Por William Serafino   ***

El tratamiento distante y a veces evasivo de los medios internacionales con respecto a la figura de Juan Guaidó, ha hecho evidente su desgaste. A dos meses de haberse autroproclamado «presidente de la República», el diputado por el estado Vargas, investido por Estados Unidos y la industria de medios occidentales como una figura de consenso con capacidad de rearticular al antichavismo en una agenda común, ha fallado en cristalizar la salida forzada del gobierno constitucional de Venezuela.

A las expectativas de que esto se lograría mediante un golpe exprés empujado desde facciones antichavistas en la FANB, le ha sucedido el desencanto. Así lo dejó saber en un artículo de opinión Carlos Blanco, asesor del partido de ultraderecha Vente Venezuela, este 27 de marzo: «Después se pueden echar todos los cuentos del universo, pero la idea era que el 23 de febrero o alrededor de esa fecha se producirían la entrada de la ayuda humanitaria, el quiebre del Alto Mando Militar y la salida de Maduro. Esa fue la oferta que se entendió. Y falló».

Lo dicho por Carlos Blanco, un opinador influyente para el sector más politizado de la oposición, no fueron palabras al aire. Luego de que Guaidó anunciará el inicio de la denominada «Operación Libertad», convocando al mismo tiempo un simulacro para el 6 de abril, las redes ardieron en críticas y señalamientos en su contra por seguir prolongando el tan esperado golpe final contra el chavismo.

Pero que los seguidores de la oposición crean que este «golpe final» aguarda la caída inminente y total del chavismo, es consecuencia de un manejo equivocado de estrategia política y comunicacional por parte de la dirigencia antichavista local y Washington. Elevar las expectativas del cambio de régimen cuando la posición de fuerza no es lo suficientemente sólida para concretarlas, ha generado la ola de decepción de las últimas horas.

La crisis de los partidos opositores debido a la canibalización de Washington, que arrastró a sus principales liderazgos a dos revoluciones de color (2014 y 2017) fallidas, ha dado paso a un fenómeno tan extraño como delirante: el único partido funcional que le queda al antichavismo es la red social Twitter, ante la destrucción planificada de las pocas estructuras de participación político-electoral que quedaban con vida, siendo Voluntad Popular el resultado final de ese proceso.

El partido mercenario y golpista, apéndice de los neoconservadores, ideado para esta fase del cambio de régimen.

Los sectores de la ultra venezolana, minoritarios en las encuestas y en presencia organizativa, pero bien conectados con sectores de poder en Estados Unidos (por ejemplo la cercana relación de María Corina Machado con el senador Marco Rubio), utilizan esta red social como un mecanismo de agitación para presionar a Guaidó. Según ellos, la opinión en Twitter favorable a la intervención, es expresión de la totalidad del país. Ahí es donde está lo delirante del asunto.

Siendo adversarios históricos de los partidos tradicionales que ostentan actualmente cuotas de poder legislativo, le exigen a Guaidó que, bajo el artículo 187 (numeral 11), exija una intervención militar extranjera, preferiblemente estadounidense. Le han impuesto un cronómetro en retroceso que enmarca el tiempo de vida de su propio liderazgo. Tienen el poder de la barra brava de Twitter a la que temen tanto los dirigentes opositores.

La crisis de Guaidó es el capítulo anterior de la guerra irregular

El fracaso de la operación «ayuda humanitaria» del 23 de febrero obligó a Washington a recalibrar los planes de agresión contra Venezuela. El paso siguiente fue un ciberataque contra la Central Hidroeléctrica de Guri (acusación del Estado venezolano respaldada por la propia revista Forbes), en el estado Bolívar, durante la noche del 7 de marzo.

La maniobra de fuerza, que dejó al país sin electricidad por varios días, haciendo extensivo sus dañinos efectos al suministro de agua y la producción petrolera, reanimó por momentos la figura de Juan Guaidó. Le dio una razón para revivir la «necesidad» de salir de Maduro.

