Por Juan Manuel Palomino Dominguez   ***

Existe hoy, incluso dentro de la izquierda militante, algunos pensadores que ven en el Covid-19 la llegada de un tipo de justicia divina que nos mostrará la vulnerabilidad de todas las clases sociales, sin distinción. Algunos creen que la enfermedad nos hará reflexionar global y colectivamente sobre la naturaleza injusta e injustificada de nuestro sistema capitalista hoy.

Directa e indirectamente, hay quienes creen que las clases dominantes harán un «mea culpa» cuando vean cuán banales son su codicia y sus esfuerzos por acumular capital. Se cree que muchos tendrán un sentido más profundo de la existencia y de cuán efímero es nuestro paso por la vida.

Nada podría ser más superficial e incorrecto.

La pandemia, que se extiende y se cierne sin control en todo el mundo, desentrañará el interior de un sistema desigual, globalizado y segregante. Más que nunca tendremos relatos carnosos de la naturaleza individualista que se ha apoderado de nuestra sociedad. Y, en cualquier parte del mundo, será la condición social y de clase de cada persona, lo que marcará la diferencia al lidiar con las vicisitudes que el virus causará en nuestra vida social.

Dentro del área de la microsociología, podríamos decir que para quienes viven en centros urbanos, llegar a un hospital será incomparablemente más simple que para los residentes de barrios marginales o periféricos. Mientras que aquellos con automóviles podrán tener la mínima comodidad y agilidad, las clases populares tendrán que arriesgarse a tomar el autobús, el metro y otros tipos de transporte público. ¿Qué pasará con los conductores de autobuses? ¿Conoceremos todas las historias de los conductores de autobuses y de uber que arriesgarán sus vidas para cumplir con su servicio? ¿Sabremos quienes contrajeron la enfermedad porque fueron obligados a trabajar, impuestos por la empresa o por necesidad, e incluso con el resto de la población en cuarentena? No dudo de las innumerables veces en que, entre las clases populares, se compartirán automóviles para ayudar a un vecino, un miembro de la familia, un amigo, que necesitará de ayuda,de un viaje a una clínica de salud en carácter de urgente. Mientras, otras familias tendrán autos sin usar en la oscuridad de los garajes.

Los ancianos que viven solos y tienen una seguridad social insuficiente también dependerán de la solidaridad de sus vecinos y o de una ayuda del estado. En cuanto a los de clase alta, como sabemos de casos que sucedieron en todo el mundo, obligarán a sus empleados a trabajar para ellos, incluso con el riesgo de contagio. En otros casos, ¿Sabremos sobre los y las trabajadores de la limpieza que tuvieron que ir a trabajar porque su salario es proporcional a la cantidad de veces que asisten al servicio? Las enfermeras, el resto de los trabajadores del transporte público, las trabajadoras sexuales, los cajeros de los supermercados, ¿qué será de estas personas? ¿Cuál es la decisión correcta para una trabajadora sexual, que paga el alquiler de su casa con cada servicio que realiza? ¿Debería dejar de trabajar y encontrarse en una posible situación de persona sin hogar? ¿O continuar trabajando con riesgo de contagio para ella, sus posibles hijos y el resto de su familia?

Las condiciones de higiene también serán diferentes para los diferentes grupos sociales. Mientras que las clases media y media alta agotan los supermercados de alcohol en gel, los marginados sabrán cómo compartir este producto de manera altruista. O demostrarán la efectividad del água y jabón, sumado al sentido común. Las ambulancias llegarán más fácilmente en algunos barrios. Sabemos que los modelos de los vehículos utilizados para este servicio y la tecnología con la que estarán equipados variarán, una vez más, de acuerdo con la clase social del paciente. En las casas pequeñas, de las personas con salarios bajos, ¿cómo se cuidará la higiene si alguno de los que viven allí contrae la enfermedad? ¿Imaginas la diferencia entre una familia que tiene una habitación para cada uno de los que viven en la casa, y que podría aislar a su pariente enfermo, con la situación de quienes comparten, a veces incluso una única sala para todos los familiares?

Quienes están en contra de la despenalización del aborto, ¿Qué piensan hoy de un sistema de salud insuficiente para atender a las mujeres embarazadas de bajos ingresos que necesitarán atención inmediata si están infectadas? ¿Les importa la vida de esos embriones hoy? ¿Pedirán por un estado más presente, por la estatización de la salúd pública?

Con toda una población pobre que necesita una cobertura de salud decente, ¿quién puede perdonar a los líderes religiosos millonarios que mantendrán su fortuna oculta durante toda la pandemia? ¿Qué tipo de lectura del Nuevo Testamento es esta? El 0,7% de la población mundial posee casi el 50% de la riqueza total del planeta. ¿Tendrán realmente el virus el mismo impacto en sus vidas que en la de las personas más marginadas y excluidas? ¿Cómo justificará esta sociedad a través del concepto de «meritocracia» todas las desigualdades que sufre la población más desfavorecida por el sistema?

Bernie Sanders es el candidato presidencial demócrata que hoy aboga por la creación de un único sistema universal de atención médica en los Estados Unidos. ¿Por qué no pensar en un sistema de salud universal como un derecho global? ¿Qué nos impide tratar de volver viral una campaña de concientización para que cualquier ciudadano del mundo pueda tener acceso a un sistema de protección de la salúd gratuito?

Slavoj Zizek señala el triste fenómeno de cómo los medios se muestran más preocupados por lo que sucede en los mercados que por las miles de víctimas que la pandemia ya ha causado. Los muiertos por el coronavirus son anónimos, pero los nombres de las compañías afectadas y los países que tienen mercados bursátiles en caída, nos resultan cada vez más familiares. Indudablemente conoceremos a cada una de las personas famosas que fueron infectadas, pero sabremos poco de la masa desconocida por la cual el sistema tiene poco interés en hacer algo.

Algunos psicólogos sociales ya advierten del trauma que al final quedará marcado en la psique de la generación del coronavirus que atraviesa la cuarentena. Pocos enfatizan la diferencia de intensidad entre las diferentes clases sociales que pasarán por esta situación.

No pequemos de un exagerado misticismo. El coronavirus no establecerá una «justicia divina», no va a igualar a las clases sociales frente a la muerte. Tampoco esperamos que las clases privilegiadas “tomen consciencia». No tomarán ni una medida para retroceder en sus privilegios.

La pandemia mostrará el carácter trágico de las desigualdades sociales que caracterizan a nuestra sociedad contemporánea. Subvertamos su fuerza devastadora y usemos esa energía para afirmarnos en la reivindicación de derechos humanos universales como el derecho a la educación, a una vivienda digna, al trabajo, a un ingreso mínimo y a la salud. A través de la educación y la «conciencia» podemos hacer que toda la población comprenda la importancia de las políticas públicas, de un estado presente, de una idea global y transnacional de solidaridad. Pero nada de esto nos será dado. Para lograr estos objetivos, necesitamos sacudir conjuntamente la estructura del sistema aún más de lo que Covid-19 lo ha estado haciendo desde noviembre de 2019.

https://www.telesurtv.net/opinion/El-coronavirus-pintara-un-despiadado-retrato-de-nuestro-mundo-20200323-0029.html?utm_source=planisys&utm_medium=NewsletterEspa%C3%B1ol&utm_campaign=NewsletterEspa%C3%B1ol&utm_content=43