Por Ricardo Ragendorfer   ***

Cómo se vincula la AFI de Arribas-Majdalani con el crimen de un financista en manos de un sicario en Quilmes y del vendedor de dólares y espía, asesinado tras infiltrase en una marcha en Congreso. Peleas internas, traiciones y el celular con 2500 archivos que dejó al descubierto al “grupo de tareas” que montó el espionaje ilegal a CFK y a los presos kirchneristas en Ezeiza.

La Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), después llamada Secretaría de Inteligencia (SI) y al final Agencia Federal de Inteligencia (AFI), siempre fue una cueva de soplones y criminales. Para probarlo alcanza con leer el libro Caso Satanowsky, de Rodolfo Walsh, que puso al descubierto el asesinato del abogado de un accionista mayoritario del diario La Razón, cometido en 1957 por orden del mismísimo jefe de dicha central de espías, el general Domingo Quaranta, porque el cliente se negaba a financiar campañas sucias. No menos ominoso fue durante la última dictadura el rol del organismo como base local del Plan Cóndor, con un centro clandestino de exterminio bajo su órbita y la banda de Aníbal Gordon entre sus recursos humanos. Ni, ya en la década del ’90, la furiosa rivalidad entre dos sectores internos (“Sala Patria”, encabezada por Alejandro Brousson, y el “Grupo Estados Unidos”, cuyo máximo referente era Horacio Stiuso), con el encubrimiento del atentado a la AMIA por música de fondo. Claro que la AFI del régimen macrista, lejos de ser una excepción, edificó en sus entrañas una estructura delictiva al servicio del espionaje ilegal como nunca antes se hizo. Pero también batió todos los récords en materia de exposición pública. Y al punto de quedar a la intemperie su unidad operativa más preciada, el grupo denominado “Súper Mario Bros”. La nómina completa de sus esbirros ya no es un misterio. Tampoco el listado de sus trapisondas. Ni su lazo con la más alta autoridad nacional de entonces.

He aquí la historia de esta alegre cofradía.

Los héroes del silencio

Prófugo desde diciembre de 2018, el tal “Verdura” – así como se lo conocía al narco Sergio Rodríguez – se entregó a mediados de febrero del año en curso en el Juzgado Federal Nº 1 de Lomas de Zamora, a cargo de Federico Villena.

En su declaración indagatoria le soltó de entrada:

– ¿Sabe, doctor? Conozco un abogado muy relacionado con “barras” de Independiente. Y que es agente de la AFI…

El juez puso cara de póker. Y solo dijo:

– Prosiga.


– Ese hombre me dijo que la AFI podía darme protección, e incluso una credencial para moverme con libertad…

Ahora Villena lo oía con sumo interés. Y Verdura completó la frase:

– A cambio de algo, por supuesto.


Entonces se refirió a un “trabajito” que hizo en julio de 2018 por cuenta de dicho letrado, a quien identificó como Facundo Melo: la colocación de un paquete con 200 gramos de trotyl en un edificio de la avenida Callao al 1200. “No va explotar. Es para dar un susto nomás”, lo apaciguó. Luego, cuando los técnicos de la Policía Federal lo desactivaron, fue hallado un mensaje escrito con letras recortadas de un diario: “José Luis Vila ladrón”

Éste era nada menos que el subsecretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa durante la gestión de Oscar Aguad.

Villena se puso a trabajar de inmediato en el asunto. De modo que en pocos días tuvo unos 15 agentes de la AFI en la mira, encabezados por Melo.

En el allanamiento a su domicilio fue secuestrado su smartphone. Y ese aparato reveló la existencia del grupo de WhatsApp perteneciente a los Súper Mario Bros, donde hasta había legajos de personas fisgoneadas, entre muchas otras evidencias. Pero nada fue comparable con el tesoro informativo hallado en el celular de un colega suyo, el espía Leandro Araque: unos 2.500 archivos con carpetas, audios y filmaciones. No le fue a la zaga el fisgón Jorge Sáez (a) “El Turco”, quien cultivaba un hobby: grabar y coleccionar sus propias charlas telefónicas. Muchos ahora lo maldicen, preguntándose por qué no las borró.

