Por Ezequiel Palacio   ***

Agencia Paco Urondo conversó con Darío Sztajnszrajber, filósofo, actor, docente y escritor. Su último libro Filosofía en 11 frases, es un éxito de ventas, como así también la obra Desencajados, que se presenta a sala llena y agota localidades en el Centro Cultural Konex. Entrevista por Ezequiel Palacio.


Fotos: Natalia Pasquino

Agencia Paco Urondo conversó con Darío Sztajnszrajber, filósofo, actor, docente y escritor. Su último libro Filosofía en 11 frases, es un éxito de ventas, como así también la obra Desencajados, que se presenta a sala llena y agota localidades en el Centro Cultural Konex.


Agencia Paco Urondo:
Charlando con Gerardo Romano nos decía que en un momento de su vida se volvió ateo, se volcó a la filosofía y remató con un “la filosofía te deja un poco solo”. ¿Es así, la filosofía te deja solo?

Darío Sztajnszrajber:
Lo conozco a Gerardo y sé el proceso que viene llevando en su vida, es muy interesante. Alguien de su trayectoria, cómo interactúa permanentemente con la realidad social y sé lo que le significó el acceso a la filosofía. Yo creo que es algo más ambiguo para mi lectura. Creo que la filosofía te exige todo el tiempo un compromiso social. El tema es que, esa exigencia, a veces puede plasmarse y a veces no. Y no es casual que uno de los relatos filosóficos mas famosos de todos los tiempos y que tiene tanta vigencia hoy, sea la “Alegoría de la caverna” de Platón, donde el que hace filosofía es rechazado por la comunidad.

Diríamos hoy por un sentido común que claramente no encaja con el tipo de lenguaje filosófico, con el tipo de pregunta o el tipo de búsqueda. Sino que exige al revés, certezas firmes, lugares definitivos, tranquilidad existencial. Todo lo contrario de una filosofía cuya provocación, básicamente, es recuperar la condición de contingencia y angustia estructural en la que vivimos. Ahora, toda esa conciencia que la filosofía recupera, te lleva a una necesidad de trabajo permanente contra ese sentido común. Si hay un enemigo para la filosofía, es el sentido común. Y el sentido común, claramente, es el modo de pensar  de la comunidad oficial.

Entonces frente a eso no podés no sentirte solo. Más allá de que en tu trabajo se vayan abriendo puertas o ves que se puede generar algún tipo de resignificación de algunas categorías, pero cuando lo llevás a fondo y pensás hasta qué punto se puede generar un resquebrajamiento del sentido común, te volvés muy escéptico. Ahora, ese escepticismo también te dinamiza. Porque la ideología del sentido común es el optimismo ingenuo. Y frente a eso la filosofía no puede no ser y no militar el escepticismo. Como un modo de plantear que hay otra perspectiva. El problema del sentido común tiene que ver con su carácter típicamente religioso: la idealización de un estado de definición existencial, de tranquilidad espiritual, que en definitiva no deja de ser, a la vieja lectura marxista en su crítica de la religión, opio. Aunque parezca algo remanido, está claro que ese “opio” fue trocando en sociedad de consumo, en fútbol, dinero.


APU:
En entretenimiento…

DZ: En el entretenimiento, lo que Guy Debord llamaba “la sociedad del espectáculo” y se ha vuelto casi una totalidad. También hay que recordar que cuando Marx hace su cuestionamiento, en ese texto fascinante que es la Contribución a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel y habla de la religión como opio, nos deja una lectura por suerte bastante contradictoria respecto al rol del opio. Es cierto que adormece y que genera la posibilidad de un muy eficiente sometimiento. Pero hay algo en el opio que también genera goce. Si no, no funcionaria, no prende. Y es importante entender por qué.

