Por Teodoro Boot   ***

Nacido en el seno de una familia rosista el 12 de julio de 1852, apenas cuatro meses después de la batalla de Caseros y en momentos en que arreciaba la persecución a los vencidos, la vida de Hipólito Yrigoyen estuvo marcada desde un principio por el sentimiento de exclusión y la necesidad del disimulo y el secreto, rasgos que sabrá imprimir a su método de acción, su obsesión por la organización y su estilo de liderazgo.

Hijo de un carrero vasco que había sabido trabajar en las caballerizas de Juan Manuel de Rosas y de la hija mayor de Leandro Antonio Alen, Hipólito nació en la casa familiar de Balvanera, donde su abuelo tenía una pulpería, situada sobre la calle Federación, hoy (no muy casualmente) Rivadavia (entre las actuales Matheu, Alsina y Pichincha), cerca de los corrales de Miserere, punto de arribo obligado de arreos y carretas llegadas desde el interior de la provincia y del país.

El abuelo, Leandro Antonio, turbulento seguidor de Manuel Dorrego, “El padre de los pobres”, luego hombre de acción de Rosas, integrante de la Sociedad Popular Restauradora y de su fuerza de choque, la Mazorca, tras la retirada de Urquiza y la secesión de Buenos Aires, mientras su familia permanecía escondida en la ciudad, participó del sitio de Hilario Lagos. Una noche de mediados de 1853, poco después del levantamiento del sitio, regresó a Buenos Aires en compañía de su amigo Ciriaco Cuitiño. Denunciados, fueron juzgados, condenados a muerte y sus cadáveres colgados y expuestos en la plaza de la Concepción. Entre la multitud de señores, compadritos, gauchos y negros que observaban el espectáculo en silencio, se encontraba el pequeño hijo de Leandro, de apenas 11 años, tío y futuro mentor de Hipólito, quienes de ahí en más serán el hijo y el nieto del ahorcado.

El joven Leandro, que pronto cambiaría su apellido por el de Alem, ha de haber tenido el suficiente talento como para sobreponerse al estigma de su origen, pues protegido por los círculos aristocráticos porteños, de filiación unitaria, pudo finalizar sus estudios universitarios.

Enrolado, al igual que los viejos federales, en el partido de Adolfo Alsina, enfrentado a Mitre, pronto se destaca como orador –dicen que el mejor de su tiempo– y poeta. Por su integridad, su valor moral, su sinceridad, su aire romántico y bohemio y su coraje físico, es uno de los dirigentes más populares del partido de Alsina.

Por su influencia, en 1872, con apenas 20 años de edad, Yrigoyen es designado comisario de Balvanera.

Un compadre de Balvanera

Balvanera es la parroquia donde nació y se crió, que conoce e irá conociendo casi como nadie. Es una barriada difícil, de compadres y galleros, gauchos de los arrabales, negros y mulatos de algún modo descendientes de los orilleros de principios del siglo, de esa plebe porteña que integrando el regimiento de Patricios había hecho la revolución en 1810, se sublevó varias veces contra la clase “decente y principal” y finalmente conformó el núcleo del partido de Manuel Dorrego.

Más allá de los modos y la moda en el vestir, como la galerita requintada o echada sobre la nuca, a la manera de los compadres, Balvanera marcará la personalidad de Yrigoyen. Será de donde extraerá su picardía, su habilidad para eludir las persecuciones y los espionajes, su profundo conocimiento de los hombres del pueblo, su parquedad, su capacidad para escuchar y hacerse comprender, de donde nutrirá su peculiar estilo de conducción, basado en la relación personal, en la conversación individual, en el trato paternal, así como su notable capacidad para insuflar en sus seguidores esa lealtad recíproca, esa fe y esa mística que les permitirá mantener durante décadas una tozuda intransigencia de propósitos y principios.

Caminos divergentes

Por temperamento, por estilo pero también por sus ideas, será de algún modo la contracara de Alem. Sus distintas personalidades y su diferente visión del país y la política los llevarán a ir distanciándose,  al principio inadvertidamente, hasta llegar, 20 años después, a una dolorosa ruptura.

Durante las elecciones de 1877 Yrigoyen defiende a los tiros la casa de Alem, que es asaltada por sus rivales, a raíz de lo cual pierde su empleo, pero las primeras diferencias entre ambos surgirán pronto, durante la crisis por la federalización de la ciudad de Buenos Aires: Hipólito se inclina por las posiciones de Nicolás Avellaneda y Julio A. Roca, mientras Alem se opone férreamente a que la provincia ceda la ciudad como territorio federal.