¿Acaso un descuido recurrente – y colectivo – puede llegar a convertirse en un estilo? Lo cierto es que aquello fue un pecado de origen.

El espía Jorge “El Turco” Sáe cultivaba el hobby de grabar y coleccionar sus propias charlas telefónicas.

En este punto conviene retroceder a las primeras horas de 2016, cuando la revista Noticias, en su edición del 3 de enero, publicó un artículo titulado: “Diego Dalmau Pereyra, el nuevo Stiuso”. Allí, el recién designado director de Contrainteligencia de la AFI se explayaba sobre sus ideas para el cargo como si fuera un flamante técnico de la Selección.

Meses antes, el tipo había deslumbrado a Silvia Majdalani, la segunda en jerarquía del edificio con ventanales polarizados de la calle 25 de Mayo, al tenerlo como profesor en ocasión de asistir con Patricia Bullrich – ambas aún diputadas – a los cursos impartidos en la Escuela Nacional de Inteligencia para legisladores y jueces.

Dalmau Pereyra fue al principio el brazo derecho de la “Señora Ocho”. Y entre otras responsabilidades de primer nivel, se abocó a la creación de un Grupo de Tareas con características de élite. A tal fin no vaciló en convocar a un viejo discípulo suyo, el Turco Sáez, un ex penitenciario con una escala en la Policía de la Ciudad. Y puso en sus manos la selección del personal.

Majdalani y Arribas.

El Turco entonces reclutó una pintoresca mixtura de policías porteños (en comisión) con familiares suyos y lúmpenes. Entre los primeros estaba el ya mencionado Araque, las oficiales Mercedes Funes Silva y Vanesa Arbiza, además del ex sargento de la Federal, Gustavo Cicarelli. Entre los segundos resaltaba su hija Belén Sáez y su ahijada Daiana “Bucky” Baldasarre; el cupo femenino lo completó con Andrea Fermani y Denisse Tenorio. A su vez, el “Gallego” Laperica” (sin ocupación previa) había sido conchabado por él para oficiar de chofer. También sumó a un tal “Angelito” (que cambiaba dólares en la calle Florida), al informático Mariano Flores, a Emiliano Matta y a Melo.

El equipo era ocasionalmente honrado con la presencia del chef Martín Terra, una adquisición del “Señor Cinco”, Gustavo Arribas. Era ex marido de Analía Maiorana, la actual esposa del vicejefe porteño, Diego Santilli.

Los Súper Mario Bros operaban desde un departamento de la calle Pilar 1460, del barrio de Mataderos.

A partir de ese mismo momento comienzan las maniobras de espionaje sobre objetivos kirchneristas, pero también eran colocados bajo el radar de la AFI ciertos funcionarios, legisladores y dirigentes de sus propias filas. Uno de ellos era precisamente Santilli.

Muchos informes de los Súper Mario Bros eran elevados directamente a Susana Martinengo, que a su vez los llevaba a Darío Nieto.

Dado que el jefe de Contrainteligencia tenía demasiados temas entre sus manos, muchas tareas realizadas por los Súper Mario Bros eran subidas en esa época hacia Asuntos Jurídicos, a cargo de Juan Sebastián De Stefano, desde donde también recibían directivas. Y en algunos casos, ya en 2017, elevaban directamente sus informes a la coordinadora de Documentación Presidencial, Susana Martinengo, quien a su vez los empujaba hacia Darío Nieto, secretario privado del “uno”, tal como se le decía en la AFI a Macri.

A comienzos de 2018, Dalmau Pereyra acudió al despacho de Arribas para rendir cuentas de las tareas efectuadas en el área de Inteligencia Criminal. A tal efecto le extendió una carpeta, que Arribas apartó con la mano. Y dijo:

– Esto no me sirve.

– ¿Cómo, señor?

– Lo que escuchó. Usted ya sabe: hay que hacer otras cosas. Laburar en política. Seguir a peronistas, ¿me explico?  


Niego y Mauricio Macri.

