Por Angel Berlanga   ***

Entrevista a Ezequiel Fernández Moores.

Viene de una familia de siete hermanos que se repartieron entre el derecho, el sacerdocio y el periodismo. Ezequiel Fernández Moores optó por este último oficio. Desde sus inicios muy tempranos en la agencia Télam, se convirtió en un extraordinario periodista deportivo. Se curtió en redacciones de diarios –PáginaI12 entre ellos–, revistas deportivas y agencias de noticias, donde aprendió el valor del dato duro y la prosa urgente. Pero con los años, Moores se fue deslizando hacia las historias más humanas que se encuentran detrás de los datos. Cubrió ocho mundiales y escribió la biografía de Ringo Bonavena, y ahora es el turno de presentar Juego, luego existo (Sudamericana), 55 artículos y más de 40 extractos de textos varios: historias de mitos de carne y hueso, de Maradona a Messi, de Garrincha a Ginóbili, de Muhammad Ali a Serena Williams y Pep Guardiola. En esta entrevista, Fernández Moores recuerda su trayectoria en el periodismo y reflexiona acerca de una profesión que se encuentra en su máximo punto de precariedad laboral.



Imagen: Pablo Mehanna

No podía fallar. Ezequiel Fernández Moores es de los mejores periodistas deportivos en la historia de la prensa argentina y una antología de sus notas publicadas a lo largo de cuarenta años de trabajo tenía que desembocar en un libro formidable: eso es Juego, luego existo, un volumen que reúne 55 artículos y 47 extractos de textos varios, aparecidos inicialmente en los medios gráficos por los que transitó este porteño apasionado del oficio, un tipo que se ha mantenido a distancia de los carriles del divismo, la solemnidad, el petardeo o los servicios de negocios, un tipo que entrevera con maestría datos, tramas y mecanismos del poder, historias, contextos, semblantes, dramas y épicas, citas de libros y documentales casi desconocidos aquí, voces claves, detalles exquisitos.

Garrincha en el arte de la gambeta, en la pendiente del alcohol, cantado por Zitarrosa, consagrándose en Chile 62 y de gira crepuscular en Italia, unos partidos de mala muerte en los que lo acompaña Chico Buarque. El superclásico en sus orígenes, el barrio junto al Riachuelo en común y la infinidad de lazos afectivos entre Boca y River, el contraste con la violencia azuzada en el presente, el contraste entre la pujanza barrial en la segunda mitad del siglo XIX que establece Dora Barrancos y la marginalidad del presente. La línea de rebeldía que une a Muhammad Ali con Colin Kaepernic, el jugador de fútbol americano que se arrodilla en la cancha cada vez que suena el himno, en protesta por la violencia policial contra los jóvenes negros. Serena Williams y Pep Guardiola y sus lecturas de poesía en alguna encrucijada. La identidad de los All Blacks, sus ritos, sus mitos, su vocación de aprendizaje colectivo y constante. Pelé, Ginóbili, el motonauta Scioli, Gabriela Sabatini, Riquelme, los sesenta años del circo de la Fórmula 1, el ciclista Armstrong y un documental para glorificarlo que mutó drástico tras conocerse sus dopajes. Macri, Arribas, Tévez y los negocios turbios con las transferencias, contados hace doce años. Gobiernos, personajes y millonadas en la AFA, la FIFA, el COI. El fabuloso Huracán del 73. Un capítulo con varias notas sobre Messi; otro capítulo con varias notas sobre Maradona. El periodista vasco Santiago Segurola anota en el prólogo: “Fernández Moores logra el pequeño milagro de conectar la mirada milimétrica del entomólogo con una visión universal del deporte”.