En tanto, Yrigoyen es diputado nacional del roquismo, cargo que desempeña durante poco más de un año antes de alejarse de la política, seguramente en desacuerdo con los métodos de Roca, pero ya íntimamente distanciado de Alem, para abocarse a la enseñanza y al arrendamiento de campos. Si la primera es, luego de la política, su segunda gran pasión, la práctica de la invernada (de la que será precursor) le permitirá amasar una gran fortuna, que perderá una y otra vez financiando revoluciones.

Junto a Alem, en el 90 intervendrá, aunque con reticencias, en el surgimiento de la Unión Cívica y la revolución del Parque, que es a la vez el último levantamiento de Buenos Aires contra la nación y la primera revuelta popular contra el régimen oligárquico que había comenzado a cobrar forma luego de la batalla de Pavón y que, no obstante la crisis, sus fisuras y la apariencia de fragilidad, se encontraba en pleno proceso de consolidación.

Si bien el gran tribuno de esa revolución es Leandro Alem, la reticencia de Yrigoyen se origina en la participación relevante de Bartolomé Mitre, en quien ve la continuidad del partido unitario, la personificación de los enemigos del país y el culpable de la guerra contra Paraguay. Yrigoyen será, durante toda su vida y por sobre todas las cosas, un acérrimo antimitrista. “¿Cómo quiere que yo me haga mitrista? –dirá en alguna oportunidad– Sería como si me hiciese brasilero”.

Por esa razón, cuando Mitre traiciona la revolución pactando con Roca, Yrigoyen participará con el mayor entusiasmo de la creación de la Unión Cívica Radical, dando inicio a la primera de sus obras maestras, la organización del radicalismo de la provincia de Buenos Aires.

El cuartel central está en su domicilio, un PH en un primer piso de la calle Brasil, en la cuadra que a comienzos de los ’60 fue demolida para la prolongación de la avenida 9 de Julio, en el que permanentemente se congregan decenas de personas pero donde, fiel a su estilo, se reúne a lo sumo con uno o dos por vez. Desde ahí comienza a organizar el partido, sin jamás escribir una carta ni presentarse en persona en ningún pueblo de la provincia. Consciente de que el radicalismo sólo podrá concretar su obra –que ya llama “de reparación y regeneración”– o bien mediante la abolición del fraude y la celebración de elecciones libres o a través de una revolución, su método tiene tanto de conspiración como de predicación religiosa.

Envía a sus amigos y partidarios –no causalmente “correligionarios”– a difundir el ciertamente difuso ideario radical a los más remotos pueblos bonaerenses. De esta manera pudo formar, en cada rincón de la provincia, un núcleo de militantes que lo siguieron con inusual fidelidad tanto en las revoluciones como en las elecciones y la abstención electoral.

Las revoluciones de 1893

Luego de las elecciones presidenciales de 1892, en las que mediante el fraude, la violencia y la represión, Roca y Mitre consiguen anular a Alem e imponen la fórmula Luis Sáenz Peña-José Evaristo Uriburu, el radicalismo elige el camino de la revolución.

En 1893 estallarán dos. Una, limitada a la provincia de Buenos Aires y de características netamente civiles, organizada y dirigida por Yrigoyen con sigilo y meticulosidad, se impone en toda la línea: los radicales entran en triunfo en La Plata y proclaman gobernador a Hipólito quien, naturalmente y como también será proverbial, rechaza el nombramiento.

La revolución triunfa con magnanimidad, nobleza y caballerosidad. Yrigoyen sabe que llevarla más allá, enfrentar al ejército nacional, provocaría un  baño de sangre. Ya ha conseguido lo que quería, ha puesto en marcha un movimiento juvenil, popular y democrático que nunca pretendió tomar el poder sino echar abajo un régimen inmoral. Ha unido a todos los hombres de la provincia en una misma fe y con eso es suficiente. Años más tarde, esa revolución dará sus verdaderos frutos: en la provincia de Buenos Aires Yrigoyen será siempre invencible.

Meses después estalla la revolución nacional que viene preparando Alem. Se produce un levantamiento en Tucumán, desde donde los radicales invaden santiago del Estero. Se preparan estallidos en Mendoza, Córdoba, San Juan. A fines de septiembre se combate en Santa Fe. En Rosario, donde se encuentra Alem, se sublevan dos torpederas mientras que en Tigre lo hace el acorazado Los Andes. De todos modos, Alem es vencido.

