientras el primero presenta algunos signos de agrietamiento, el segundo tiende a una mayor homogeneización.

Alguien podría advertir, con acierto, que EE.UU., adalid del liberalismo y de las instituciones multilaterales, retomó bajo la presidencia de Trump cierto sesgo proteccionista. Y, paradójicamente, China, que practica una economía rígidamente planificada por el Estado, levanta la bandera del multilateralismo y el libre comercio. Sin embargo, ninguno de estos hechos los aparta de lo que representan geopolíticamente en cuanto a la disputa de modelos. Lo que América Latina tiene que mirar no es un rasgo circunstancial, más allá de que Trump, por ejemplo, haya detenido los tratados de des-regulación de servicios, tanto en el Atlántico como en el Pacífico. Se trata de medidas atinentes a una guerra comercial que no modifican la estructura de poder a nivel mundial. Pese a su proteccionismo y a un retiro de tropas que tiene más de anuncio que de realidad, la potencia del capital globalizado y el complejo militar industrial con origen en los EE.UU., no se detienen. Y su objetivo es, lisa y llanamente, la desaparición de la categoría del Estado nacional.

Lo que subyace en la presente disputa es, más allá de sus estridencias, la continuidad de dos valores que son esenciales para América Latina: multipolaridad y estatalidad. Lo que representa la presencia del bloque eurasiático es, según lo demuestran sus votaciones en los organismos multilaterales (ej. tema Siria, Corea, Palestina, Venezuela) y las características de los acuerdos comerciales y de inversión que promueve, la existencia de un eje de poder alternativo y la vigencia del papel del Estado.

El capital financiero globalizado, en cambio, busca por distintas vías, su progresiva desaparición, y para demostrarlo, ofrezco los siguientes ejemplos:

  • el poder de penetración de las grandes empresas de tecnología digital por encima de toda regulación estatal
  • la pérdida de capacidad de regulación estatal a expensas de la intangibilidad de la propiedad física e intelectual de cadenas multinacionales de medicamentos, agroquímicos, alimentos, etc.
  • el establecimiento de tribunales privados para la solución de controversias entre estado y empresa trasnacional
  • el despliegue de ejércitos privados en conflictos inter e intra-estatales
  • el paulatino remplazo de los sistemas de educación pública presencial por plataformas virtuales y personalizadas la organización de un torneo mundial interclubes que progresivamente irá desplazando a su favor el interés por la competencia entre los seleccionados que representan los Estados
  • el desprestigio del Estado que instalan las grandes cadenas de medios hegemónicos bajo sus permanentes denuncias de obsolescencia y corrupción.

Estos conglomerados pretenden convertir a los Estados nacionales en meros instrumentos limitados a registrar ciertos flujos de mercancía, y poner límite a la circulación de personas, mientras las empresas transnacionales son quienes distribuyen la fuerza laboral en los distintos mercados, asignan los recursos y organizan jerárquicamente los diversos sectores de la producción mundial. Este estadio histórico no lo dirige el gobierno ni el propio estado de los Estados Unidos, sino las grandes corporaciones, en términos de maximización de ganancia y reproducción del capital.

Estas enormes corporaciones se corresponden con una porción mínima de la población mundial, pero representan un nivel tan alto de concentración de recursos y de consumo, que demandan casi un tercio de la energía mundial. Este imperio es sostenido por ese consumo de energía, y no puede permitir su derrumbe. Entonces, a como dé lugar, en esta etapa tienen que alinear a los territorios en el mundo que proveen esa energía, y Medio Oriente, África y América Latina son las fuentes. Y el eje eurasiático le disputa esa hegemonía.

