Por Fernando Del Corro   ***

Para los gorilas que la odiaban era «la yegua»; para sus admiradores era un hada buena, pero Evita, el nombre con el que el pueblo la hizo pasar a la historia, fue mucho más que esa mujer que denostaba a la oligarquía en sus discursos y que se ganaba el amor de los más dando besos a los niños y obsequiándoles bicicletas.
Cuando el 26 de julio de 1952, hace 68 años, murió víctima de un cáncer, se fue de este mundo dejando atrás una importante obra social con interesantes ribetes económicos casi nunca destacados.

Para los planes de Evita fue muy importante su gira internacional de 64 días, la «Gira del Arco Iris», como ella la bautizara. Entre el 6 de junio y el 23 de agosto de 1947, acompañada por el sacerdote Hernán Benítez, estuvo cinco días en los vecinos Brasil (3) y Uruguay (2) y los restantes 59 en Europa. En el Uruguay también recibió una distinción del embajador dominicano por la ayuda dada a ese país caribeño. Más de un tercio de esos días en Europa los pasó en Italia (20), oportunidad en la que también visitó el Vaticano.

Ese país había desarrollado un amplio sistema de seguridad social durante el Gobierno de Benito Amilcare Andrea Mussolini (se llamaba así porque el padre era un admirador del presidente aborigen Benito Juárez de México), al margen de todos los cuestionamientos que éste merezca. Luego de la guerra, el país también había sido cogobernado por una coalición entre el Partido Demócrata Cristiano y el Partido Comunista, el que, cuando ella llegó, acababa de ser desalojado de esa coalición. Italia tenía un cúmulo de antecedentes de desarrollos sociales para observar. Los comunistas italianos le hicieron observaciones sobre una presunta similitud que el peronismo podía llegar a tener con el fascismo; esto tenía que ver con la postura inicial del PC de la Argentina, cosa que éste, luego, comenzó a modificar a partir de la puesta en marcha del primer Plan Quinquenal (1947-1952).

La contracara de ello fue su anterior paso por España (18 días), donde visitó varias ciudades y verificó las duras condiciones de los trabajadores de ese país y hasta llegó a cruzarse con Carmen Polo, la esposa del dictador Francisco Franco. Al respecto recordó Evita: «A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de rojos porque habían participado en la Guerra Civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada». Durante su estadía también logró que Franco condonase la pena de muerte dictada a la guerrillera comunista Juana Doña Jiménez.

Los 12 días durante los que estuvo en Francia también fueron muy importantes. Asimismo, allí hacía aproximadamente un mes que los comunistas habían abandonado el gobierno de Charles André Joseph Marie De Gaulle, después de haber hecho una importante reforma antiburocrática del Estado, con su secretario general, Maurice Thorez, a la cabeza, la que aún hoy continúa. Se reunió con importantes funcionarios galos y hasta con el luego papa Juan XXIII, el entonces nuncio apostólico Ángelo Roncalli. Éste escuchó con mucha atención los motivos del periplo y le aconsejó sobre sus proyectos sociales: «Si de verdad lo va a hacer, le recomiendo dos cosas: que prescinda por completo de todo papelerío burocrático, y que se consagre sin límites a su tarea». La sugerencia del futuro Juan XXIII fue muy importante y tuvo influencia en el desarrollo de la poco más tarde creada Fundación Eva Perón. Sin que estuviera clara la razón, para Roncalli era Evita una reencarnación de la emperatriz Eugenia de Montijo, la esposa española de Napoleón III. Antes de Francia había estado en Portugal (tres días) y después de abandonar el estado galo visitó Suiza (seis), países en los que fue bien recibida y accedió a mayor información para implementar su proyecto. Durante su viaje a Francia también fue distinguida por el principado de Mónaco.

Una vez vuelta a la Argentina, siempre acompañada por el cura Hernán Benítez, quien fue el mayor impulsor de la idea, siguiendo los consejos del futuro Juan XXIII, se lanzó a la tarea de desarrollar la Fundación. Junto con Ramón Carrillo al frente del área de salud y las políticas previsionales, la tarea de la primera dama fue fundamental para transformar la vida de millones de argentinos. No bien regresó de su gira lanzó la Cruzada de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón y unos meses después, el 8 de julio de 1948, hacen hoy 72 años, se concretó el lanzamiento de la Fundación. Entre sus muchas obras, que han perdurado, se encuentran la República de los Niños, en Manuel Bernardo Gonnet, y la localidad Ciudad Evita, en La Matanza, ambas en el Gran Buenos Aires, en tanto se crearon varios hospitales y otros emprendimientos sociales.