Firmó contrato con Sudamericana hace cinco años, pero no conseguía enchufarse. “‘Si ya están publicadas las notas, para qué voy a hacer un libro’, me decía”, cuenta. “Había algo mío que me trababa, me dejaba llevar por el laburo cotidiano y fue pasando el tiempo. Después de la ceremonia en la que me dieron el Kónex por periodismo deportivo, en la editorial bromeaban: ‘Ya no sabemos qué hacer con vos…’ Ahí surgió lo de poner a alguien y yo propuse a Alejandro Wall, que es amigo, y además tengo un enorme aprecio por su talento. El hizo todo ese laburo de selección, que yo no iba a hacer nunca en la vida, creo”. Durante años guardó los papeles de sus notas para consulta de datos. “Como en general tengo un uso del dato muy intenso, y eso proviene claramente de la escuela de agencia, me venía bien tenerlas a mano”, dice. “Ahora con internet es otra cosa, pero cuando comencé eso no existía. Por eso las guardé. Le di a Alejandro un bolso con cerca de mil artículos y le dije: Acá lo tenés, ahora es tu turno”.

“Acá, en este libro, hay una obra”, anota Wall en su nota introductoria. “Y esa obra camina por una coherencia, y esa coherencia no significa pensar siempre lo mismo, ser monolítico en el paso del tiempo. La coherencia está en la agenda, en los temas, en el lugar para observar y contar. Está también en no sacralizar el oficio periodístico, en mirar un poco más allá, y en la búsqueda de los porqués dentro de un contexto”. Wall organizó el volumen en once capítulos/temas, encabezados y posdatados con textuales de Fernández Moores. Algunos de esos capítulos: “Los artistas” (y ahí están Garrincha, Zidane, Bielsa, Jordan, Federer); “Idolos en emergencia” (Tyson y Monzón, Borg y el arquero alemán Enke); “La pasión según San Diego”; “Messidependientes”; “Fútbol S.A.”; “Cuando la pelota tapó todo”, que arranca con los entretelones siniestros del Mundial 78; “La edad de la inocencia”, centrado en los juegos olímpicos y el amateurismo; y “Hora de cierre”, donde aparecen textos sobre Cortázar y el box, Galeano y su amor por el fútbol, Soriano y el Mundial que se inventó en la Patagonia durante la Segunda Guerra, Fontanarrosa y sus cuentos, su pasión canalla, la gloria alcanzada con una parrilla que lleva su nombre. “Le pasé a Alejandro cuatro o cinco caprichos de artículos que quería que figuraran y después sí, es todo tuyo, le dije”, cuenta Fernández Moores. “Es como que necesité la mirada del otro, porque la mía estaba muy contaminada. Y estoy seguro de que la mirada del otro enriquece”.

¿Un par de ejemplos entre esas cuatro o cinco que sugeriste?

–Una es la de Bobby Fischer, le tenía mucho cariño a esa historia. Las notas en las que sos testigo directo, que hacés en campo, siempre tienen el valor de la presencia, de la mirada directa, propia. Era en Reikiavik, un lugar de fin del mundo sobre un personaje del fin del mundo; yo ni sé jugar al ajedrez, pero Bobby Fischer me fascinó siempre y estaba en una ciudad en la que posiblemente nunca más voy a estar. Fue muy difícil entrar a la situación, pero logré que un librero, a partir de un amor común con Borges, se destrabara y me contara algo que nadie sabía: que Bobby Fischer estaba internado, grave. Creo que fue la primera vez que tuve una primicia mundial en mis manos. Yo estaba a tres horas de subirme a un avión hacia Praga, porque cumplía 50 años y lo íbamos a celebrar allá con mi pareja, María Josefina Cerutti. Y fuimos a Praga, pero esa  primera noche me puse a escribir la nota  para La Nación, y convencí al jefe de la sección para que entraran los 25.000 caracteres, que es una locura. Pero bueno, quería que figurara la historia entera.

El otro capricho que cita Fernández Moores es una investigación sobre el Mundial 78 que hizo para la agencia DyN, publicada en agosto de 1982. “Todavía era la dictadura, aunque ya pos Malvinas, y se podían decir algunas cosas”, sitúa. “En ese momento la nota provocó un gran escándalo”. El texto arranca aseverando que el torneo le costó a los argentinos 520 millones de dólares, y que averiguar la forma en que se había gastado ese dinero era una misión casi imposible. “El del 78 fue mi primer mundial, yo había empezado a trabajar en enero en NA”, cuenta. “Era evidente que había algo más pesado que un mundial de fútbol, pero no tenía ni la capacidad, ni los ojos, ni la información para contarlo. Y tal vez tampoco lo hubiese podido contar en ese momento. Pero siempre me acuerdo de que Johnny Rep, el jugador holandés, un día antes de la final me dijo ‘tenemos miedo de ganar mañana’. Y yo lo escribí, porque me pareció fuerte, pero no entendí muy bien por qué me decía eso. Con el tiempo logré incorporar información, comprender el contexto, porque tenía muchas ganas de contarlo. Eso me marcó mucho también para entender todo lo que hay atrás de una pelota de fútbol”.