Durante el movimiento, la provincia de Buenos Aires no se ha pronunciado, lo que Alem reprochará amargamente, culpando de su fracaso a lo que considera la traición de Yrigoyen, quien de todos modos es encarcelado junto a numerosos radicales.

Hacia el liderazgo indiscutido

Con el fracaso de la revolución de Alem principia la etapa del final del desencuentro entre los dos grandes líderes del radicalismo. Había comenzado en el 80, se agudizó con la revolución del Parque y se resolverá finalmente cuando, disconforme con lo que  promete ser un nuevo acuerdo con Mitre, Yrigoyen disuelva el comité de la provincia de Buenos Aires.

El posterior alejamiento de Lisandro de la Torre, enfurecido con Yrigoyen, la prematura muerte de Arsitóbulo del Valle, la avanzada edad de Bernardo de Irigoyen y el suicidio de Alem, deja a Yrigoyen libre de rivales internos. De ahí en más será el líder indiscutido del radicalismo, al que le impondrá su estilo, su mística, su desprendimiento, su repulsión a los acuerdos electorales, su intransigencia. No creará un “partido”, término que jamás utilizó para denominar al radicalismo, sino una unión, un movimiento, una confraternidad espiritual y casi religiosa de la que, más que líder, será el profeta.

La disolución del comité de la provincia de Buenos Aires da lugar a la formación de un núcleo de activistas que reconocen su jefatura. Son hombres jóvenes, profesionales, comerciantes, empleados, estancieros de vieja tradición federal, colonos y peones del campo a quienes impone disciplina y entusiasmo.

Yrigoyen conoce las mañas del régimen, pero se rehúsa a los pactos electorales para derrotarlo. Seguirá ganando voluntades, perfeccionará su organización en silencio, predicará en forma incansable. Sabe que si la soberanía popular no se hace efectiva mediante el voto libre de los ciudadanos, habrá que imponerla mediante la conspiración y la revolución.

Invierte años preparando la que habrá de estallar en 1905. A diferencia de la de 1893, pretende que sea de alcance nacional y de carácter exclusivamente militar, pero que también se imponga sin derramamiento de sangre. Para lograr esta hazaña será preciso volcar en su favor, en forma unánime, batallones y regimientos enteros. Vuelve a poner entonces en práctica sus admirables dotes de persuasión, ahora con oficiales del ejército de todas las graduaciones.

La revolución de 1905

Esa revolución, que, denunciada, estalla prematuramente, revela hasta que punto en esos años Yrigoyen ha transformado la fuerza creada por Alem y forjada al calor del alsinismo. Para Jorge Abelardo Ramos, el radicalismo de Yrigoyen procede del ala popular y federal del autonomismo nacional de Roca, y de las nuevas corrientes inmigratorias. Y dice: “Al estallar el movimiento que se proponía la realización plena de la Constitución y el ejercicio real del voto para todos los argentinos, el comandante Daniel Fernández arenga a su tropa: ‘Soldados: vamos a realizar una cruzada trascendental para la argentinidad, próxima a morir, que es el reverso de Caseros y Pavón’”

Los radicales de Córdoba pertenecían a familias vinculadas al federalismo provincial, como Elpidio González, nieto de un destacado político y periodista e hijo de Domingo González, que actuó en el levantamiento del Chacho Peñaloza siguiendo a Simón Luengo. Veterano de la Guerra del Paraguay, con el grado de coronel integró el ejército nacional que derrotó a los revolucionarios del Parque, aunque tres años después, luego del rompimiento de Alem con Mitre, reaparece en 1893 revistando en el bando radical

Refiriéndose a Entre Ríos. Ricardo Caballero, que combatió y contó esa revolución, dice: “El jordanismo se había incorporado a las filas de la Unión Cívica Radical, con los descendientes y los sobrevivientes de aquellos últimos gauchos de la epopeya entrerriana de 1870”.

Otro tanto ocurre en la mayor parte de las provincias. Así como en sus inicios el radicalismo había sabido atraer a los sectores más plebeyos de la sociedad bonaerense, a los habitantes de las orillas de la ciudad, a través de Yrigoyen se incorporarán las tendencias más criollas, los derrotados sobrevivientes de las guerras civiles, pero encontrarán también su lugar y su identidad los argentinos “nuevos”, los hijos de la primera oleada inmigratoria.