En paralelo, un plan de guerra irregular de baja intensidad se abría paso en silencio. El jefe del despacho de Juan Guaidó y militante de Voluntad Popular, Roberto Marrero, fue detenido por las autoridades venezolanas tras encabezar un plan para dar ingreso a células mercenarias reclutadas en Centroamérica, que cometerían sabotajes a los servicios públicos y asesinatos selectivos contra dirigentes chavistas.

La fuente de financiamiento de esta operación tenía su origen en el robo a los activos petroleros del país, específicamente de la refinería Refidomsa ubicada en República Dominicana, en la cual la filial estatal PDV Caribe de Venezuela ostenta el 49% de las acciones.

El gerente del departamento legal de la empresa Rosneft en Venezuela, Juan Planchart, que a su vez es primo de la madre de Juan Guaidó, era el operador financiero que gestionaría la venta fraudulenta de esta refinería, atajando mil millones de dólares que serían utilizados para garantizar la efectividad del plan.

Aunque en la operación estaba vinculada la plana mayor de Voluntad Popular (desde Leopoldo López, hasta Freddy Guevara y el propio Juan Guaidó), la misma pareciera tener la autoría intelectual de Elliott Abrams, experto comprobado en conformar ejércitos mercenarios para ejecutar guerras de desgaste prolongadas. Caso Nicaragua, ampliamente reseñado por MV.

Lógicamente, la ventana de oportunidad para emplear estos combatientes mercenarios era el nuevo sabotaje eléctrico del 25 de marzo, esto hace que la acción de detección temprana del Estado venezolano adquiera un valor estratégico superior para la Paz y la estabilidad de Venezuela.

La denominada «Operación Libertad», promocionada por Guaidó como un nuevo «Día D», tenía el componente mercenario y de sabotaje como estructura de funcionamiento, ante la cual Guaidó podría replantear su rol en el marco de la coyuntura. Convertirse en una especie de gendarme de la paz en un país con brotes de conflicto irregular y guerra civil inducidos por Estados Unidos. El paso previo a la intervención preventiva para el «cese de la usurpación».

Pero la desarticulación a escala operativa de esta maniobra de guerra irregular, también suma al balance negativo de la figura de Guaidó a dos meses de su autoproclamación, pues a medida que avanza el tiempo su «interinato» desgasta su credibilidad al no tener control efectivo de la institucionalidad del Estado y de su principal palanca de estabilidad: la FANB.

El plan B a la operación de «ayuda humanitaria» tampoco resultó como esperaban, en tanto la idea de una intervención militar directa, unilateral o consensuada al estilo de una «coalición de los dispuestos», continua siendo impugnada por la mayoría de la comunidad internacional, incluso aquella que respalda la figura de Guaidó. Y es que a medida que el “presidente encargado” no logra el “cese de la usurpación”, tal parece que a Estados Unidos sólo le queda la opción de la fuerza militar para intentar cristalizar la salida forzada de Maduro.

Llegada de militares rusos y el informe Mueller

En el marco de los convenios de cooperación en el ámbito militar con Rusia, 99 efectivos militares y 35 toneladas de equipamiento de la nación euroasiática llegaron al aeropuerto de Maiquetía de Venezuela, en un Antonov An-124 y una aeronave de pasajeros Ilyushin Il-62, ambos de la Fuerza Aérea Rusa, bajo el mando del jefe del Comando Principal de las Fuerzas Terrestres de Rusia, Vasily Tonkoshkurov.

Esto se dio en medio de quizás del acontecimiento geopolítico más importante de lo que va de año 2019: el fiscal especial Robert Mueller llegó a la conclusión que Rusia no intervino para alterar a favor de Trump los resultados electorales de las presidenciales de 2016.

Desde el año 2013, Venezuela cuenta con el sistema de defensa antiaérea S-300 de fabricación rusa (Foto: EFE)

Inmediatamente a la llegada de los militares rusos, en medio de la conclusión del informe Mueller que deja sin efecto la rusofobia como arma de política exterior, las alarmas se prendieron en Washington.

