Por Dromómanos   ***

En Brasil, los lugares donde se consume crack tienen un nombre: crackolandias. En las favelas no pacificadas de Río de Janeiro se encuentran estos espacios que las autoridades se empeñan en esconder de los turistas y que parecen una sucursal del infierno.

Este es el primer capítulo de Narcoamérica (Tusquets) del colectivo Dromómanos. El libro relata un viaje por las diferentes facetas del tráfico de drogas en nuestro continente. Es una travesía de tres años por la historia ilícita de 18 países y de los habitantes de ese otro estado llamado narcotráfico.

A primera vista parecen terrones de azúcar. A veces son completamente blancos, otras amarillos o tienen un ligero tono rosado. Son piedritas que esconden la locura. El crack es la forma más potente y dañina de la cocaína. Se consigue mezclando la base de esa droga con bicarbonato de sodio. La receta son dos partes de bicarbonato y una de base libre de cocaína, se utiliza un solvente para unificarlos y cuando se evapora, los alcaloides, el principio activo de la hoja de coca, quedan en el bicarbonato de sodio entre 75 y 100 % más concentrados, por lo que su efecto es mucho más fuerte y peligroso que el de la cocaína normal. Crack. Se le dice así por el ruido que hacen las piedras al calentarse. Por su elaboración, es extremadamente barata. Es la droga miseria. El humo ingresa al torrente sanguíneo y va directamente al cerebro. Crea un estado de placer y euforia que sólo dura unos diez minutos. Quienes lo fuman también sienten pánico y tensión. Los consume una necesidad desesperante por otra dosis y de no conseguirla, sufren de ansiedad, agresividad y depresión. Una sobredosis puede causar la muerte súbita.

Un adicto de crack es un esqueleto andante que no toma alimentos ni duerme. Suelen tener ampollas en la cara y los labios porque necesitan de una pipa muy caliente para fumarla. El instrumento puede ser de vidrio, una lata de refresco con orificios o un tubo metálico al que se le introduce un alambre para simular una boquilla. En el penal de San Pedro, en La Paz, Bolivia, conocimos a un grupo de presos que empleaban trozos de caño sellados con cinta aislante para fumarla. Todo alrededor del crack suele ser ruin. Casi en todo el mundo se consigue por un dólar o menos. Quienes se hacen adictos a este estupefaciente se olvidan de sí mismos, se convierten en espíritus de lo que eran. Lo mismo sucede con la pasta base de cocaína, conocida como paco o bazuco, una droga incluso más barata y popular en naciones como Argentina, Perú y Colombia —cuesta alrededor de sesenta centavos de dólar—. Proviene de la costra de lo que queda en la olla donde se prepara la cocaína, son los alcaloides de la hoja de coca sin refinar, mezclados con acetona, ácido sulfúrico o también con bicarbonato o cafeína. Los efectos son muy similares a los del crack. Al paco se le suele llamar “ladrón de cerebros” por su efecto en el sistema nervioso de las personas, que causa paranoia, delirio o problemas mentales. Según el gobierno de Buenos Aires, puede causar muerte cerebral en tan sólo seis meses de uso. A sus consumidores se les dice “muertos vivientes”.

Nos hablaron de una crackolandia en la favela de Lins, al norte de Río de Janeiro. Era un conjunto pequeño de chabolas, que en ese momento aún no había sido pacificado y por tanto, aún era controlado por los traficantes. En la entrada había dos tiendas. Una cerraba y la otra no. Una era un local de abarrotes. La clientela era esporádica. La otra eran dos mesas de plástico de terraza. Un veinteañero, vestido de gorra negra y shorts, era el dependiente. Llevaba una pistola y un radio. Como en la otra chabola, en una de las mesas se esparcían bolsitas de cocaína y crack. En la otra los fajos de reales. El ritmo de venta era vertiginoso.

Al final de la calle había una casa que parecía abandonada pero estaba llena de gente. Las personas entraban y salían continuamente. Un hombre con una pistola en la mano estaba sentado en lo que sería la estancia, parecía el recepcionista del lugar pero no hablaba con nadie y se limitaba a ver la televisión. La primera sala, detrás de la cortina de la puerta, fue en su momento una cocina. Había una barra con vasos de plástico de agua y más bolsitas con unas piedritas como terrones de azúcar. El vaso servía para hacer una pipa económica. Si alguien quería uno de esos productos se lo tenían que pagar al chico de la pistola. En ese lugar estaba un niño mulato de unos 12 años de enormes ojos azules. Vestía una camiseta del Flamengo, un equipo de fútbol carioca, y sus enormes ojos azules miraban sin ver. El olor de la estancia era similar al del azufre. Mareaba.