Inmediatamente después de la reunión, Dalmau Pereyra fue desafectado de Contrainteligencia. Y partió a Santiago de Chile para cubrir la agregaduría de la AFI en la Embajada argentina.

Entonces, impulsado por la señora Bullrich, se produjo la llegada estelar del ahora célebre Alan Ruiz, quien se convirtió en el favorito de Majdalani.

Rapsodia pampeana

Aquel sujeto, un oscuro oficial inspector de la Policía Federal que luego migró hacia la Metropolitana, había abandonado aquella fuerza a fines de 2015 para ser director de Inteligencia y Estadística Criminal del Ministerio de Seguridad pampeano, a cargo de Juan Carlos Tierno.

Éste, un energúmeno de ultraderecha, se sentía muy a sus anchas con su joven colaborador. Y Ruíz tocaba el cielo con las manos.

Su buena estrella crecía a pasos agigantados. Se había convertido en el ladero más conspicuo de Tierno.

Patricia Bullrich.

Y Bullrich, desde Buenos Aires, estaba cada vez más interesada en él.

Los primeros nubarrones de su etapa en Santa Rosa se asomaron cuando Ruíz se ganó la confianza del gobernador Carlos Verna.

Eso, lógicamente, generó en Tierno una mezcla de celos y desconfianza. Ya transcurría el otoño de 2017. Y faltaba lo peor.

En aquella época Ruíz solía acudir a un barcito situado en la esquina de Avellaneda y 9 de Julio, frente a la Plaza San Martín, la principal de Santa Rosa, para encontrarse con una mujer.

El establecimiento tenía un segundo salón, tenuemente iluminado, ideal para parejas ávidas de intimidad. Ellos siempre ocupaban allí una mesa del fondo, donde permanecían durante largas horas, hasta caer la noche.

Sus presencias ponían algo tensos a los mozos. Porque la acompañante del espía no era una desconocida: se trataba de la diputada provincial Sandra Fonseca, nada menos que la esposa de Tierno.

Hay quienes señalan que la renuncia de Ruíz al Ministerio y su apurada partida de Santa Rosa tuvo que ver con tan delicada cuestión.

En Buenos Aires fue recibido por Bullrich con los brazos abiertos. Ella tenía ambiciosos planes para él, y no tardó en ponerlos en marcha.

Desde entonces, aquel tipo de porte intimidatorio y mandíbula de piedra fue su coordinador de Asuntos Legales; después pasó a conducir el Programa de Búsqueda de Prófugos, hasta que Patricia se lo cedió a su amiga Majdalani.

Ésta, muy agradecida, lo puso al frente de Operaciones Especiales, una dirección interna de la AFI que absorbió ciertas tareas –y los atributos– del área a cargo de Dalmau Pereyra, ya caído en desgracia.

De esta forma Ruíz pasó a ser una pieza clave del espionaje macrista; el gran titiritero, cuya singularidad radicaba en seguir reportando a Bullrich.

Sobre las hazañas de los Súper Mario Bros bajo su mando ya corrieron ríos de tinta: desde el espionaje a CFK hasta el “alambrado” de los pabellones penitenciarios con presos kirchneristas, pasando por el fisgoneo a innumerables figuras políticas, tanto opositoras como macristas, además de la hermana del propio Presidente.  

Pero ellos también se espiaban entre sí. Eso los convertía en una banda de alcahuetes algo patológicos. Un caso testigo: el vínculo entre Melo y Ruíz  

Al respecto bien vale evocar un día invernal de 2018, cuando, en la base de Mataderos, este último se sinceraba ante su tropa: Lo primero que vamos a definir es una unidad, que sería Ezeiza. Allí hay un pabellón que tenemos que hacer completo. Lo vamos a ‘alambrar’, lo vamos a equipar todo. Y vamos a meter a todos los políticos porque están operando a full desde adentro”.

Leandro Araque.

El tipo no imaginó que en aquel momento Melo lo grababa a hurtadillas. Una paradoja. Esa y otras confesiones suyas fueron recientemente emitidas con éxito por TV antes de llegar a la justicia.