Mike Pompeo, John Bolton, Marco Rubio y Mike Pence cuestionaron el hecho y aseguraron que no permanecerían de brazos cruzados. El discurso de la Guerra Fría hizo presencia rápidamente para justificar una mayor presión sobre Venezuela, amparándose en la Doctrina Monroe.

Específicamente el jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, se comunicó con el canciller ruso, Serguéi Lavrov, a quien le dijo que Rusia debía «cesar su comportamiento destructivo». Horas después de que esto ocurriera, un incendio de grandes proporciones provocado en los transformadores de la hidroeléctrica de Guri, colapsó nuevamente el suministro eléctrico en la mayoría del país.

Mientras tanto, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, María Zajárova, dijo que la presencia del personal militar ruso en Venezuela está apegada a la constitución venezolana. A su vez, el jefe de la Comisión de Relaciones Exteriores de la cámara alta del Parlamento ruso, Konstantin Kosachev, criticó que Estados Unidos exigiera la salida de los militares, cuestionando la presencia militar extensiva de Washington en distintas regiones del planeta.

Más tarde, el presidente Donald Trump junto a Fabiana Rosales, esposa de Juan Guaidó, insistió en el despacho oval que «Rusia tiene que irse» de Venezuela, cerrando el arco de declaraciones de la administración estadounidense que criticaron con agresividad la cooperación militar entre Rusia y Venezuela. También el Grupo de Lima, y los mismos países desde la OEA, se hicieron hizo eco de esta línea argumental, dibujando la situación como una «violación de la soberanía», debido a que la llegada de los militares no fue aprobada por Guaidó, quien también declaró en contra de Rusia.


El sistema de defensa venezolano contempla cañones antiaéreos ZU-23, sistemas de misiles Buk-2M, Pechora-2M y S-300, uno de los más poderosos de la región (Foto: Archivo)

Washington vio en esta acción un desafío para la Doctrina Monroe, nuevamente resucitada para justificar el predominio geopolítico de Estados Unidos sobre el continente por encima de China y Rusia, que tras el proceso de globalización de las últimas dos décadas se han insertado como socios con una presencia cada vez más importante.

Y en cierto sentido la palabra desafío cabe en esta ocasión. Estados Unidos insiste en que «todas las opciones están sobre mesa», haciéndole un guiño peligroso a la opción militar, ante lo cual el desembarco de los militares rusos implica una acción de disuasión que no sólo obstaculiza la posibilidad de una intervención militar, sino que va desdibujando a Washington como el único actor geopolítico que puede tener presencia en Latinoamérica.

Ahora, según Trump, «todas las opciones están sobre la mesa» para que Rusia abandone Venezuela. No olvidar: lo dice el presidente de una poderosa nación con decena de bases militares en el continente que poca seguridad y prosperidad han traído consigo en su larga historia.

Los neoconservadores al mando de la Casa Blanca aprovecharon la situación para incrementar su retórica belicista y para recomponer la narrativa antirusa que fue debilitada por la conclusión del informe Mueller. Sin embargo, intentaron proyectar como una amenaza y un peligro algo que no lo es en ningún sentido: la cooperación militar, financiera y energética de Rusia y Venezuela lleva 10 años en proceso de consolidación, que han dado como resultado que Venezuela cuente con un sistema defensivo, integrado por cañones antiaéreos ZU-23, sistemas de misiles Buk-2M, Pechora-2M y S-300, que dificulta los intentos de agresión militar.


El 66% de las armas adquiridas por Venezuela durante el período 2008-2012 provino de Rusia (Foto: Juan Barreto / Getty Images)

Evidentemente, detrás del discurso ideológico de la Doctrina Monroe, se encuentra la declaración de propósitos reales de la agenda geopolítica de Washington sobre Venezuela: el cambio de régimen que le permita reconquistar sus inmensos recursos energéticos, logrando frenar su declive a escala global, para lo que es necesario sacar a Rusia como socio petrolero y militar de Venezuela.