La ley Sáenz Peña
Vencida la revolución de 1905 –escribe Manuel Gálvez– el Profeta de los argentinos comienza una nueva Era. Ya no habla de revoluciones. Débil su partido, que apenas existe, y fracasado el recurso de la fuerza, Hipólito Yrigoyen va a emplear su habilidad. En su casa de la calle Brasil recibe a centenares de personas. Son hombres sencillos, generalmente jóvenes. A todos les interesa conocer al hombre misterioso. Ninguno rehúsa hablar con aquel de quien sus admiradores cuentan tantas cosas extraordinarias, de quien alaban con fervor exaltado su bondad, su poder de seducción, su grandeza de alma, su idealismo, su pureza democrática, su sencillez de apóstol”.

Yrigoyen ha sabido predicar con el ejemplo, aunque sin alardes, a media voz, casi en silencio. Así como ha destinado casi completos sus sueldos de profesor para comprar, en secreto, los libros y útiles de sus alumnas más necesitadas y no dudó en desprenderse de sus bienes para solventar los gastos de las revoluciones, mantener a las familias de los caídos, ayudar a quienes en la lucha han perdido sus empleos, se ha negado terminantemente a todo acuerdo electoral, a todo pacto espurio y ha rechazado todo cargo que se le ha ofrecido: no quiso ser senador, no quiso ser gobernador de la Provincia de Buenos Aires, ministro, hasta ha rechazado un gabinete entero. Es un hombre convencido del valor de sus ideas, de la importancia de su misión, de la increíble fuerza de su palabra.

En esa década azotada por la violencia y la represión una oligarquía cada vez más decadente, manirrota y extranjerizante sigue tirando manteca al techo y celebra el Centenario con estado de sitio, Congreso clausurado y Suprema Corte intervenida por el Ejecutivo nada menos que con la infanta de España como invitada de honor, de a poco, por medio de sus admiradores, el país se va enterando de la austeridad en que vive ese hombre misterioso, cuya existencia ha consagrado a la lucha por la virtud política.

Para el pueblo ya es el apóstol de la libertad y la igualdad.
Y lo sigue en ese, su raro camino, porque, según se mire, la tozuda intransigencia de Yrigoyen, la abstención electoral con que el radicalismo pretende derrotar a la oligarquía puede parecer extravagante.

Yrigoyen tiene algo de indio en sus silencios, en su aparente pasividad, en la impavidez con que observa al régimen carcomerse por dentro. Sabe o intuye que, cada vez más hostigados por los conflictos sociales y las protestas obreras, y cada vez más vacíos de representatividad ante una masa que en su abstención no muestra desinterés sino desprecio y oposición –que ha elegido un caudillo intachable e incorruptible que, como ya lo ha hecho antes, bien puede estar preparando una nueva revolución– tarde o temprano tendrán que acudir a él.

Y lo hacen. El presidente Figueroa Alcorta solicita su auxilio, le ofrece un pacto, trata de negociar los términos en que podrá manifestarse, libremente, la voluntad popular. Serán los términos posteriormente establecidos en la ley que el régimen llamará “Sáenz Peña”, por ser este quien promulgue los términos exigidos por Yrigoyen.

Todos, excepto uno. Yrigoyen corta el diálogo con Figueroa Alcorta cuando el presidente se niega a cumplir el requisito básico exigido: intervención federal y elecciones en cada una de las provincias antes de realizarse la elección nacional. Será Sáenz Peña quien se avenga a esta exigencia, aunque sólo en apariencia.

Más allá de que los más lúcidos exponentes de la oligarquía reconozcan que el sistema institucional con el que habían regido los destinos del país durante los últimos 50 años era una simulación y una falsedad, el ofrecimiento esconde una trampa. El régimen conservador tenía arraigo popular y confía en que le será suficiente para vencer al radicalismo, logrando así sus dos objetivos: mantenerse en el poder y cooptar a Yrigoyen, o bien asociándolo o bien complicándolo en la preservación de ese sistema oligárquico, antipopular y antinacional. Pero, preventivamente, conservaría varios reaseguros: el control del Senado por medio de elecciones provinciales fraudulentas, el control del Poder Judicial, construido a su imagen y semejanza y de ahí en lo sucesivo sistemático custodio de sus intereses. Y, no menos importante, el manejo de lo que, con los años y el desarrollo tecnológico será el principal instrumento del poder económico: los medios de comunicación.

No casualmente, con posterioridad, Luis Dellepiane (con Homero Manzi, Gabriel del Mazo, y Arturo Jauretche, uno de los jóvenes radicales que frecuentarán al caudillo en su último año de vida), dirá: “La ley Sáenz Peña fue la trampa que el régimen tendió al radicalismo para apartarlo de su camino revolucionario”.

