Por Sebastián Plut   ***

En esta nota el psicoanalista Sebastián Plut problematiza sobre el concepto de libertad para llegar al análisis de quienes se inscriben en la militancia del anticuarentenismo neoliberal, colectivo heterogéneo con un alto grado de dispersión de consignas, orígenes y adhesiones ideológicas cuya única isotopía unificadora es el rudimentario odio al populismo bajo el grito de “libertad”.


“Las personas amantes de la libertad

están incitando a la sociedad a adoptar rígidas medidas

que a la larga podrían conducir a una dictadura”

D. Winnicott

Título y epígrafe tal vez enciendan rápida polémica, aunque solo aspiro a que despierten algún interrogante que anime al lector a continuar con lo que sigue. La cita de Winnicott, psicoanalista inglés, data de fines de la década del ’60 y surge de un texto en que describe las por entonces nuevas prácticas, menos coercitivas, en la crianza y educación de niños y adolescentes. Como sea, si puede conducir hacia el autoritarismo, invita a preguntarnos de qué se trata la libertad. Respecto del título, hago saber que me gusta la palabra problema. No se trata de un placer estético por su fonética, sino de su atractivo semántico. Ciertamente, la uso con frecuencia pero no únicamente en su versión negativa, como cuando el astronauta avisó: “Houston, tenemos un problema”. La utilizo como designación de un asunto importante que requiere de una reflexión, como un evento, incluso verbal, que incita al pensamiento.

Por su extendido prestigio, el significante libertad no encontrará detractores, más bien al contrario. Sin espera todos nos colocaremos de su lado, defendiéndola cual si se tratara del máximo valor y estado vital en el que todos deseamos transitar. Sin embargo, las múltiples definiciones de aquel significante están lejos de armonizar fácilmente entre sí, y las experiencias, singulares y colectivas, en que se vivencian su presencia o ausencia están mucho más distantes aun de una conciliación coherente.

Entonces, ¿qué es la libertad? ¿Es un ideal, es un sentimiento, es una abstracción, es un derecho? Si agregamos los diversos campos que concurren a explicarnos qué es la libertad, hallamos que las proposiciones de la teoría política, el derecho, la filosofía, la economía o el psicoanálisis, entre otras, no solo no convergen sino que en el propio seno de cada una encontramos antagonismos y posiciones irreductibles.

Podemos preguntarnos, incluso, si ante este panorama desconcertante no convendría ya utilizar algún otro término. Mientras tanto, solo nos resta problematizar el concepto con el que contamos y cada quien, desde su propia perspectiva, habrá de fundamentar sus definiciones, entre las que cobran relevancia los restantes términos a los que queda asociada la libertad.

Decir “mi libertad termina donde comienza la del otro”, no ayuda demasiado pues además de tratarse a esta altura de un cliché, es una frase que no brinda precisión alguna; más bien, y al contrario, el sintagma padece una ambigüedad notable. Asimismo, ¿es posible una sociedad en la que cada quien es un otro con un espacio tan bien delimitado que lo separa de uno? Cuanto mucho, reconocemos en la frase que la reflexión sobre la libertad debe incluir un límite relativo a la alteridad, un límite que indica la irreductibilidad del otro al propio yo. Aun así persiste el enigma cuando recordamos que además de los límites yo-no yo, colectivamente estamos ligados e influidos por diversos tipos de lazos sociales.

Si decimos que “la libertad es un derecho”, tampoco estoy seguro de que nuestro avance sea mucho más consistente y ahora por dos razones que interfieren en nuestra capacidad de pensar. Por un lado, porque nuevamente presenciamos un monto de ambigüedad, al menos si la oración se cierra allí mismo. Por otro lado, porque expresarlo así connota, de entrada, la incuestionabilidad de raíz que tendría el aserto y, por lo tanto, la oclusión de todo interrogante. Hay quienes deciden que “libertad es no depender de nadie” y con ello descalifican de entrada casi todo tipo de vincularidad. En efecto, resulta necio atribuir un carácter negativo a toda dependencia intersubjetiva cuya vigencia sea, por ejemplo, afectivamente relevante. Dicho de otro modo, tantas veces sucede que la dependencia no implica sometimiento alguno sino, más bien, una presencia significativa del otro para cada quien, esto es, que no me da lo mismo su presencia o ausencia.