Está bueno también salirse de las lecturas lineales de pensar a las instituciones de poder desde el exterior, haciéndonos mierda o reprimiéndonos y recuperar esa idea foucaultiana de que en definitiva el poder ya lo tiene uno inoculado, introyectado. Y uno mismo lo reproduce sin darse cuenta. Entonces ese pedido del opio surge frente a una carencia por la que estamos atravesados. Ese es el lugar del sentido común. Uno cree que son los dioses o el gol de Messi, el que va a llenar algo de lo que nos falta. Y me parece que la clave para cerrar, es resignificar o redimensionar la idea de “falta”. Como una idea que no es algo llenable y asumirnos contingentes o finitos, es asumir que esa falta nos estructura.


APU:
En muchas de tus charlas, la muerte aparece irremediable. Si nos vamos a morir, entonces ¿qué sentido tiene todo? ¿Vos qué sentido le encontrás a la vida?

DZ: A una foto por ejemplo…

APU: Porque todo desde ahí es letal.

DZ: Es letal… hay un punto donde la filosofía te lleva letalmente a los extremos. El tema es si uno quiere dejarse llevar hacia esos extremos o transa. Que es básicamente, sobrevivir. Hay que entender de nuevo, yo quiero volver todo el tiempo sobre la necesidad de reconciliarnos con la ambigüedad. Que es un concepto descartado, en general, por nuestra sociedad que es tan de la eficacia. Donde lo ambiguo parece desordenar, y en ese lugar, a mí me parece un recurso subversivo, emancipador en algún punto.

Ahora llego a la muerte pero quiero detenerme acá. Muchas veces me pasa como educador, que me hacen preguntas sobre la coyuntura institucional educativa: “¿Qué onda la escuela, para qué sirve la escuela, está en crisis la escuela? Cuando alguien me pregunta eso yo tengo que diferenciar si hablo filosóficamente o si te hablo como ciudadano argentino que vive inmerso en una sociedad de consumo en la globalización del capitalismo tardío. Porque si empiezo por la respuesta filosófica, la escuela no está en crisis, es crisis. Es una manifestación de una crisis que hace de las instituciones primarias, que sean disciplinarias y normalizadoras. O sea…
sacame a la escuela, para siempre.

Ahora, decís esto y es como que quedás en un lugar de revolucionario de café. Yo creo en el fondo que la función de la escuela es esa, el tema es que uno no vive en el fondo. Uno vive transando con algún tipo de reflexión que te lleva al fondo y reflexiones sobre lo coyuntural. Discutamos modelos educativos Está claro dónde apunta el modelo de este gobierno, y está claro también dónde apuntaba el modelo educativo del gobierno anterior, en términos de inclusión. Canal Encuentro, por ejemplo, que es de donde yo surjo, es una política educativa, le debo todo. Ahora, en el fondo, la escuela es Pink Floyd. Es otro ladrillo en la pared. El tema es hasta dónde vas o no con esas reflexiones. Yo creo que hay ser ambiguo. Hay que ir y volver.

Y con la muerte me pasa algo parecido. Si lo pensás a fondo, nada tiene sentido. Porque no tiene lógica. No se sostiene. Naciste para morir. No sense: no hay sentido. Ya sabemos que es así. Entonces empezás a hacer otro análisis ¿Cómo sobrellevo esta carga? ¿Qué hago con esta conciencia? ¿Me condiciona o no? ¿Me tranquiliza? ¿Saberlo me angustia o me libera? Ahí empiezan todas las reflexiones que uno hace acerca del lugar del morir propio en relación a su existencia, pero ya te corrés. Estás como entrando y saliendo todo el tiempo de una filosofía radicalizada que te lleva hasta los extremos.

APU: Claro, te deprime o genera acción.

DZ: Exacto. Me pasa lo mismo con la política. Si pensás la política a fondo, nos están cagando hace dos mil años. No hay vuelta. Siempre falta algo o siempre pasa algo. O es la coyuntura… “es la coyuntura como si eso respondiera algo o como igual te vas a morir”. Uno va entrando y saliendo. Pero está bueno que uno llegue hasta el fondo. Que uno diga qué mierda la política, pensada en términos estructurales. Porque si no llegás a fondo, después, es muy difícil refundarla.