América Latina constituye un potencial eje de integración energética entre los hidrocarburos de Venezuela, la biodiversidad de la Amazonia y la riqueza acuífera de la cuenca del litoral, Paraná, Del Plata, en Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil. Sumado a que Brasil tiene la mayor reserva offshore reconocida hasta este momento. Si hay petróleo en el Atlántico brasileño y hay petróleo en el Atlántico Sur (que, entre otros hechos, justifica la permanencia británica en la zona), por continuidad geológica también lo hay bajo la plataforma submarina argentina. La Argentina posee la cuarta reserva mundial de petróleo no convencional y la segunda reserva mundial de gas no convencional. El 90% de las reservas de litio están en Atacama, sumado a que es la zona de mayor irradiación solar de la tierra lo cual le permitiría, tecnología mediante, producir energía solar con los costos más baratos del planeta. Asimismo, la Patagonia alberga las mejores condiciones para la energía eólica, más las reservas de coltán y oro de Venezuela, el tungsteno de Bolivia y Perú y la segunda reserva de grafeno en Brasil. Todo esto es lo que representa ese eje de integración energética latinoamericano.

Es decir, América Latina atesora una biodiversidad equivalente a la situada en África, y reservas energéticas comparables a las de Medio Oriente. Pero posee una ventaja estructural respecto de esas regiones del mundo. Hasta ahora, se trata de una región sin conflictos fundamentales en términos interétnicos, raciales, culturales o religiosos como sí tienen aquellas, y con un peso mayor de su estatalidad con relación a los países africanos.

En la medida que el presente estado de movilización desatado en Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia (al que podría sumarse la imprevisibilidad de Bolsonaro en Brasil y la capacidad de desestabilización que eventualmente puedan ejercer en Argentina los poderes fácticos), no se encaucen dentro de un eje articulador de intereses, con una instancia que los represente y les otorgue cierta institucionalidad capaz de incidir en un cambio estable en la correlación de fuerzas políticas, América Latina podría caer en una situación de conflictividad crónica, con el consecuente deterioro de su condición de zona de paz y de su estatalidad relativamente relevante.

Las movilizaciones de Ecuador, Bolivia y Colombia son esperanzadoras en cuanto a su tendencia anti-neoliberal. Pero el poder sabe no sólo reprimirlas con alevosía, sino también trabajar para encontrar y profundizar grietas al interior de las mismas. La contradicción entre la CONAIE y el correísmo en Ecuador, las diferencias respecto del acuerdo por la reforma constitucional en Chile, los matices al interior de los movimientos sociales en Bolivia, son claros ejemplos de cómo podría sostenerse en el tiempo un grado de conflicto sin que de ello debilite objetivamente la estructura de poder oligárquico imperante. En caso de que el poder real no logre imponer su hegemonía, bien podría encontrar la alternativa del conflicto permanente, una especie de Medio oriente embrionario, para ejercer el equipamiento militar y el control empresario de nuestras reservas energéticas, ante el debilitamiento de la estatalidad.

El imperio tiene una mirada común para nuestro subcontinente. Y a partir de ella también aplica una estrategia común de desgaste de las opciones populares. Ya no quedan dudas de que el golpe en Bolivia fue orquestado por el Departamento de Estado, pero se terminó de sazonar en la provincia de Jujuy. Es decir, las derechas, como expresión del poder corporativo de los grandes capitales trasnacionales, ven a la región como un único sujeto político, y en función de ello traman sus estrategias.

Nosotros, en América Latina, también tenemos que pensarnos, de una vez por todas, como un sujeto único. Y, sabiendo nuestros matices, crear una fuerza única, un frente político-social a nivel regional que nos habilite para una respuesta coordinada ante circunstancias como las actuales, más allá de donde seamos gobierno u oposición. No se cansa García Linera de citar a Pierre Bourdieu y su parábola del vaso y la piedra. Ya conocemos lo suficiente en Nuestra América, acerca de la fuerza con que la piedra nos agrede. De lo que se trata es de construir una plataforma lo suficientemente sólida, como para que el vaso, de una vez por todas, no se rompa.

***  Carlos Raimundi  – – Abogado y docente universitario. Partido Solidaridad + Igualdad/Frente de Todos

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