Ganar o perder, algo más que empatar

Nació el 16 de noviembre de 1957. En los primeros años están el barrio de Congreso y una escuela de monjas; luego la familia se mudó a la zona de Botánico y pasó a un colegio de curas de Barrio Norte, el San Agustín. “Hay que sobrevivir a ciertas cosas”, se ríe Fernández Moores, que es ateo. En el colegio jugaba al rugby, de ala; también jugó de apertura en Alumni y CUBA. Sus mayores hazañas fueron en el 74, en los Torneos Evita de Capital: ganó en el single de tenis de su categoría. “Ese mismo año, en el campeonato de fútbol jugaba en el San Agustín de número 2”, cuenta. “Y siempre me acuerdo que el Pacha Yácono, un jugador de River que andaba por ahí, vio un partido y dijo que si llegábamos al final de la zona quería que ‘el 2 y el 11’ nos fuéramos a probar a River. O sea que alguna cualidad vio el hombre. Pero no llegamos a la final, así que no hubo ninguna prueba. Bueno, como ves, esos son mis éxitos populares”. Pericia para varios deportes, competitividad, placer por el juego, eso asoma también en ese palmarés juvenil.

“Nosotros somos siete hermanos varones y Cristian, el del medio, es cura. Los tres mayores están muy vinculados al derecho y los otros tres, los menores, somos periodistas”.
El es el quinto hermano, el que empezó con el periodismo en la familia. “Estudié en el Círculo de la Prensa entre el 76 y el 78“, precisa. “Y en un momento un pariente me dijo que conocía a alguien en Télam, así que fui. ‘¿Qué sabés hacer?’, me preguntaron, y de entrada dije ‘deportes’, porque sabía que ahí no iba a meter la gamba, que podía tener cierta autoridad. Siempre tuve como mucha suerte: para la primera nota me encargaron ir a Ezeiza a esperarlo a Reutemann, que volvía victorioso de un Gran Premio en Brasil”. Cuando llegó, era el único periodista que lo esperaba. “Yo tendría 20 o 21 años, y recuerdo que Reutemann me puso la mano en el hombro y me empezó a contar todo, en detalle, casi como un amigo. Pasé la crónica con las declaraciones por teléfono y salió publicada en todos lados: como era el único…”. En su segunda salida cubrió una práctica de River, rescató los resultados de un torneo de tenis en el Club Municipalidad y ahí se cruzó con Armando Torres, jefe de la sección en la agencia Noticias Argentinas. “‘¿Querés hacer una prueba de redactor en NA?’, me preguntó, y yo le dije que sí, pero ni sabía qué era NA. Llamé a un profesor, Juan Carlos Pisano, para preguntarle, y me acuerdo que me dijo ‘Norma Aleandro’: se ve que en el ambiente le decían así a la agencia. Le consulté qué hacía, porque recién había empezado en Télam y me estaban ofreciendo esto. ‘Ni lo dudes, andá a hacer esa prueba’. Por suerte pasé y quedé. O sea que fui cronista por dos días: tuve un ascenso fulminante por haber estado a la hora indicada en el lugar indicado con la persona indicada. Las dos situaciones en Télam fueron absolutamente fortuitas, pero hay una frase que dice: que la suerte te encuentre trabajando”.

