Por Luis Bruschtein   ***

El país se desvive, se funde, colapsa. Pero hay autocrítica: «Lo que nos faltó estos años es darnos cuenta que la felicidad está en lo cotidiano y no en lo excepcional –chupate esa mandarina–; no sólo somos felices cuando nos vamos de compras a Miami o Los Angeles con nuestras esposas». No es fakenews, no es invento ni sarcasmo. Es una ventana al alma de este gobierno. Es lo que dijo ahora el Interventor de la Administración General de Puertos, Gonzalo Mórtola en el almuerzo del Rotary de la ciudad de Buenos Aires.


Imagen: NA

Deja vu, farsa, tragedia y desgracia sobre este país otra vez hambreado, desempleado y quebrado. Reminiscencias de Fernando De la Rúa. Son los mismos que están ahora. Votados por los mismos votos. Y los dos terminaron en aquelarre y devastación. La historia que se repite y se ensaña.

No hubo elecciones, ni siquiera hay presidente electo, pero hay un gobierno que bajó los brazos, abandonado por los que lo elevaron y compartieron sus iniquidades, incapaz de detener la fuga de riqueza que promovió hasta que no quedó nada. No hay plata ni para apoyar la campaña electoral bonaerense de María Eugenia Vidal que muerde su bronca en silencio. En su naturaleza estaba este final y en su naturaleza está la incapacidad de resolverlo. Es el neoliberalismo.

El presidente Mauricio Macri no asume la presidencia. Dice que su gobierno no es responsable de la crisis. Que la oposición tiene la culpa por haber sacado más votos que el oficialismo. La culpa de la crisis –dijo– la tiene la gente que votó por Alberto Fernández en las PASO. Pero es al revés: el resultado de las PASO fue consecuencia de la crisis que empujó todos esos votos hacia un camino diferente al neoliberalismo de Cambiemos. La famosa luz al final del túnel que anunció la vice Gabriela Michetti, estaba allí, pero era la locomotora de la crisis que se le venía encima al pueblo argentino.

Este gobierno habilitó la especulación financiera y estimuló la fuga de capitales. Estaba acabado mucho antes de las PASO, a las que no hubiera llegado sin el préstamo gigante del Fondo Monetario. El Fondo transgredió todas las normas que rigen sus préstamos con un doble objetivo: sostener a Macri hasta las elecciones, y si las perdía, condicionar a quien ganara para que negocie de rodillas.

La llegada de Mauricio Macri al gobierno significó una novedad en la tradición política argentina. Por primera vez la derecha franca llegaba por el respaldo electoral sin la necesidad del disfraz de un partido popular o de un golpe de Estado. También es la primera vez que un gobierno de derecha no es expulsado a las patadas por grandes movilizaciones como el Cordobazo o las del 18 y 19 de diciembre del 2001.

Macri entró por el voto y se va por el voto.
Aunque todavía no se celebraron las elecciones presidenciales, las PASO develaron el misterio por el cual las protestas contra el gobierno de Macri no culminaban en acción destituyente como operaron sin duda las del Cordobazo y las del 19-20 de diciembre. En esa tradición de movilización popular era más probable que se produjera una gran rebelión destituyente. Y por otro lado, nadie esperaba la gran diferencia de votos entre el Frente de Todos y Cambiemos. Fue una sorpresa que no se diera lo primero y que se produjera lo segundo.

La circunstancia de ejercer el derecho a elegir, de expresar soberanía política en el voto se reveló como una herramienta incorporada al acerbo popular. Hubo mucha movilización durante estos cuatro años, mucha presencia popular en las calles, y por distintos motivos, desde la defensa de los derechos humanos, hasta las Ni una menos, pasando por los conflictos laborales y sociales, las luchas contra las reformas laboral y previsional.

Fue una presencia combativa, pero al mismo tiempo organizada y enfocada en un proceso político, en la necesidad extendida de conformar una alternativa concreta a la fábrica de pobreza y desempleo en que Cambiemos había convertido la Casa Rosada. A diferencia del escepticismo y el descreimiento del «que se vayan todos» de principios de milenio, estos actos y marchas estuvieron signados por la esperanza de que la política diera respuesta.