Yo soy un amante de la política. Creo en la política. Y entiendo que es la única manera de pensar cualquier cosa. Que se juega ahí, en la política, nuestra libertad y nuestra realización. Pero eso no quita ocultar o hacerse el boludo con determinadas cuestiones.

Cuando uno hace filosofía lleva la cosa hasta la frontera. Entonces todo adquiere otra perspectiva. Y después volvés con esa perspectiva y te colocás desde otro lugar. Yo tengo muy claro a quién voy a votar en octubre y por quién voy a militar en esta campaña. Pero eso no quita que uno no piense a fondo que está pasando. Qué pasa con las gestiones. Por qué se perdió. Por qué hay grandes posibilidades de que Macri vuelva a ganar. Para esto sirve la filosofía, para no quedarte en el análisis endogámico y coyuntural, que es otra perspectiva de la realidad. La perspectiva filosófica habilita otro camino y en todo caso le da otra densidad a tu análisis.


APU:
Incluso los análisis son también transando un poco.

DZ: Siguiendo con este esquema, tal vez, ser purista, es una forma de transar.


APU: ¿Cómo sería eso?

DZ: Colocarte en un lugar hiper idealista y en un purismo sacralizado, es una manera de no hacerte cargo de tus propias contradicciones. Tal vez el que transa, no es el que dice que transa, sino el que dice que no transa. Y lo que está transando ese, es que le gusta el poder y que le querés romper el culo al otro. Y que en definitiva estás en una construcción política de amigo-enemigo, que sabés que es una mierda pero también sabés que no hay otra manera de generar construcción. Y que te comés diez mil sapos entre los tuyos. Y que los tipos que hace tres meses llamabas traidores, ahora los abrazás o les decís que esa es una forma de construir poder para ganar una elección. Entonces uno se embandera en el purismo porque es un modo de transar para no visibilizar sus propias contradicciones.


APU:
Con una compañera pasamos varios días viendo clases tuyas y charlando sobre ello. Al segundo o tercer día te cruzamos un viernes a la noche. Podríamos atribuirlo a la “ley de atracción” o bien a un efecto del universo accionando sobre nosotros, incluyéndote.

DZ: Yo creo que en el fondo somos plantas que nacen para morir y que a diferencia del resto de las criaturas orgánicas, hasta ahora reconocibles y comunicables, no nos alcanza el hecho de ser y punto. Tenemos que hacer algo con el hecho de ser. Heidegger llama a eso “la diferencia entre ser y existir”. Dice que el único ser que existe, es el ser humano. Pero entiende a la existencia como que a ese ser hay que ponerle una onda… darle sentido. Porque la plata está ahí. No necesita entender cuál es su rol en el mundo.

APU: Para nosotros pareciera que no, pero por ahí para la planta…

DZ: Claro, para nosotros. Por eso dije al comienzo que dentro de las criaturas organizás reconocibles y comunicables. Pero parecería que no, al menos no lo expresa culturalmente (risas). El ser humano tiene esa fatalidad, no nos alcanza. A veces cuando pienso la felicidad, medio desde un budismo exagerado, la pienso como eso: poder ser un musgo. Nada más que eso, estar. De hecho, muchos de los filósofos griegos, vuelven a esa idea de reconciliarse con la existencia mas desnuda.


APU:
Sería esto que dice Rodolfo Kusch sobre ser estar y estar siendo.

DZ: Podría ser, pero esa es una visión más latinoamericana. Pero desde lo griego, para Epicuro por ejemplo, la felicidad pasa por el placer de la existencia. Pero no el placer de tomar un café o un garche, sino por el hecho de ser. Esto a nosotros, lamentablemente, no nos alcanza. ¿Entonces qué hacemos?, construimos sentido. Desde el momento que empieza la construcción de sentido, empieza la literatura. Y yo creo que somos básicamente, bichos literarios. Cuanto más creativos seamos en esa construcción literaria, que es la narración de nosotros mismos, de nuestra identidad, de nuestra vida, mejor la pasás.