Escribió en El periodista, en Página/12 y en Olé, en Mística, Playboy, Trespuntos. En la actualidad escribe en La Nación y en la agencia Ansa (en situación crítica en este momento, con amenazas de despido de personal). “Llevo cuarenta años trabajando en agencias, y le tengo mucho cariño al trabajo ahí”, dice Fernández Moores, que a los 24 años fue el primer jefe de deportes de la agencia DyN. “La dirigía Horacio Tato, el hijo del censor, Paulino”, cuenta. “Horacio tenía un extraordinario sentido ético de la profesión: yo cuento una anécdota con él. Durante el Mundial de España, en 1982, mandé una crónica tremenda, muy dura, sobre José María Muñoz, que comenzaba diciendo ‘el obeso relator radial’. ‘No te la van a publicar, porque radio Rivadavia es accionista de DyN’, me dijeron: él relataba ahí. Yo la mandé igual. Y Tato me llama y la observación que me hace es por lo de obeso: ‘Si todo el mundo lo conoce como el gordo Muñoz, ¿por qué le ponés obeso? Es ofensivo’. Me dio una lección de periodismo: al resto del cable, donde contaba cosas durísimas sobre Muñoz, no le puso ninguna objeción. Pero me pidió no ofender”. La crítica sí, la burla no, se lee en uno de los textuales del libro.

En la intro de “Los artistas”, Fernández   Moores escribe: “Escépticos por naturaleza, los periodistas no somos fáciles. ‘Hay algunos que, en medio del jardín florido, solo pueden ver la caca del pajarito’, describió alguna vez Nelson Rodrigues, cronista y dramaturgo brasileño. Más de una vez creí ver ese jardín florido, pero me faltaron palabras para describirlo. Como me faltaron también otras veces para poder contar el dolor sin golpes bajos. Los poetas, en más de una ocasión, fueron entonces mi salvación. Desconfío en general de las metáforas que describen al deporte como una gran lección de vida y a los ídolos como ciudadanos dignos de imitar. ‘La vida’, dijo alguna vez Julio Velasco, sabio entrenador de vóleibol, ‘es algo más complejo que ganar o perder’”.

Emociones populares

Entre el enorme y variado caudal de trabajo de estos cuarenta años, que incluye programas de radio, guiones para documentales, conferencias en diversas ciudades de América y Europa, Fernández Moores escribió el clásico Díganme Ringo, biografía de Oscar Natalio Bonavena, publicado inicialmente en 1992 y reeditado en 2015. Entre Argentina 78 y Rusia 2018 cubrió ocho mundiales. “Es un placer: me meto completamente en los partidos, pero siento que es la gran oportunidad para hablar un poco del mundo”, dice. “La pelota se junta en un lugar y está media humanidad mirándola, y esto genera algo muy interesante. De repente tenés que hablar de países de los que no hablaste en tu vida, y ahí atrás hay una historia deportiva fascinante para contar. Están los equipos de fútbol, y están los hinchas y sus expresiones en el llanto o en la euforia, pero uno busca además puertas de entrada a partir de documentales, o a partir de los poetas del país que fuere, en quienes siempre vas a encontrar alguna palabra que te estaba faltando para contar”.

Dice Fernández Moores que desde hace unos años se ha ido desplazando desde las investigaciones con datos más duros hacia una preferencia por las historias. “Es como que siento que de la FIFA ya hablé mucho. Las historias también describen las arbitrariedades del poder, esas situaciones, pero es como que está más presente el factor humano. Y vaya uno a saber por qué, pero me preocupé por hacer más livianos los textos, en el sentido de que antes, por formación de agencia, la data era siempre prioritaria. Tratar de que fueran más bellos, si cabe la expresión, y esto combinado con que siempre necesito decir de dónde saco la información, o en qué fundamento una opinión”.

Y sí: la lectura de Juego, luego existo va destilando una bibliografía para tomar nota. “Me jacto de tener la mayor biblioteca privada de libros deportivos de América latina: como es incomprobable, me puedo jactar”, se ríe. “No tengo idea de si esto es así, pero la verdad es que debo tener unos dos mil libros deportivos: italianos, ingleses, franceses, portugueses, brasileños, de muchos otros países. Uno va conociendo determinados autores y les tiene un respeto muy grande, porque a lo mejor se pasaron cinco años investigando un tema que uno a lo mejor aborda en una semana: nunca pretendo saber más que esos autores. Cuando tengo algo nuevo relacionado con un tema o un personaje que supuestamente no está en el libro igual hago una consulta importante, porque me sirve para entender el bosque, el contexto”. Dice Fernández Moores que nunca creyó en las etiquetas del periodismo independiente o neutral: “Esas son tonteras, siempre estamos opinando”, señala. “Ya desde la elección de un título, o desde priorizar un dato sobre otro. Lo que intento es siempre un ejercicio de honestidad intelectual ante el hecho informativo. Cuando escribimos estamos nosotros ante nosotros, es un acto de soledad por más fuentes que consultemos, y la arbitrariedad es una invitación permanente. Ahora, ¿neutro? Jamás quise ser neutro en mi vida. Ni tampoco independiente. Porque en definitiva estoy dependiendo de mis propios prejuicios, también”.

