por Diego Tatián

“Quizá por primera vez la derrota de una experiencia política favorable para las mayorías sociales –y para minorías excluidas por el sentido común colonizado y por las minorías del dinero y el poder– no ha diezmado el sentido de esa experiencia ni la voluntad ciudadana que la hizo posible”.

No estamos ante una dictadura. Estamos ante algo que podríamos enunciar como una continuidad de la dictadura por otros medios: bajo un gobierno de los civiles de la última dictadura cívico-militar que accedieron a él por medio del voto. El origen electoral de una alternancia es condición necesaria pero no suficiente para dotarla de legitimidad democrática; no obstante, su pérdida no nos arroja automáticamente en una dictadura. Quizá nunca antes en un gobierno electo la vulneración de la formalidad republicana –inescindible de esa legitimidad– haya sido tanta y tan brutal como lo es desde diciembre de 2015. No estamos ante una dictadura sino en la encrucijada de una continuación y de una interrupción que podría designarse negativamente con la palabra des-democratización.

La continuación lo es del plan económico de la dictadura, junto a lo que en los años setenta debió imponerse por medio del Terror ejercido desde el Estado: la entrega por endeudamiento, el saqueo del patrimonio público, el disciplinamiento social, el desprecio por los derechos humanos, la renovada amenaza de destruir los más básicos derechos civiles mediante un retorno –en este caso no sistemático sino planificado en sus dosis– de represión, de encarcelamientos por motivos políticos, de listas negras con las que intimidar intelectuales, sindicalistas, dirigentes sociales y estudiantiles; extorsiones judiciales, encubrimiento –al menos– de una desaparición, habilitación de pulsiones fascistas alojadas en napas sociales que nunca dejaron de estar allí –antes inhibidas por la política, ahora promovidas a su emergencia inmediata–; sometimiento cultural, financiero y político a los poderosos del mundo en detrimento de una fraternidad continental; destino armamentista de los dineros públicos, imposición de un principio de crueldad que obtiene su eficacia en un siniestro ejercicio de violencia acompañado por una retórica de la alegría, el amor y la felicidad.

La interrupción, en tanto, lo es de un proceso –nunca continuo ni lineal– de democratización, que tuvo inicio en la recuperación democrática de 1983 y cuyas bases fueron sentadas por el gobierno de Raúl Alfonsín. Por democratización proponemos entender un incremento de derechos en los sectores populares que habían estado despojados de ellos por las relaciones de dominación de las que normalmente son objeto: la conquista de derechos civiles y políticos, cuyo desarrollo democrático prospera en una conquista siempre provisoria de derechos sociales, los que a su vez se extienden en derechos económicos que complementan o realizan las libertades civiles –sin las que no existe democracia– con la justicia social y la igualdad real –sin las que tampoco existe democracia en sentido pleno, sino solo democracia como máscara y administración del privilegio. Proceso de “des-democratización” –de ninguna manera dictadura– llamaría al actual estado de situación en la Argentina y otros países de la región (como Brasil), que despoja de derechos y excluye nuevamente a los que no tienen parte.

El macrismo es una continuación de 1875, de 1930, de 1955, de 1966, de 1976 y de los años 90
(queremos expresar con esas cifras históricas: la violencia racista contra los pueblos preexistentes; la dominación oligárquica –palabra que de manera imprevista ha vuelto a cobrar actualidad–; la extirpación con todos los medios a disposición de una compleja experiencia popular y la venganza contra ella; la destrucción del sistema educativo y científico; el sometimiento al Capital financiero y a los manuales “antisubversivos” que lo complementan; neoliberalismo en todos los órdenes y todos los vínculos…). Sin embargo, es una continuación novedosa que no puede reducirse a lo que esos años aciagos expresan.

Esta novedad –lo que satisface en la imaginación pública y la sensibilidad que ella misma produce por muy sofisticadas técnicas de captura ideológica– es lo que deberá descifrar el pensamiento crítico, en conjunción con el reconocimiento de una potencia –igualmente novedosa– atesorada en el campo popular. Quizá por primera vez la derrota de una experiencia política favorable para las mayorías sociales –y para minorías excluidas por el sentido común colonizado y por las minorías del dinero y el poder– no ha diezmado el sentido de esa experiencia ni la voluntad ciudadana que la hizo posible. Algo, en efecto, permanece intacto. Algo (¿un sujeto?, ¿un íntimo empoderamiento?, ¿una marca indeleble en la materia social?) que para proteger la herencia de la que es depositario está buscando la forma de su renovación.

La temporalidad plural –y nunca cronológica– de la política genera siempre, de la manera más imprevista y en el momento menos previsto, las condiciones de irrupción de lo que será capaz de continuar la obra de tantas luchas sociales por la recuperación y la invención de derechos. Pero si bien imprevisible, esa irrupción no se produce sin la acción política, la militancia y la tarea de comprender la opacidad del presente. Aunque finalmente todo vaya a suceder de otro modo: no como el topo que cava, sino como la liebre que reaparece de improviso después de habérsela perdido de vista.

* Este texto forma parte de la publicación Democracia. Un Estado en cuestión, trabajo conjunto de relampagos.net y Negra Mala Testa.

RELAMPAGOS.
Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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