De acuerdo al perfil que uno construye su identidad narrativa, entonces su historia se va a asemejar a un policial o a un texto religioso, protobiblico, a un texto científico o a uno periodístico.

Evidentemente vos y tu novia estaban en ese momento además, animados por una literatura místico-sincrónica, que explica esto de ese modo. Si tu novia hubiese sido una licenciada en física, muy probablemente hubiesen hecho un cuadro de cálculo de probabilidades a cerca de qué porcentaje hay de que te cruces con este boludo al que acabas de pensar hace tres días y te hubiese dado una fórmula. Y la fórmula lo explica. Punto. El tema es qué relato te cierra más. En ese sentido soy muy crítico de que un relato sea más o menos verdadero que otro.

Por eso tranquilamente puedo ir todos los jueves a terapia y una vez por mes hacerme una carta astral. O abrir el I Ching. O mirar una película y entender mi frustración afectiva. Cuando uno saca la verdad del juego, todo se te vuelve relato, uno tiene que admitir entonces que vivimos al interior de la literatura. Con todas las herramientas además que te da la literatura, para tu propia realización.


APU:
Si lo pensamos desde ese lugar, entonces ¿cómo viene la tecnología e Internet a fragmentarnos la realidad? Pareciera que deja de haber relato literario ahí.

DZ: No, no creo para nada. Así como en una época me consideraba anti anti kirchnerista, una gran definición epocal (risas), sobre todo después de la crisis con el campo. Yo creo que mucha gente entró al kirchnerismo después de esa disputa. Era tan duro el ataque al kirchnerismo que uno terminaba identificándose.

A mí me pasa algo parecido con la tecnología. Soy muy anti de los anti tecnología. Eso no me genera una adhesión fanática a la tecnología pero no empatizo con esa especie de visión melancólico- olímpica del retorno hippie a la naturaleza humana pura, desprovista de tecnología. Porque si hay naturaleza humana ya hay intervención técnica, entonces hay tecnología. Incluso en la definición de lo natural. Tampoco tengo una lectura así “filotech”, de que la tecnología viene a salvar al mundo. Nada, el mundo no tiene salvación para mí. Pero si me parece que esta bueno, abrirse uno a lo que la tecnología trae y ver de qué modo empezamos a diferenciar.

APU: Bueno, lo que mencionaste al principio, ambigüedad.

DZ: De nuevo, sí. Pero una ambigüedad liberadora ahí. El problema de llamarte ambiguo es que critican por tibio. Y para mí, son mucho más tibios, los que se afirman en lugares extremos. Porque no se permiten dudar de sí mismos. Que dejarse, en todo caso, irrumpir por lo que se teme. Desde esta perspectiva podemos encontrar cosas. Abramos desde otro lugar. Toda tecnología supone el uso del lenguaje. Muchos dicen, se murió la literatura porque están todos conectados a Internet. ¿Y cómo escriben los posteos en Twitter? Ah, pero es una escritura reduccionista, te responden. ¿Y vos qué crees, que antes del celular la escritura era genial y se redujo? Antes ni escribían.

Yo vengo de dar clases de filosofía o de lengua y era imposible que un pendejo te escriba una redacción. Ahora por lo menos te escriben historias. Entonces hay algo que se empieza a jugar ahí. ¿Estoy comparando a la literatura con el celular? No. Estoy tratando de, y este me parece que es el espíritu de la filosofía, tratar de buscarle otra perspectiva a la cosa.


APU:
Creo que nunca antes se leyó tanto.

DZ: Nos la pasamos leyendo. A veces mensajitos pelotudos, aunque antes leías libros pelotudos. Pero también hay como una especie de sacralización de que toda literatura era genial. Está claro lo que se perdió. Ahora también está claro lo que se abrió también. Y me parece que la historia del ser humano es eso, como bien lo explicó Marx, donde la tecnología impacta, modifica la forma de trabajar, y eso modifica nuestras instituciones.