Esas movilizaciones no eran kirchneristas aunque fuera una de sus vertientes. Pero la experiencia de los doce años de los gobiernos de Néstor y Cristina está elaborada y asimilada como parte de una memoria colectiva. El hecho de que la dispersión que produjo la derrota de 2015 fuera contenida en gran medida, permitió que se preservara un núcleo fuerte y masivo con el liderazgo y la capacidad de generar una convocatoria más amplia.

Esos enunciados no tomaban la forma de un discurso ni programa o convocatoria. Cristina Kirchner ya habló de un frente de unidad con todos en el acto que se realizó en Comodoro Py cuando fue citada a declarar, en abril del 2016, pocas semanas después de que asumiera el macrismo. Fue reflejo político tras la derrota de Daniel Scioli, pero no era un invento de la ex presidenta, sino que recogía una expectativa que empezaba a tomar cuerpo en una parte de la sociedad.

Esa idea más o menos difusa en los sectores populares acompañó las protestas contra el gobierno bajo la forma más líquida del deseo o la esperanza. Hasta que la situación tocó fondo y la crisis habilitó el ingrediente que faltaba y cristalizó esa expectativa en la proclamación de la fórmula que encabezan Alberto Fernández con Cristina Kirchner.

Roberto Lavagna y Alberto Fernández, como expresiones opositoras, aportaron lo que han podido para que el derrumbe del macrismo no se convierta en una catástrofe institucional. Pero el gobierno despilfarró el préstamo del FMI antes de llegar siquiera a las elecciones presidenciales. Como era su único sustento, al mismo tiempo que despilfarró el préstamo, dilapidó gobernabilidad.

El mes y medio que falta hasta las elecciones de octubre, más el otro mes y medio que faltaría para el traspaso de gobierno en diciembre se presentan como una larga agonía en la que el macrismo puede arrastrar al desastre a todos los argentinos. No puede pagar sus deudas, apenas tiene fondos para gobernar, no tiene capacidad para negociar, y el bloque del capital concentrado que lo respalda, desde Clarín hasta la Mesa de Enlace, ya busca contactos con Alberto Fernández.

El tiempo está destruyendo a la administración macrista. Enorme enseñanza para los que indujeron el discurso del odio: las fuerzas que fueron perseguidas y difamadas durante estos cuatro años por el macrismo, tanto aquellas del sindicalismo combativo, como del kirchnerismo y de los movimientos sociales, son las únicas que podrían estar en condiciones de sostener la transición. Tampoco está claro que lo lograrían aún cuando se lo propusieran, pero son los únicos a los que el macrismo podría recurrir.

Es una carrera contra el tiempo cuyo resultado nadie se atreve a predecir. Y a nadie le conviene un derrumbe descontrolado que tendría consecuencias desastrosas porque donde siempre golpea más la crisis es en los más humildes y porque son siempre esos sectores los que ponen la sangre cuando hay represión. Faltan poco más de tres meses pero el hambre no espera, aunque ya no sea más que una cuestión de paciencia. Es una ecuación difícil en la que incluso la política tiene pocos resortes para intervenir.

Más allá del derecho de todo el mundo a expresarse, en este escenario la marcha de respaldo a Mauricio Macri de la semana pasada aparece como un gesto grotesco para sostener a un personaje apabullado que ya ni quiere que lo sostengan y que salió al balcón para despedirse antes que lo echen. En su desesperación, los periodistas del oficialismo exhiben esa expresión del grotesco de la política como si fuera un gesto de enorme valor ciudadano. El martes, los movimientos sociales movilizaron el doble de personas contra el hambre y esos periodistas ni lo mencionaron.

El globo de indignaciones sobreactuadas y falsas verdades del macrismo se desinfla con la crisis. Los discursos engolados de Elisa Carrió ya no indignan, igual que el denuncismo amarillista de los medios y periodistas oficialistas. Todo eso va quedando al desnudo como un discurso mentiroso que se usó para ocultar mezquindades, bajas ambiciones y negociados de alto nivel.

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