Que a mi juicio sea un completo desacierto pensar la cuarentena como una experiencia de restricción de la libertad, me lleva a no quedarme con mi sola afirmación, sino que me siento exigido de comprender en qué se asienta la presunta limitación denunciada. “Prisión domiciliaria” o “Gueto de Varsovia” fueron dos de las referencias con que se intentó describir esta etapa. Protestas como “prefiero morirme antes de hacerle caso a Alberto”, entre otras, fueron la expresión de un reclamo cuyo interlocutor no sería una política sanitaria sino el capricho de un sujeto singular. “Infectadura”, pues, fue el neologismo que intentó fungir como metáfora que sugiere una supuesta actual dictadura. ¿Y qué decir, pues, de la manifestación cuya absurda consigna convocante fue frenar al “comunismo”? No requiere mucho esfuerzo intuir que tras la fantasmagoría de la infectadura y del comunismo se esconde el temor a un virus que nos iguala a todos los  mortales. La combinación de convocantes, ideólogos y asistentes a las manifestaciones en contra de la cuarentena, exhibe una mixtura difícil de clasificar. Sin embargo, no sorprende la heterogeneidad de un colectivo, pues lo contrario no existe, pero sí el grado de dispersión de consignas, orígenes y adhesiones ideológicas, al punto que la única isotopía que los unifica es el rudimentario odio al populismo bajo el grito de “libertad”.


Psicoanálisis de la libertad

Hace ya unos 90 años Freud delegó a las generaciones posteriores el esfuerzo por comprender la psicopatología de las comunidades culturales. Y que nadie se ofenda, pues la denominación (psicopatología) no tiene, para nosotros los psicoanalistas, ningún sesgo de descalificación. De hecho, hace pocos días, en una entrevista radial que me hizo Roberto Caballero, cuestioné el pronóstico que anuncia una “epidemia de trastornos mentales” postcuarentena. Específicamente, sostuve que se trata de una hipótesis indemostrable, que solo deriva de mentes apocalípticas y que, sobre todo, se basa en una ilusión retrospectiva. Esto es, que los seres humanos no vivimos ya en el mundo de la psicopatología.

No se trata solo de la psicopatología singular y, por lo tanto, no aplican aquí categorías como depresión, paranoia, histeria, etc., pero sí resulta pertinente aprovechar de nuestras hipótesis para intentar arrojar alguna luz sobre el problema de la libertad. Con ello indicamos que no nos ocuparán tanto las teorías sobre la libertad, sino más bien las vivencias y representaciones que resultan de la lectura del discurso social.

A comienzos de los ‘90, cuando enseñábamos en la universidad la categorización de ideales que había desarrollado David Maldavsky, una alumna preguntó por qué no figuraba la libertad. No recuerdo qué respuesta le dimos, pero sí que luego lo consulté con el autor, quien me respondió: “yo no encontré ese ideal en la clínica”, esto es, en los pacientes. El discurso de lo sujetos, nuestros hechos, no expresaba de ningún modo que la libertad ocupara el lugar de un ideal, mientras que sí aparecen otros como la ganancia, la verdad, el amor, la justicia, el orden, la dignidad o la belleza. Bajo esta orientación, que reunía teoría e impresiones de otro analista, yo mismo comencé a observar que si un paciente hablaba de “libertad” lo hacía para referirse, por ejemplo, a sensaciones de encierro en un vínculo afectivo o laboral y a su anhelo de desconexión afectiva o bien de alejamiento de las exigencias del trabajo. Es decir, su proyecto libertario parecía consistir en recostarse en la apatía propia de la retracción respecto del mundo exterior. Si, en cambio, el paciente relataba alguna experiencia de la militancia, de inmediato era posible comprender que su lucha se orientaba contra alguna injusticia.

No muy diferente fue lo que expuso Freud. Él sostuvo que la libertad es un patrimonio cultural (un ideal) en tanto la acción de un sujeto o grupo se oriente por el ideal de la justicia. En cambio, cuando se trata de la libertad a secas, para Freud no constituye valor alguno pues no sería más que la aspiración a un narcisismo sin restricciones. La limitación del narcisismo es, precisamente, lo que deviene en conquista cultural, y su plasmación conduce a una distribución posicional según la cual el sujeto ya no podrá colocar a otros en el lugar de ayudantes, es decir, en el lugar de un instrumento reductible al arbitrio de aquél.

Freud recurrió al significante libertad en otras ocasiones. Por ejemplo, aludió reiteradamente a la libertad sexual, la libertad de pensamiento (incluso en lo sueños), la libertad estética (en el arte y en los chistes, por ejemplo) o la libertad de movimientos. Claro que podemos ejercer nuestra libertad sexual o de pensamiento, en tanto nuestra conducta quede despojada de toda hostilidad sobre el cuerpo o la mente ajena. Respecto de la libertad de movimientos, por ejemplo, Freud destacó que lo característico de las fobias es una limitación de aquella libertad motivada por la angustia que despierta en tales sujetos el desplazamiento motriz por determinados espacios. Vale este ejemplo para indicar que la libertad puede quedar afectada por una detención arbitraria (que, repetimos, ya constituye una injusticia) pero también por el determinismo propio de nuestra subjetividad. Así lo dice Freud: “Pero en la vida anímica hay mucho menos libertad y libre albedrío de lo que nos inclinamos a suponer; acaso ni siquiera los haya”. También señala que aprender a renunciar a una satisfacción inmediata es la forma de adquirir un “plus de libertad anímica” que distingue la actividad conciente de la inconciente. Por otro lado, al referirse a los procesos de duelo enumera dos tipos de pérdidas: de una persona o de una abstracción y, entre estas últimas, diferencia la libertad y el ideal, con lo que nuevamente separa ambos términos.

