Por José Pablo Feinmann   ***

Releer hoy la Carta de Walsh a la Junta  Militar estremece. La simetría con el gobierno actual es alarmante. Según una conocida consigna, Macri es la dictadura. No está tan errada como pretenden los oficialistas.

Walsh divide en dos partes su texto. La primera se refiere a la represión. La segunda a la economía. En esta segunda parte dice que los horrores son aún mayores que los de la represión, que está a su servicio. “Dictada por el Fondo Monetario Internacional (escribe) según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o a Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales (…) al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”. Los horrores de la Junta no son los que han hecho sufrir más al pueblo ni las peores violaciones a los derechos humanos. Es en la política económica donde está la explicación de los crímenes y “una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

El presupuesto 2019 que envió el macrismo al Congreso y que fue aceptado con apoyo de la oposición puede ser conceptualizado como el presupuesto de la miseria planificada. Se han cumplido tres años de este infausto gobierno y el panorama económico es devastador. Hay más de 13 millones de pobres. Entre ellos, los niños y los abuelos. Hay comedores escolares, comunitarios, donde los niños pueden alimentarse y paliar su situación extrema. Pero no alcanzan para todos. Ya hay algunos que mueren. En cuanto a los jubilados la crueldad es premeditada. ¿Qué hicieron los viejos para castigarlos así? “Con los viejos, no”, piden algunos voluntariosos actores en mensajes televisivos. La inflación superó tan largamente la suma que recibe un jubilado que no extrañaría que fueran los viejos los que no tendrán otra salida que elegir la calle para dormir en los zaguanes y comer de los tachos de basura. “Los umbrales han vuelto a ser para los novios”, decía Discépolo enumerando las bondades del primer peronismo. Ya el estómago no se queja de hambre –decía– sino que canta “el chamamé de la buena digestión”. Se dirá –a izquierda y derecha– lo que se quiera de los populismos, menos que no dan de comer. El peronismo es dar trabajo. La izquierda es tomar la fábrica. La cuestión –siempre delicada– es decidir en qué coyuntura se recurre a uno o a otra. Hoy, en medio de la miseria planificada, el populismo es la opción que se debe elegir. De aquí que haya salido una solicitada con la firma de los más destacados intelectuales y artistas del país apoyando la candidatura (todavía demorada) de CFK.

Con la economía deteriorada, con la decisión de no cambiar el rumbo del plan de miseria, es comprensible que el gobierno haya cambiado el eje de su campaña electoral, que es indetenible.
Su obsesión (y la del establishment) es que no vuelva el populismo. Para eso ha virado el eje a la seguridad. Siguiendo los pasos de Bolsonaro, la ministra de seguridad quiere imponer la doctrina Chocobar. A la sra. Bullrich le fascinan las armas y las fuerzas del llamado orden, que es el que ella defiende y el que está en el gobierno. Mano justa se le llama al gatillo fácil. La policía puede hacer fuego según se le ocurra. Y si es por detrás, por detrás será. Este gobierno festeja cuando hay un nuevo pibe preso (recordar a Bullrich, Esteban) y a Macri tendiéndole su diestra al mismísimo Chocobar. Con esto buscaron y buscarán votos. Como son malvados conocen mejor que los demás el alma oscura y también malvada de los pueblos. Saben que el ciudadano común quiere mano dura con la delincuencia. Suponen (y bien) que si les ofrecen eso en campaña electoral votarán por ellos. Bolsonaro ganó porque prometió hacer fuego y porque odia al progresismo y a los homosexuales. Igual, muchos homosexuales lo votan. Porque se sienten más amenazados por la delincuencia que por el antiguo y vehemente capitán del Ejército.

Aquí, entre nosotros, Bullrich ha subido su imagen. Las encuestas le dan bien. Hasta se la señala para acompañar a Macri en la fórmula de 2019. Si el Ríver-Boca salió mal y tuvo (para vergüenza del país pero para lucro de los negocios omniabarcantes de Macri) que jugarse en el bello Santiago Bernabéu de Madrid, el G20 salió bien y el presidente-anfitrión ya se sueña entre los grandes del mundo. Ergo, la seguridad será su bandera. Si organizó un G-20, ¿cómo no va a eliminar la delincuencia? Sin embargo, este gobierno es ampliamente culpable de la delincuencia. En un país con hambre hay inseguridad. “Si no ayuda Dios, que ayude Satán”, dice un tango de Celedonio Flores sobre un pobre que rompe la vidriera de una panadería para robar un pan. ¿Hace otra cosa Jean Valjean en “Los miserables” de Victor Hugo? Hambriento, roba un pedazo de pan. El tema, como vemos, viene de lejos. Hobbes, en Leviatán, dice que no debe penarse al que roba por hambre. Bullrich no opina igual. Su modelo es Bolsonaro. Y sabe (como su jefe, Macri) que, en lugar de la economía, la seguridad será el eje de la campaña electoral. Y la tan cacareada lucha contra la corrupción. Que se le ha ido de las manos al gobierno y ha salpicado a su propia familia. Es que los jueces –cuando se embarcan en estas campañas punitivas– no tienen límites, la celebridad los marea y ya no distinguen entre propios y ajenos porque sólo juegan para su brillo personal.