Por Eduardo Jozami   ***

En abril de 1977, los golpistas del 24 de marzo, civiles y militares, podían mostrarse satisfechos. Luego de golpear muy duramente a la  guerrilla y a la militancia social e imponer sus condiciones a los partidos políticos, la dictadura sostenía que la subversión estaba en retirada. Los grandes medios y la gran mayoría del empresariado respaldaban la política que había bajado brutalmente los salarios. Como, además, la jerarquía católica había legitimado la tortura en un increíble documento, no se veía ninguna amenaza seria aunque las noticias del horror comenzaban a generar reacciones en el mundo.



Imagen: Leandro Teysseire

En este contexto irrumpieron las Madres buscando a sus hijxs. Era difícil comprender la audaz decisión. ¿Podrían tener éxito frente a los vencedores de una guerra, nombre que ellos preferían al más adecuado de carnicería? Pocos meses antes, Rodolfo Walsh había señalado la necesidad de enfrentar de otro modo a la dictadura. Se pronunciaba contra los grandes aparatos y las operaciones espectaculares y abogaba por una resistencia, a la medida del pueblo, que tomara conciencia del tremendo golpe recibido. Sin conocer estas recomendaciones, las mujeres de la Plaza actuaban en esa línea. Las Madres resistieron sin advertirlo, gradualmente conformaron un colectivo y, sin olvidar a su desaparecidx, terminaron reclamando por todxs lxs hijxs. Su perseverancia las convertiría en símbolo. También en un sujeto político central.

Ninguna teoría lo había previsto. Pudieron hacerlo porque su reclamo era el más elemental, pero el más difícil de responder. Con la guerrilla diezmada y sin posibilidades de movilización, las Madres insistieron con su presencia obstinada. No les fue ahorrado ninguno de los agravios y sufrimientos de un Vía Crucis cargado de indiferencia y vejaciones, que no excluyó el secuestro de Azucena Villaflor, Esther Careaga y Mary Bianco,  golpe brutal que no disuadió a las demás Madres. Cada una encontró fuerza en las otras para seguir adelante, decisión realimentada a diario por el recuerdo del ser querido. Taty Almeida no olvidó el poema que le dedicó su hijo Alejandro:  Si la muerte me sorprende/de esta forma tan amarga, …/dejaré el aliento, el último aliento,/para decir te quiero.”

Los represores reaccionaron llamándolas locas. No había razones para eso: Eduardo Galeano con bellas palabras puso a las Madres como ejemplo de salud mental,  porque se negaron a olvidar en tiempos de amnesia obligatoria. Sin embargo, como ocurrió con otros insultos dirigidos contra el movimiento popular, locas se transformó en un emblema que Taty repite con orgullo: “A pesar de los bastones, las locas seguimos de pie”.

Hija de un alto oficial de Caballería, y rodeada por otros familiares que revistaban en el Ejército o la Aeronáutica, relacionada con Galtieri, Camps y Agosti, Taty, confiesa haber sido muy antiperonista: “hasta los 45 años –dice– yo vivía en una burbuja”.  Por eso era más fácil engañarla. Harguindeguy le dijo que no tenían información de Alejandro, agregando con tono confidencial: “no podemos hacer nada señora, los que secuestran son los peronistas”. En esa escuela de la burla y la humillación se formaron las Madres.

El Juicio a las Juntas fue un avance notable pero, no aportó muchos datos sobre el destino de lxs desaparecidxs. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida cerraron el camino. Con los indultos, fundados en un  discurso de reconciliación que no tuvo mucha recepción de la sociedad, se completó el círculo de la impunidad. Se inicia entonces uno de los períodos más difíciles. Menem ganaría aún tres elecciones más. ¿La mayoría de la población apoyaba la política de denegación de justicia? No necesariamente, pero los organismos nunca renunciaron a la continuación de los procesos. En esos años, desde las Madres Línea Fundadora, Taty participa en iniciativas como el Procesamiento de los genocidas en el exterior y los Juicios por la Verdad.

En diciembre del 2001, entre las razones de la decepción popular, la impunidad de los genocidas no fue la menos importante. En momentos de fuerte cuestionamiento a partidos, empresarios y sindicatos, el movimiento de Derechos Humanos obtuvo un verdadero liderazgo moral. Eso facilitará a Néstor Kirchner las audaces decisiones que llevarán a la nulidad de las leyes de impunidad, la reanudación de los juicios y la creación de los Espacios de Memoria. Los reclamos de los organismos, enriquecidos en los ‘90 con el aporte de HIJOS, se convirtieron en prioridad de la agenda y núcleo central del discurso oficial.  En esos años, nos acostumbramos a ver a Taty en todas partes, en la ex ESMA, en la Plaza, acompañando a los sobrevivientes en los juicios, llevando a  los conflictos su abrazo solidario, reivindicando a Alejandro y a sus 30000 compañerxs desaparecidxs.

Vivió como una pesadilla la reaparición de los discursos negacionistas,  la represión a los movimientos sociales, las transferencias groseras de recursos a los grupos privilegiados o la subordinación sin condiciones a los Estados Unidos, impensada en tiempos de la Unasur.
Lamentó más de una vez que el giro reaccionario la encontrara en una etapa avanzada de la vida. Sin embargo, no dudó. Recorrió el país, peleó por la libertad de Milagro Sala, contestó los desatinos de más de un funcionario y exhortó a luchar –excluyendo siempre el recurso a la violencia– contra este neoliberalismo autoritario que, elegido en las urnas, reiteraba políticas y discursos de la dictadura.

El Movimiento de Derechos Humanos ha sido actor fundamental en el logro  de una excepción argentina que el mundo admira: la capacidad de juzgar a los genocidas. Además, los organismos tuvieron mucho que ver en la gestación de una  Memoria que, rechazando la teoría de los dos demonios y los discursos sobre una falsa reconciliación, plantea que los grandes crímenes contra la Humanidad no se explican sólo por la perversidad de sus perpetradores sino que tienen raíces en la historia y la sociedad. Por eso aquella compulsión de las Madres por buscar a sus hijxs se convirtió en solidaridad con todos los dolores de la patria y del mundo, en un compromiso de emancipación.

Esa lucha se inscribe en la historia de las mujeres que pelearon por la igualdad de derechos, Evita y otras. Hoy, esta tradición recibe la contribución invalorable del Movimiento Ni Una Menos que recoge el ejemplo de las Madres. Quizás no haya muchas coincidencias entre el perfil adusto que Taty y sus compañeras tuvieron que  adoptar  y la presencia transgresora e irreverente del movimiento que hoy sacude a la sociedad argentina. Pero, más allá de las apariencias, hay una identidad esencial, la disposición a luchar por la vida y los derechos y una clara actitud de insumisión frente al poder.

* Versión resumida del Elogio leído en la entrega a Taty Almeida del Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de las Artes.

https://www.pagina12.com.ar/184830-elogio-de-taty-almeida