por Noé Jitrik ***

Después de haber recorrido varios caminos de Francia en automóvil, nos metimos en un avión de Air France que nos había sido gentilmente ofrecido por la Universidad de Burdeos para participar de un encuentro literario. Era en junio de 1998 y volvíamos a la Argentina.

El avión ofrecía diversas satisfacciones que cuando la aviación era competitiva hacían más atractiva una oferta que otras, el espíritu mismo de la primitiva lucha burguesa por consolidarse a partir de las propuestas más ventajosas, pagar un poco más pero por algo (in)discutiblemente mejor y para el que lo disfruta una agradable sensación de merecerlo: lo pago (no era mi caso) y quiero que lo que compro esté a la altura de quien soy y, desde luego, de lo que puedo pagar.

Entre otros ofrecimientos el rubro entretenimientos era tan generoso como el de licores en los pasillos o los perfumes en los baños, no tanto las butacas, reducidas para martirio de los obesos que no se sabe por qué viajan tanto en los aviones y en clase turista. El hecho es que además de centenares de películas, juegos y lo que se quiera, se podían ver noticieros como si estuviéramos en Francia. Yo tuve, tal vez me apresuré, la fulgurante impresión de que nos trataban como adultos, lo que quizás sea bueno, no estoy muy seguro. En una de esas apareció en la pantalla haciendo declaraciones una mujer, Martine Aubry, que había sido intendente de una ciudad y, no estoy seguro, ministro en el gabinete de Mitterrand.

Por lo que escuché, colegí que ella venía de lo que ese presidente le había impuesto al discurso institucional, muy diferente del mitológico de Gaulle y de quienes lo siguieron. En un viaje anterior, antes de ganar las elecciones, escuché a Mitterand hablando de literatura y de poesía con la propiedad de un conocedor, casi se podía discutir con él. Pese a eso ganó las elecciones, lo que parece muy natural pero no lo es tanto si se recuerda a varios presidentes latinoamericanos, de los europeos no puedo hablar porque no los conozco: ¿el mexicano Fox que mencionó las novelas de Boryés? ¿Menem literato?

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¡Qué sorpresa nos llevaríamos si Macri revelara las sutiles lecturas que debe haber hecho! Quiero imaginar su estupor cuando a uno de sus asesores, que supo leer otrora un poco de filosofía, se le escapa una mención a Hegel, a Sartre, a León Rozitchner.

Pues Martine Aubry hablaba, con precisión, con lenguaje, con sutileza, no sólo era convincente sino que daba (me daba) la impresión de lo que debía ser un político, un ser humano y no un mediocre con dinero y con poder, alguien capaz de transmitir y no un repetidor de frases hechas y de propósitos malvados.

Cuando aterrizamos yo seguía con esa aura de modo que cuando por fin atravesamos las barreras previsibles nos encontramos con nuestra hija que nos metió en su coche y prendió la radio. Un arduo periodista estaba entrevistando, ¡qué bajón y qué contraste!, a un héroe de nuestro tiempo, un tal José Barrita, apodado El Abuelo, por lo que supe ex jefe de los barrabrava de Boca. ¡Qué destino el de ese nombre! De Barrita a Barrabrava y, un poco más, los elefantes “barritan”. ¿Será su apellido el que lo llevó a capitanear las cohortes de tenaces defensores de Boca Juniors y a enfrentarse con palos y otros instrumentos con los igualmente tenaces sostenedores de River Plate? ¡Qué envidiable pasión, qué entrega a una causa superior, casi tan sublime como la del Sargento Cabral!

En esas contiendas, domingo a domingo, algunos barrabrava, después de haber batido al enemigo con asesinatos incluidos se encontraron con su destino: la cárcel; otros seguramente siguieron vibrando en los predios locales y a veces también en el extranjero alimentados y pagados por autoridades de sus clubes y diversos recursos, el fervor lo puede todo. Entre los primeros El Abuelo o, tal vez me equivoco, logró zafar y esconderse durante unos cuantos años. Hasta el día en que volvíamos de Francia y escuchamos su ronca voz en el auto que nos sacaba de Ezeiza.

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“¿Por qué se presentó después de tanto tiempo?” le preguntaron. Inolvidable su respuesta:“Porque yo creo en la justicia de mi país”. Omitió señalar que no había creído tanto cuando huyó pero no importaba, ahora creía y era suficiente.

Tal manifestación de fe no era cualquier cosa porque en general los argentinos no creen en la justicia de su país, salvo, desde luego, los seguidores del Viejo Vizcacha (“Hacéte amigo del juez…”), el más clarividente pensador político, claro que en el papel, que tuvo este país. De lo cual se puede inferir que en los años de ostracismo, que debían haber sido tremendos para él porque no podía aparecer por las canchas, El Abuelo no había tenido esa posibilidad y ahora la estaba teniendo. No sé si entonces, años 97 o 98, ya eran eficientes abogados de Boca los fiscales Stornelli y Plée que, no necesariamente por espíritu jurídico, son sostenes, junto con el juez Lijo, el fiscal Pollicita y el inefable Bonadío, de los odios de Macri, pero habría algún otro que le aseguraría que más valía presentarse que andar escondiéndose en los pajonales cerrados, lejos del noble deporte. Me animo a presumir que alguna media palabra, una promesa, debe habérsele dirigido, no sé quién, para convencerlo de que la justicia de su país comprendería su justa causa.

A nadie se le puede escapar lo ejemplar de esta historia: Milagro Sala no es amiga del juez, como tampoco de Vido y, ni qué decirlo, Lula da Silva, ni tantos otros que pertenecen a un club diferente del del gobierno; los afiliados a éste sí tienen jueces amigos en todas partes: no se termina de hacer lo que salta a la vista con la diputada Ayala, desaforarla y juzgarla, ni con el intendente Varisco de Paraná, que sigue despachando asuntos en su oficina, encontrados ambos con las manos en la masa, como tantos otros del mejor equipo de los últimos cincuenta años. Se ve que, como el Abuelo, “confían en la justicia de su país”,igual que la entera familia Macri que terminará por salirse de la suya y no largar la plata que le debe a un Estado que le ayudó a juntarla mientras sigue enarbolando como grito de guerra la palabra “Transparencia” por boca de su vocero principal.

¿Qué estoy comparando? ¿Una mujer brillante con un torpe delincuente, como si ella encarnara lo mejor del mundo, cuando se sabe que por sus pagos no deben pasar cosas demasiado diferentes, y un bandido como representante de una vulgar miseria nacional, corrupta y mentirosa, que engendró Videlas, Cavallos, Macris, Arangurenes, Carriós y así siguiendo?

No estoy seguro de que no sea así pero de lo que estoy seguro es de que se debería retomar, por prudencia nomás, la frase del Viejo Vizcacha y darla vuelta; decir, por ejemplo, si no tienes ninguna cuenta pendiente y no eres socio del club macroide es mejor que estés lo más lejos posible de algunos jueces. ¿Es imaginable lo que le puede ocurrir a un ciudadano probo y limpio si cae en las garras del juez Bonadío? Prefiero no pensarlo e imaginarme viajando por el mundo, sin pensar en jueces ni en delincuentes, aspirando el perfume de las flores de los prados, soñando con una sociedad  un poco mejor, sin Ayalas ni Variscos ni Macris ni Abuelos ni Bonadíos, sin eso que el agudo Filloy en su momento denominó la “caterva”.