Le produce pudor la sobre exposición del periodismo. “Nosotros ya invadimos espacios públicos a través de lo que escribimos, de lo que decimos en la radio y en la tele”, explica. “Que todavía vayamos por más, que ocupemos más espacios, me parece un exceso: como al espacio lo manejamos nosotros, aprovechamos para seguir hablando de lo que hacemos. Hay algo de narcisismo que hasta incluye una narrativa que ubica al periodista casi como un superhéroe: eso además de pudor me da un poco de vergüenza”. Y esto se ha potenciado, dice, con las redes y el mundo de la web. Fernández Moores no las usa: compró su primer celular el último día del año pasado y hace muy poco que empezó a usar Whatsapp. “A los celulares anteriores me los daban en el laburo, y sólo los usaba cuando me iba de viaje. Yo siento que dentro de mi caos organizativo tengo un orden para pensar, y siento que el celular me complica ese orden, porque todo parece más urgente o importante, todo es ya. Y como desde hace un tiempo decidí escribir de temas que excedan la urgencia, que busquen cierta permanencia, surge cierta contradicción”.

Dice que siempre tuvo una mirada crítica del periodismo en general y del periodismo deportivo en particular. “El show del periodismo deportivo me produce mucha vergüenza, pero cuando siento que desde otros lugares se le pega a eso con alarmante facilidad, casi casi que me pongo a defenderlo”,  aclara. “Las secciones más combativas y solidarias en las horas difíciles de crisis salariales o rajes, las encontré en Deportes. Y eso indica algo. Y después me parece que la sección ofrece una conexión interesantísima de posibilidades, muy amplia, que te obliga a manejar algo con lo popular. Porque cuando uno habla desde la economía o la política está como hablándole a especialistas; pero con el deporte tenés que conectar lo popular con la emoción, con lo técnico. Hay algo ahí que me gusta, ver cómo la sensibilidad del deporte te obliga a tener los sentidos elevadísimos. Me gusta hablar de la corrupción en el deporte, y de los negocios, tengo mucho texto sobre eso, pero al escribir no puedo dejar de lado las emociones populares”.

No recuerda un momento tan crítico para el periodismo en lo que va de la democracia. “En lo laboral, primero: tenemos más de tres mil colegas sin trabajo; y en la precarización salarial”, dice. “Nunca vi que fuera tan despreciado el trabajo del periodista en términos salariales, que valga tan poco nuestro oficio, nuestro conocimiento, nuestra técnica. Que importe tan poco”.

¿Y por qué pensás que pasa?

  –Pareciera que solo importa lo que antes era patrimonio de la televisión, el tema del rating, que solo interese lo que mide, y sabemos que para medir suele golpearse bajo. A partir de la web, de los clics y todo eso, se pasó a tener una especie de rating del momento en los medios gráficos, y entonces lo que se busca es el impacto. Se busca más impactar, como golpear, que informar. Además de lo laboral, que está tremendo, los medios están siendo utilizados para controlar, para influenciar, para manipular. Se pueden omitir manifestaciones de 50.000 personas en la calle, no decir nada de eso, y a la vez una protesta de diez personas puede ser tapa. Se informa según el interés de turno, y eso me parece un retroceso tremendo. El periodismo siempre protegió sus intereses y la fórmula de cómo se fabrican las noticias, eso es más o menos histórico, nada nuevo ahí. Pero lo burdo de la manipulación de hoy día, y su ostentación, asombra. Que nos tomen por tontos. Y eso me produce una especie de distancia, de vergüenza con mucho de lo que veo hoy en el periodismo. Con todas las excepciones que hay, que para mí confirman la regla.

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