El irrefrenable concurrencismo

Probablemente Dellepiane no hiciera más que repetir las palabras del Hombre. Yrigoyen sabía perfectamente los peligros que encerraba la aplicación propuesta por Sáenz Peña del acuerdo que no había podido cumplir Figueroa Alcorta, pero la travesía por el desierto a la que había sometido a sus fieles se había prolongado por demasiado tiempo. Los radicales se sabían mayoría y, además de empleos, con sólo presentarse a elección podrían disponer de diputaciones, concejalías, gobernaciones. Fue inútil que Yrigoyen insistiera en la abstención: los radicalismos de la capital y de Santa Fe desoyeron a su líder, participaron en las elecciones de 1912, las primeras celebradas bajo la nueva ley, y triunfaron. El concurrencismo resultó también imparable en 1916 y, contraviniendo los deseos de Yrigoyen, sus seguidores le impusieron la candidatura: todos los radicales y todo el país sabían que no había otro candidato posible.

En prueba de que no se equivocaba al recelar del régimen, gana con comodidad las elecciones pero está a punto de ser derrotado en el Colegio Electoral. Si los conservadores no triunfan es sólo por falta de disciplina y ausencia de un liderazgo claro.

Su asunción, el 12 de octubre será apoteósica.
Nunca se ha visto y hasta su sepelio no se verá tamaña multitud en las calles. Luego de jurar ante la asamblea legislativa, el presidente debe dirigirse hasta la Casa de Gobierno. La policía y el escuadrón de caballería que lo custodia son impotentes para contener a la multitud, que tras desenganchar los caballos del carruaje lo lleva a pulso a lo largo de la Avenida de Mayo.

Cuenta Gálvez: “En las cejas de Yigoyen se marca una contracción de desagrado. Quiere bajar de la carroza, pero la multitud no lo consiente (….) Y así, arrastrado por sus fanáticos, rodeado de la plebe porteña, entra en la Plaza de Mayo, en la antigua Plaza de la Victoria (…) Ochenta y siete años atrás (…) entró en la Plaza de la Victoria, arrastrado su coche por doscientos partidarios, rodeado de la plebe porteña y en medio del delirio de la ciudad, exactamente como ahora Hipólito Yrigoyen, el gobernador electo de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas”.

En ese momento empezará otra historia, la obra reparadora y regeneradora de Yrigoyen, la neutralidad, la no ingerencia en asuntos de otros países, la defensa de la soberanía, la lucha por la autodeterminación de los pueblos, la solidaridad con Nicaragua y República Dominicana, invadidas por Estados Unidos, la creación de YPF, el gran impulso a la educación pública, el fomento a la organización gremial, el llamado a convenciones colectivas, en medio del sabotaje sistemático de la oligarquía y la incomprensión de otros partidos y organizaciones populares. Y como todos los líderes anteriores y posteriores, como ocurrirá menos de cuarenta años después con Perón, Yrigoyen será víctima de una de las más virulentas campañas de difamación de que se tenga memoria.

La continuidad argentina

Hay en la significación histórica de Yrigoyen algo más que la recuperación de la soberanía popular, algo que trasciende al aura de misterio que se creó a su alrededor, a sus dotes de conductor y organizador, a su intransigencia, a su legendario desprendimiento y, aun, a una obra de gobierno nacionalista, latinoamericanista y popular: sin Yrigoyen la Argentina de la independencia, la Argentina de la “patria vieja”, la de las resistencia nacional a las invasiones, jamás hubiera podido reconocerse en el país que surgía al calor de la nueva división internacional del trabajo y se amoldaba obedientemente a un orden dictado por las potencias, mientras sus calles se poblaban de una masa heterogénea de extranjeros sin identidad común, sin la menor conexión con la tierra en la que nacerían sus hijos, rechazados además por los hombres del Régimen.

El radicalismo yrigoyenista será eje de agrupamiento de esos argentinos nuevos, su ancla y su vínculo con la historia, las tradiciones y las luchas de un país que no conocieron y del que jamás oirían hablar en sus casas. Esa es la gran obra nacionalizadora de Yrigoyen. Gracias a él, a pesar de las grandes transformaciones, de la suplantación casi total de la población, del exterminio de criollos, indios y negros y su reemplazo por extranjeros igualmente despreciados, el país siguió siendo el mismo y el pueblo argentino del siglo XX pudo reconocerse en las luchas y las aspiraciones del pueblo argentino del siglo anterior. Gracias a Yrigoyen, ambos pueblos fueron uno y el país, siempre diferente, siguió también siendo el mismo.

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