Si nos ponemos a imaginar, dentro de 500 años, en una nueva revolución tecnológica, que no sabremos cuál es, diciendo todos “que horror, se perdió la cultura de la informática”, como decimos ahora que se pierde la cultura literaria. Y sí, por suerte. Si no hubiese pérdida, no habría movimiento. Estaríamos colapsados en una totalidad.

Es muy obvio todo lo que genera el mundo tecnológico en términos de creación, de reformulación de nuestros vínculos, recreación de la identidad. Cuando te corren con esas cosas tipo “no hay mas amigos porque todo el mundo ahora se maneja por redes”, bueno por qué no repensamos que es ahora la “amistad”, y desidealicemos la bosta de la amistad de la que proveníamos, que creíamos que era genial y al final todos tus amigos te recontra cagaban y aparte esa idealización de que la identidad antes era más genuina. En cambio ahora, estás todo el tiempo mintiendo, porque en tu perfil ponés solo lo lindo, lo que querés mostrar. ¿Y antes qué, te cruzabas con un amigo y qué le decías? También te mostrabas en imposturas. Parecería que la tecnología es un chivo expiatorio para no asumir que como seres humanos podemos ser copados pero también somos bosta. Entonces la culpa es de la tecnología. Y no, el ser humano es con sus contradicciones y tensiones. Y me parece que cada uno de los momentos, en términos materiales tecnológicamente hablando, nos fue dando diferentes formas de construcción de sentido.

APU: A veces me gusta pensar en la función social de la mentira.

DZ: Depende por dónde la llevás. Derrida, por ejemplo, habla de la mentira, pero habla también del secreto. Dice que una sociedad en la cual no hubiese secretos, sería una sociedad totalitaria. Donde hay un resguardo ultimo, que tiene que ver con uno y con su intimidad que nadie puede exigirte que des cuenta. Yo creo que una cosa es pensar la línea que divide la verdad y la mentira en términos personales y en la construcción de estas narrativas de nosotros mismos, como juega ahí el modo en que uno (en cualquier relato), vos no ponés en juego únicamente la cuestión de la verdad. Sino que ponés en juego la cuestión retórica de la seducción, del convencimiento. Del potenciar más una cosa que otra.

Salgamos del contraste verdad-mentira y pensémoslo en términos de edición. Yo te estoy editando todo el tiempo mi vida, mis recuerdos, mi presente, mis ideas.  Es lo mismo que hace el gerente general de Clarín cuando decide poner en tapa una noticia y no otra. Pero esa edición la hacemos todo el tiempo también nosotros, con otros intereses evidentemente. Me parece fundamental revisar los parámetros de verdad y mentira en términos existenciales. Más si todo es un relato o si todo es narración.

Por otro lado, en términos políticos, está claro cómo las categorías de verdad y mentira cada vez se han vuelto categorías políticas. Y cada vez menos, categorías epistemológicas. Cuando los medios logran terminar de construir la idea de que un líder político es un mentiroso, lo mataron.

¿Ahora, miente o no miente? No importa en un punto, porque si entrás a jugar con si miente o no miente, entrás en un terreno que se vuelve ambiguo en principio. Obviamente si un tipo le pega un tiro en la cabeza a alguien y dice “no fui”, ahí no ambigüedad. Pero digamos, hoy estamos a tres meses de unas elecciones donde, con este veranito financiero que veremos si antes de que se publique esta nota, continúa o no, ha vuelto el gobierno a hablar de su “eficacia en el manejo de la economía argentina”: mienten.

Probablemente, para todos los que creemos que no, hasta lo entendemos como una mentira. A mí me pasa cuando lo escucho al Papa, hablar en nombre de Dios, digo “me estás mintiendo” o sea… ¿le habló Dios? Y no. Cuando me cruzo con alguien religioso y me dice eso o “Dios me pidió que…” ¿Dios te pidió? No, me estás mintiendo. Pero el tipo se la cree. Y ese convencimiento no se rompe. No se rompe porque es imposible entrar en el autoengaño y aparte ¿quién sos vos para decirle al otro que es autoengaño?