Freud se oponía férreamente a la idea de la libertad y arbitrariedad psíquicas, en favor de una concepción determinista. Sin embargo, tal vez no convenga figurarnos una oposición entre estos conceptos (determinismo y libertad) sino, en todo caso, intentar comprender de qué se trata esa realidad, la de una libertad determinada.

Winnicott, por su parte, enlaza la libertad con el concepto de creatividad y, por otro lado, otorga un peso relevante al factor ambiental en tanto facilitador o destructor de la creatividad (a través de inducir un estado de desesperanza). Especialmente, el autor toma a la libertad como un sentimiento que consiste en “ver el mundo creativamente”. Asimismo, coincide con que la oposición no es entre libertad y determinismo, sino entre una organización defensiva flexible y una defensiva rígida, y es en este último caso que los sujetos se quejan de la falta de libertad. En ellos cobra intensidad un resentimiento hacia los primeros.

Sinteticemos: libertad será, entonces, convivir con las determinaciones propias y ajenas bajo la condición de sofocar toda hostilidad que pretenda la reductibilidad del otro. A su vez, la libertad no es un ideal, sino más bien un sentimiento o, eventualmente, una abstracción. Como sentimiento se enlaza con la creatividad, y como abstracción dependerá de la definición que cada quien consienta en darle. El sufrimiento psíquico, pues, puede expresarse como indignación libertaria (e ilusoria) contra el determinismo al tiempo que evidencia la imposibilidad de vivir creativamente. La convivencia humana, a su vez, impone una renuncia a la satisfacción inmediata (renuncia que puede resultar tal enojosa como el determinismo).


Sobre la libertad anticuarentena

Si bien la ganancia (económica) es un ideal, la lucha contra la desigualdad no se orienta según ese valor sino, como ya dijimos, según el ideal de la justicia. Del mismo modo, cuando un gobierno despótico priva arbitraria e ilegalmente de su libertad a los ciudadanos, también en ese caso la disputa contra el abuso de poder se despliega según el mismo valor. De este modo, la restricción de la libertad (por desigualdad social o secuestro) es una batalla en relación con lo justo: la de oprimidos, contra una injusticia, y la de los poderosos, contra la justicia.

Las representaciones y vivencias de los llamados anticuarentena toman como referencia el presunto valor de la libertad: prisión domiciliaria, Gueto de Varsovia, infectadura, comunismo (como sinónimo de Estado totalitario) e, incluso, la negativa a “hacerle caso a Alberto”. Es posible detectar una indiscutible comunidad entre estas expresiones y la retórica neoliberal, sobre la cual ya nos manifestamos en tantas otras ocasiones.

La doctrina según la cual el Estado no debe intervenir en la economía pues el mercado se autorregula (libertad de mercado) está construida sobre una invisibilización pues, aun bajo esa política económica, es falso que el Estado no interviene. En simultáneo, y bajo la antigua inspiración de Smith, ostentan la inquietante proposición de “la mano invisible del mercado”. Más allá del carácter casi tenebroso de esta última frase, resulta notable la operación de lo invisible, en un caso encubierta y en el otro explícita.

Esta es, pues, la libertad de los mercaderes y que también se expresa en las vivencias y representaciones de los anticuarentena, una libertad que se construye como ficción de ausencia de toda determinación, una ficción que se revela en un conjunto de sujetos que creen que “nadie manda” aunque no dejan de obedecer y someterse.

El populismo, por el contrario, en sus aciertos y errores expone visiblemente su determinación, opera con una manifiesta intervención y por eso convoca a la expresión del sentimiento de injusticia. En tanto, en el neoliberalismo, sus adherentes no logran orientarse ante la impunidad, pues toda mediación desde el poder (político, económico o comunicacional) queda disfrazada de apelaciones a la libertad que solo encubren el desamparo al que arrojan a las mayorías. Y no es solo algo que afirmemos desde este costado conceptual. En efecto, así lo confesó aquella manifestante que gritó que “antes de hacerle caso a Alberto” (el Estado), “prefiere morirse” (máximo grado de desamparo).

En suma, quienes se espantan por un presunto futuro que desparramará psicopatología por aquí y por allá deben desconocer la determinante psicopatología en que ya vivimos desde siempre, y son quienes también se aterrorizan por un supuesto comunismo totalitario pues exigen que los dejen creer que el desamparo es la libertad.

Para concluir, bien podríamos describir a quienes detentan el poder fáctico neoliberal tal como Freud caracterizó a esos niños que “suelen a menudo hacerse los ingenuos para gozar de una libertad que de otro modo no se les concedería”. Eso es la libertad de la anticuarentenismo neoliberal, impunidad para unos pocos y desamparo para la mayoría.

 

*** Sebastián Plut Doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Miembro Fundador del Grupo Psicoanalítico David Maldavsky (GPDM). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y Patologías del Desvalimiento (UCES).