El 28 de agosto de ese año Evita dio a conocer el decálogo sobre los derechos de la ancianidad, que fue incorporado a la Constitución de 1949, que tuvo un gran impulsor en John William Cooke y un efectivo ejecutor en el entrerriano Arturo Enrique Sampay.

La Fundación funcionó en diferentes edificios hasta que terminó la construcción del propio, ya habiendo fallecido Evita, en Paseo Colón 850, en la actual sede de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Los golpistas de 1955 arrasaron el lugar y luego entregaron el edificio a la UBA. Las estatuas, obra del escultor italiano Leone Tommasi, fueron destruidas. Sus esfuerzos habían llegado incluso al exterior, razón por la cual en 1951 visitó el país y se entrevistó con Evita la entonces ministra de Trabajo israelí y luego primera ministra, Golda Meir, quien agradeció la colaboración prestada a su país.

Pero está claro que no era todo mera beneficencia. Al estilo de lo que señalara en 1936 John Maynard Keynes en su «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero», de lo que se trata frente a la necesidad es de generar empleo. La Fundación, apuntando sobre todo a mujeres desprotegidas obsequiaba máquinas de coser y tejer, y otros bienes de capital que permitiesen desarrollar tareas productivas no sólo para atender las necesidades del hogar sino también para vender.

Lograda esa primera etapa productiva pasaba a colaborar en la colocación de lo realizado, para lo cual la misma Fundación lo adquiría en buena parte para luego distribuirlo, completando el ciclo. Es decir, incorporó a la actividad económica del país como micro pymes a miles de personas que, gracias a ello, modificaron sustancialmente su encuadramiento social al punto de que, muchas de ellas, pudieron, con el correr del tiempo, convertirse en empresarios pyme. Esto muestra que Evita fue mucho más que la mujer linda y buena que en el mejor de los casos se pretende presentar y la pobre víctima del cáncer de cuello uterino que la mató a los 33 años.

La actividad de la Fundación, aun después de su muerte, apuntó a la inclusión social conveniente ya que todo el mundo está incluido en la sociedad, incluso como mendigo o delincuente; por eso la cuestión es de qué manera. Ella supo diseñar el modo correcto de hacerlo, con lo cual, aunque en forma modesta, también ayudó al crecimiento del Producto Interno Bruto del país a través de personas que dejaban de necesitar ayudas directas para sumarse a la creación de riqueza. La información sobre su primera infancia es confusa tanto por su lugar de nacimiento como sobre su nombre original (al parecer Eva María Ibarguren, luego transformado legalmente en María Eva Duarte), pero lo cierto es que convivió durante esos años con los aborígenes mapuches, etnia que aún tiene una fuerte presencia en el municipio bonaerense de Los Toldos. Eso constituyó una marca en su vida como defensora de los humildes y de sus postergadas congéneres.

La campaña electoral de 1946 le sirvió para impulsar el voto femenino a nivel nacional. En San Juan ya existía desde 1927 a instancias del entonces gobernador, Aldo Cantoni, cofundador del Partido Socialista Internacional, luego Partido Comunista, pero después sumado a las filas del bloquismo. El voto femenino a nivel nacional no le fue fácil a Evita hacerlo aprobar a pesar del apoyo del propio Perón y por ello recién se promulgó el 23 de septiembre de 1949, casi dos meses después de haber lanzado el Partido Peronista Femenino, el 26 de julio de 1949, exactamente tres años antes de su fallecimiento.

Hoy su memoria es conservada por todos aquellos veteranos supérstites de esos tiempos y cultivada desde el Museo Evita, en la ex sede del hogar de madres solteras de la Fundación cuya presidencia honoraria ejerce su sobrina nieta, la arquitecta María Cristina Álvarez Rodríguez, diputada nacional por la Provincia de Buenos Aires, con la que tuve el honor de hacer la introducción del libro “Teodora y Evita”, que ella prologara y escribiese Marta Lucía Nesta en el que establecen las semejanzas de sus orígenes plebeyos y en sus esfuerzos por mejorar las vidas de sus respectivos pueblos de Evita y de Teodora, la gran emperatriz de Bizancio, esposa de Justiniano.


*** Fernando Del Corro
es periodista, historiador, docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.



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