Con esto, en su cálculo de política exterior, cerrarían el frente latinoamericano definitivamente, recuperando el equilibrio geopolítico después de la derrota de Siria. Para ellos implicaría concretar una venganza contra los rusos. Revertir su crisis de hegemonía.

En este sentido, la «presencia de Rusia» no sólo fue empleada a nivel narrativo para delimitar el conflicto en su esfera real: la geopolítica. Ahí donde Guaidó poco tiene que ver, hacer u opinar.


El primer contrato de importación de equipos militares desde Rusia se firmó en 2009 (Foto: EFE)

La rusofobia, el último motivo: apuntes al cierre

Visto en retrospectiva, tras el fracaso del 23 de febrero el método de la «ayuda humanitaria» como método de intervención quedó debilitado, sobre todo en el gancho narrativo para justificarlo. Un nuevo intento de Estados Unidos por esa vía, cargaría con el peso de la falta de credibilidad tras el reportaje del New York Times, que desveló cómo los mercenarios del antichavismo en Cúcuta quemaron camiones que, además, no llevaban “ayuda humanitaria”.

En esa misma línea, el plan B de atacar por vías indirectas el sistema eléctrico nacional para abrirle paso a una guerra irregular de baja intensidad que lleve al país a un estado de conmoción y anarquía, tampoco resultó efectivo por la capacidad de detección del Estado venezolano.

En este tópico, la diplomacia venezolana ha sido inteligente en denunciar con prontitud ante instancias internacionales los planes de intervención paramilitar que ha tanteado Estados Unidos.

Por su parte, la revelación de CNN (y con anterioridad, del medio financiero Bloomberg) sobre cómo Estados Unidos tenía conocimiento del magnicidio frustrado del pasado 4 de agosto, hace que cualquier maniobra de orientación mercenaria rápidamente sea identificada con Washington. Un costo de opinión pública que desean evitar.

A escala nacional, entendiendo que cada vez es más reducida tratándose de Guaidó y Voluntad Popular, la ausencia de un quiebre de la FANB que genere las condiciones de caos para una intervención, o la salida de Maduro tras un golpe militar exprés, reduce su credibilidad a nivel internacional, provocando un distanciamiento de los medios internacionales pero también de quienes por presión de Washington apoyan su «interinato».

Los costos políticos comienzan a medirse, y muchos aliados circunstanciales no quieren ver comprometido su prestigio, respaldando un «gobierno» que no gobierna
. La decisión del centro neurálgico de la Unión Europea, Alemania, de no reconocer al enviado de Guaidó como embajador en su país, es muestra palmaria de esto.

El cierre parcial de las autopistas de la intervención planteadas hasta ahora, ha obligado que el motivo de la guerra contra Venezuela se centre en «sacar a los rusos de Venezuela». En la jerarquía del discurso estadounidense, ahora el problema central no es tanto la “crisis humanitaria”, como lo es que Rusia apoye al «régimen» de Maduro.

La rusofobia se impone así, a conveniencia del momento, como el recurso de última hora para justificar acciones contra Venezuela, tratando de proyectar que más allá de lo que dijo Mueller, «Rusia sigue siendo una amenaza», ya no en Estados Unidos sino en su esfera de influencia y retaguardia más inmediata, donde la nación bolivariana ocupa un lugar crítico.

Mientras tanto, el país intenta recuperarse de un nuevo apagón masivo para volver a su cotidianidad.

Y ahí, Estados Unidos sigue ampliando su visibilidad como responsable directo, mientras intenta convencer al país de que la «verdadera amenaza» del país, y la razón de su asediada vida diaria, adivinen: es Putin.

http://misionverdad.com/La-Guerra-en-Venezuela/militares-rusos-doctrina-monroe-y-el-cierre-de-las-autopistas-de-la