Esto es hacer filosofía, de nuevo. A la hora de hacer política y con los dados rodando, entonces tenés que mover rápido ahí. Y necesitás un discurso efectivo. Por algo el gobierno ha logrado construir un relato y dar un discurso, según lo cual, lo que hacen duele pero es verdadero. Y la ciudadanía, yo creo que, en ese sentido, no tengo números ni datos, pero sí podemos decir que una importante mayoría de la sociedad argentina cree que los funcionarios de este gobierno, juegan del lado de la verdad.

Entonces ahí, lo que digo es: verdad y mentira, tomemos estas categorías como espectacularización de una política que sabe, que en la medida en que construye personajes con ciertos rasgos, gana o pierde una elección. Pero no podemos pensar que el ciudadano que está convencido de votar a Macri, en su potenciación de las distintas variables que hacen al voto, son más las variables que lo conminan a tomar esa decisión que las que menos. Por ahí, mucho votante de Macri, sabe de la descomposición social en la que estamos pero entiende que a la hora de elegir 4 años de un nuevo gobierno, prioriza otro tipo de variables.

Yo creo que el voto no es unicausal. No hay una única variable si no este gobierno perdería, porque la verdad, es imposible que gane en virtud de la calidad de vida de todos. Pero justamente, puede ganar todavía porque no se juega solo ahí el voto. Eso es lo que tiene de interesante la política. Si fuese tan racional la política, el que hace mejor las cuentas gana. Pero no es  así.

Me acuerdo que yo había empezado a militar en política universitaria y en la carrera de filosofía el padrón electoral era de 400 votantes. Estábamos en un café con Norberto Ivancich, un referente político groso que estuvo en los inicios del kirchnerismo, y al que me encanta homenajear, que me dijo: “¿Padrón de 400 votantes? Se gana o se gana. Los militás uno a uno. Llegás al voto 201 y ganaste la elección”. Pero como diciendo, hay algo de racionalidad. Y después te das cuenta que todo es mucho más ambiguo. Y de repente, un montón de ciudadanos que tuvieron un crecimiento en su calidad de vida, como nunca antes durante el kichnerismo, no los vota. Porque se le juega a la hora de votar, otra cosa. Y en eso, el purismo es negativo, porque es unilineal. Cree que hay una única causa que es la que define, en definitiva, que vos rechaces o aceptes algo.


APU:
Pero entonces, ¿por qué hay tanta fascinación por el voto hacia la derecha?

DZ: Acá serian como dos aspectos. Una cosa es la derecha latinoamericana. Su forma de institucionalización, que no es la misma que la europea. En Europa se están preguntando todo el tiempo lo mismo ¿Por qué volvemos siempre al nazismo? Porque en definitiva están siempre ahí a las puertas. Acá yo creo que hay una lectura más de política institucional. La que a mi más interesa, que es la filosófica y la que yo hago, creo que el mundo que plantea la derecha es un mundo menos arriesgado.

Uno amontona y no tiene que dudar del istmo. Hace de su subjetividad una idolatría. Entonces es mucho más complejo abrirse al otro y priorizar al otro. Y priorizar la debilidad del otro. Levinas decía que una política que no esté al servicio del otro no es política y yo le agrego que es negocio. En el sentido de crecimiento personal o propio o de los propios. Pero abrirse al otro es salirse de uno mismo. Y eso da vértigo.

Es mucho más seguro y tranquilo, que son las dos grandes categorías que se buscan, el mundo en el cual uno está seguro de sus propias cosas, convencido que lo que tiene, lo tiene por mérito propio. Pero es un relato más tranquilizador, más farmacológico.


APU:
El capitalismo entendido como individualidad, también piensa mucho al otro.