Pero Ruíz también grababa a sus propios hombres. Eso Melo lo vivió en carne propia.

El trato entre ellos estuvo signado por la obsesión maníaca de Ruiz por “engarronar” a Hugo y Pablo Moyano en la causa por las irregularidades en el club Independiente. Y le pidió a Melo que se interiorizara en el expediente.

– Está muy flojito –
fue su opinión.

Ruíz, entonces, montó en cólera. Y bramó:

– ¡Vos no tenés que hacer ninguna interpretación, boludo! Tu función es “direccionar” los testimonios.

La negativa de Melo a manipular una de aquellas declaraciones –la del barrabrava preso, Daniel Lagaronne, cuyo defensor era él– causó una sonrisa ladeada en Ruíz, quien, de pronto, activó un audio en su smartphone. Entonces emergió la voz de Melo y la de Lagaronne. Era un diálogo que ambos habían mantenido en el penal de Melchor Romero. Y que Ruíz ordenó grabar.

Al concluir el registro, Ruíz mantenía la sonrisa. Y le dijo a Melo:

– Date por despedido. Y tené cuidado con lo que hacés y decís. Porque podés tener problemas peores que quedarte sin trabajo”.

Tal diálogo sucedió en junio de 2019.

Aquel no resultó ser un buen mes para los muchachos de Ruíz en razón a otro hecho no deseado: el fallecimiento del Gallego Laperica, vencido en su lucha contra una larga y penosa enfermedad.

El difunto era muy querido. De manera que su velorio, en una funeraria del barrio de Chacarita, fue muy emotivo: entre coronas florales fajadas – por razones obvias – con nombres de cobertura, sus compañeros de tareas, entre muchos otros agentes secretos, incluido el ex jefe de Contrainteligencia, Diego Dalmau Pereyra, lo despidieron allí sin disimular su pesadumbre.

Cabe destacar que ése no fue el único deceso entre el personal al mando de Ruíz, ya que en sus filas hubo otro fallecido. Pero sin un ápice de pompa.

En voz baja se hablaba de un asesinato. Pero no hubo ningún registro periodístico ni judicial que diera cuenta de ello. Solamente se tenía un muerto sin nombre, sin data de fallecimiento ni escena del crimen.

Con posterioridad, Contraeditorial pudo precisar que la víctima era el cambista “Angelito”, quien solía ser usado para infiltrarse en movilizaciones. Su apellido era Almaraz. Y tres fuentes vinculadas a la defensa de los espías imputados en la causa aportaron datos que se resumen de la siguiente manera: “La víctima murió en marzo de 2019 por un piedrazo en la cabeza, durante la desconcentración de una marcha en Plaza de Mayo, al forcejear, casi en la boca de la estación del subterráneo, con motochorros que pretendían robarle su smartphone”.

No está claro – según aquellas fuentes – si los asesinos pretendían aquel aparato para revenderlo o para apropiarse de los datos que contenía.

Martinengo.

Entre los abogados que aportaron información no se encuentra el doctor Alfredo Oliván (defensor de Sáez), quien reconoció elípticamente el crimen con las siguientes palabras: “Prefiero no tocar este tema hasta que mi cliente amplíe su indagatoria. Porque este asunto está atado a otros”.

¿Acaso se refería a la actividad de Almaraz como “arbolito”?
Porque él tuvo relación con una cueva del rubro en la calle Florida 520, regenteada por un pez gordo del negocio: Diego Guastini.

El 28 de octubre del año pasado, mientras circulaba en su BMW por una calle de Quilmes, un sicario que se movilizaba en motocicleta le voló con tres disparos la tapa de los sesos.

Un ex socio de Guastini, el malviviente polimorfo Luciano Javier Viale, tal vez sepa más sobre semejante trama. El 19 de junio pasado fue detenido en un barrio de Moreno por una seguidilla de asaltos a mano armada. Se trata del hijo de Pedro Tomás Viale, el agente de la SIDE acribillado en 2013 por el Grupo Halcón de La Bonaerense.

El mundo es un pañuelo.