Por David Cufré   ***

El aumento del riesgo país a la zona de 800 puntos y el derrumbe de la inversión del 11,2 por ciento en el tercer trimestre, llevando ese indicador clave a niveles de 2004, son síntomas claros de la desconfianza que existe tanto en el mundo financiero como en la economía productiva sobre las posibilidades de éxito del programa del Gobierno y el FMI.

Imagen: AFP

Mercados e industrias optan por achicar su exposición en Argentina ante la catarata de datos negativos y por la incertidumbre sobre la sustentabilidad de la deuda. La caída en la cotización de los bonos se acentuó a pesar de que esta semana el Banco Central sumó una cifra exorbitante de divisas a las reservas, por más de 16.000 millones de dólares, gracias al canje de monedas con China y al tercer desembolso del crédito del Fondo Monetario. De aquí a las elecciones de octubre de 2019 seguramente no habrá otro momento con mayor acumulación de divisas en las arcas del Central. Sin embargo, la respuesta de financistas y productores refleja un pesimismo inalterable. La apuesta del Gobierno es empezar a revertirlo con una demostración de apego religioso a la doctrina de ajuste fiscal y monetario que plantea el FMI, más los aportes que pueden surgir después del verano por mayores exportaciones agrícolas y del sector energético. Tanto en el país como a nivel internacional existen ejemplos contundentes sobre los resultados de esa estrategia. Es curioso que un gobierno como el de Mauricio Macri, que se impuso como meta primordial la generación de confianza para atraer inversiones, persista en un camino que lo único que ha hecho es conducir a la economía nacional a la crisis más grave desde 2002, mientras la lectura generalizada de actores económicos es que la situación tenderá a ser peor.

La promesa del equipo económico y el FMI es que el final de la recesión llegará, otra vez, en el segundo semestre del próximo año. Si para entonces lo peor ya pasó, como dijo el Presidente en marzo en la inauguración de las sesiones del Congreso, las aspiraciones electorales del oficialismo podrán crecer. Pero si vuelve a ocurrir que los pronósticos fallan, la fuerza opositora con chances de desplazar a Cambiemos tendrá mayor margen para romper con el modelo del Fondo Monetario. En ese sentido, es materia de estudio entre economistas del kirchnerismo y el pan peronismo la experiencia de Portugal desde fines de 2015, con la llegada al poder de una coalición de centro izquierda e izquierda liderada por Antonio Costa. En rigor, lo que logró el gobierno luso marca una continuidad con las enseñanzas previas de la Argentina de 2003, cuando Néstor Kirchner dijo que los muertos no pagan sus deudas e implementó un plan heterodoxo de estimulo a la producción y el mercado interno. “La medicina que está aplicando ahora la Argentina es un veneno que agrava las condiciones objetivas de la crisis. La recesión deteriora los ingresos fiscales y eso produce más déficit, no menos. La desregulación financiera y cambiaria no generó más confianza sino que aumentó la vulnerabilidad y la dependencia. El FMI le ató las manos al Banco Central para intervenir en los mercados y el riesgo país no para de subir. Es una falacia que primero hay que sufrir para después crecer. Hay otro camino más justo, más sustentable y más efectivo para lograr el crecimiento, achicar la deuda y empezar a resolver los problemas”, sostiene el ex presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, quien elaboró un informe con experiencias comparadas entre países que aplicaron las medidas del FMI y otros, como Portugal o la Argentina de 2003, que eligieron una vía alternativa.

Como la mayoría de las economías europeas, la de Portugal sufrió desde fines de 2008 las repercusiones de la crisis internacional que empezó en Estados Unidos por la explosión de las hipotecas subprime. Llegado 2011, el país estaba asfixiado por la deuda y agobiado por la recesión, por lo cual el gobierno conservador decidió pedir auxilio al FMI. La troika integrada por ese organismo, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea confeccionó un paquete de “rescate” por 91 mil millones de dólares, que al mismo tiempo le impuso un programa de ajuste fiscal, achicamiento del Estado y el resto de las medidas habituales del manual de la ortodoxia. Los resultados fueron calamitosos. La desocupación que estaba en 7,6 por ciento en 2008 saltó a 16,2 en 2013 y se mantenía en 12,4 cuando asumió Costa. Miles de empleados públicos fueron despedidos, se recortaron los salarios y aumentó la conflictividad social. Las jubilaciones y el salario mínimo también sufrieron rebajas, a la vez que se implementó una reforma de flexibilización laboral que alargó la jornada de trabajo. La deuda no bajó sino que creció hasta alcanzar un record equivalente al 130 por ciento del PIB y el nivel de actividad nunca logró recuperar lo perdido desde 2011.

En noviembre de 2015, las elecciones en Portugal llevaron al poder a una alianza entre socialistas e izquierda que planteó en la campaña electoral que terminaría con el programa de austeridad y desplegaría una batería de medidas de incentivos a la demanda. En efecto, eso fue lo que hizo, recuperando el nivel de salarios y jubilaciones y restableciendo la jornada laboral en 35 horas. Los resultados positivos empezaron a verse a corto plazo. El ministro de Hacienda alemán, Wolfgang Schauble, el guardián más ortodoxo de la Comisión Europea, reconoció los progresos de los portugueses y le regaló a su ministro de Economía, Mario Centeno, el calificativo de ser “el Cristiano Ronaldo de los ministros de Finanzas europeos”.  El crecimiento económico de 2018 será del 2,5 por ciento, encadenando tres años consecutivos de expansión, durante los cuales se logró que la desocupación retrocediera al 8,6 por ciento, la tasa más baja desde 2008. En junio pasado el propio FMI escribió en su reporte sobre el país que el gobierno había conseguido “un progreso encomiable en afrontar los riesgos de corto plazo”.

Vanoli señala en su informe que en contraste con Portugal, países como Grecia, Hungría y Ucrania se mantuvieron bajo el ala del Fondo Monetario y al día de hoy siguen arrastrando problemas económicos y sociales de suma gravedad.
Ninguno de ellos pudo volver a los niveles de actividad y desempleo previos al ingreso del organismo como auditor de sus economías. Tampoco bajaron su exposición con los acreedores. La relación deuda/PIB se incrementó en el caso de Grecia del 127 al 180 por ciento; en el de Ucrania, del 41 al 76 por ciento, y en el de Hungría, del 65 al 78.

El paralelismo entre la Argentina de Macri y el Portugal de Costa también permite extraer conclusiones sobre los modelos en pugna.
Ambos asumieron a fines de 2015 y mientras uno arrojó al país a una crisis cada vez más aguda el otro consiguió sacarlo de esa situación. “El próximo gobierno deberá renegociar el acuerdo con el Fondo. La experiencia de Portugal y la propia de Argentina de 2003 muestran cuál es el rumbo más apropiado”, remarca Vanoli. El riesgo que ha generado Cambiemos solo crecerá de la mano del FMI, como ha ocurrido siempre que el organismo asumió el control de la economía nacional.

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