DZ: ¿En qué sentido?

APU: Como medio.

DZ: Claro, pero no. El pensamiento del otro es justamente no des-otrar al otro. Si convertís al otro en un medio para tu propio desarrollo, el otro deja de ser un otro. Estar abierto al otro es al revés, no que el otro sea un medio, sino que el otro, en su propia finalidad pueda venir y confrontarte. Se rehúsa a ser un medio para vos. Tenés que lidiar con eso.

Vos tenés que lidiar ahora con lo que vos querés que yo te conteste. Y no te contesto a veces lo que vos querés, entonces estás como moviéndote y a su vez, estoy tratando de contestarte lo que yo te quiero decir, pero hay preguntas tuyas que también me perturban y trato de zafar y contesto… entonces todo el tiempo uno lidia con el otro. Nietzsche dice eso. En el origen, lo que hay es una relación de diferencias en conflicto. El gran mito es la armonía. La cosa armónica, la unidad…


APU:
No existe tal cosa, es una burbuja eso…

DZ: Son burbujas tranquilizadoras. No es que no existen. Son fármacos, para mí. Pero que en algún punto nos enajenan. Eso es el sentido común. Te da tranquilidad. Mirás los programas que hay que mirar. Te vestís como hay que vestirse. Tenés novias como dice el mandato del amor que hay que tener. Entrás en una lógica, en un dispositivo que te trasciende y te condiciona. Y te sentís parte.


APU: ¿Se puede articular la manera de pensar, la cosmovisión con la realidad?

DZ: No (risas). Se busca. Pero tampoco creo que se pueda salir de la caverna en un sentido último. Pero sí me parece que hacer filosofía es esto. Ir pensando estas cosas y mecharlas con lo que hacés. Con las decisiones que tomás en relación a tus laburos, tus vínculos. Esta ahí presente. Pero la filosofía no te da recetas para la buena vida. Al contrario, te complica la vida. Te la complica porque la vida realizada y estructurada es la del sentido común, entonces te subvierte.

Entrás en esa subversión que Nietzsche llamaba la trasmutación de los valores. Te sentís siempre un extranjero en donde sea. Pero al mismo tiempo ese extrañamiento propio de la extranjería es excitante y erotizante. Estás un poco más intenso de lo que el sentido común necesita de uno.


APU: ¿Te invitaron alguna vez a participar en política?

DZ: Sí, pero no me interesa por ahora. Yo creo que hago política todo el tiempo en lo mío. Creo que la política es eso y que hay que recuperar también esa forma de la política que está invisibilizada, porque solamente se piensa a la política en términos institucionales.

Creo que con el feminismo se volvió de algún modo a comprender que la política puede pasar por otro lado y no necesariamente por las estructuras partidarias tradicionales. Al mismo tiempo me encanta la política partidaria. Me encantan las internas. Ver cómo se van estructurando. Me han invitado, por ahora no se dio por distintos motivos pero no lo niego. No es que no me vea, pero tampoco tengo apuro. Porque pienso que sigo haciendo política desde donde lo hago.


APU: ¿Qué podés agregar a todo lo que venís diciendo sobre feminismo?

DZ: Yo apuntalaría esto. Me parece interesante pensar al feminismo como otro modo de lo político. Que por eso también genera tanto rechazo. Porque es la evidencia de que todavía se puede creer en la política. Ahora, no es la política tradicional. No es la política en su aislamiento a la que muchas veces se va, en términos de su profesionalización, sino que es casi un recupero de la política más llana, más horizontal, más representativa y más transformadora de lo cotidiano.

Porque el tratamiento de desnaturalización que propone el feminismo de lo que creemos nuestras normalidades establecidas, se resquebraja. Hoy se hace mucho más política ahí, en relación a la transformación concreta. Hubo gente que cambió mucho más su vida a partir de la explosión del feminismo en las decisiones que tomó en relación a sus vínculos, que lo que puede generar una política de Estado.

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