En la sala vecina, al aire libre, estaba otro hombre regordete tomando una siesta sobre una silla. Se hallaba rodeado de basura, comida, vasos, platos y moscas que volaban a su alrededor. El lugar estaba en ruinas, había algunos colchones en el suelo y un par de sillones rotos que olían a humedad. En algunas partes del suelo y en las paredes crecía hierba. El hombre seguía durmiendo a pesar del barullo y los gritos. A su lado, cuatro hombres jugaban a las cartas apostando sus dosis. Había una decena de mujeres escuálidas con tops ombligueros o en bikini que dejaban ver unas barrigas hinchadas por el hambre. Algunas, coquetas, se planchaban el cabello y se pintaban en este sitio que se asemejaba a un refugio de guerra, sucio y miserable, con gente que parecía enferma, hambrienta, herida, pero que estaban ahí por voluntad propia o lo que quedaba de ella. Las chicas hablaban y reían como si se prepararan para salir a una fiesta. En otro cuarto conjunto, tapado con un techo de piedra y que de puerta tenía una sábana vieja, había una pareja teniendo relaciones sexuales.

Alejandra y José Luis entraron a este museo de la miseria pareciendo dos extraterrestres: los consumidores nos miraban desconfiados. Nadie quería hablar con nosotros. En cuanto nos acercábamos a una persona, esta decía dos o tres monosílabos y después se iba. Otros ni siquiera nos volteaban a ver y seguían en sus asuntos. Había decenas de conversaciones de silencios eternos, murmullos y miradas vacías. Algunos eran habitantes de la favela, otros crackudos ambulantes que han ido cambiando de crackolandia según iban desapareciendo. Todos tenían los ojos hundidos y rasgos cadavéricos. Cuando nuestro colega Alan tomaba alguna fotografía, las personas se tapaban la cara. Otros reían desde lejos. Casi todos estaban fumando, iban a fumar o recién habían fumado crack. Estábamos en un universo distinto. De los presentes, pocos realmente estaban ahí.

El ambiente tenso cambió de un momento a otro a medida que la gente se drogaba. Las personas se nos acercaban, querían hablar. No obstante, por la barrera de idioma, el acento cerrado y el slang de algunos, además de los efectos del crack en el habla, se nos dificultaba entenderles. Una de las mujeres, de piel tostada y cabello despeinado, posaba ante la cámara como si fuera a ser la próxima portada de Vogue.

—¡Voy a ser famosa!
—exclamaba ilusionada.

Brasil se ha convertido en el segundo mayor consumidor de cocaína y sus derivados del mundo después de Estados Unidos.

Otro niño, de mirada dura y gestos crueles, exhalaba el humo para que el fotógrafo captara justo ese momento. Era negro y estaba rapado. No llevaba camisa y por tanto, podíamos ver sus costillas marcadas en el abdomen de su cuerpo extremadamente delgado como si llevara meses sin comer. Tenía entre 10 y 12 años. No nos dirigía la palabra, pero quería ser retratado. Presumía su dosis ante la cámara.

A ratos era imposible no tener ganas de llorar. Alejandra se limpió las lágrimas un par de veces. Ninguno de nosotros había visto nunca ese grado de decadencia humana. La mayoría ya no eran personas. Parecían fantasmas, recuerdos. No sabían quiénes eran, ni qué hacían ahí, sólo les interesaba su droga. Era difícil entender por qué alguien querría estar en ese lugar, pero en la casa había unas ciento cincuenta personas. Algunas dormían ahí, otras iban y venían, en todo momento había alguien. Un hombre nos contó que recién había salido de la cárcel. Lo habían pillado robando un coche en Lapa, en el centro de Río. Era la segunda vez que lo encerraban. “Así es esto: te drogas, robas, vas a la cárcel y así una y otra vez”, relataba.

Un chico de barba y ojos azules entró a la estancia al aire libre. “Vengo aquí sólo de vez en cuando”, afirmaba aunque al entrar saludó a varios de los habitantes de la casa con familiaridad. Aquí el desayuno, la comida y la cena era una dosis. Muchos adictos conseguían comida en la calle pero preferían venderla a cambio de droga. A veces, algunas ONGs les daban ropa y alimentos y con eso lograban comer por una semana o más. El hombre de barba sacó una bombilla, un tubo de metal y un pedazo de cinta aislante. Con manos nerviosas pero hábiles construyó una pipa en un par de minutos. Entonces sacó una bolsita y posó los cristales encima de la pipa. Pidió un encendedor a quienes lo miraban ansiosos esperando que les compartiera un poco. De repente, se escuchó “crack”. Parecía que, a sus ojos, nos difuminábamos.

El crack es la base económica del mercado brasileño. Los grupos criminales, ya sean los de Río u organizaciones más grandes como el Primer Comando Capital de Sao Paulo, que ya llega a tener tentáculos a nivel internacional y opera como cártel, se nutren de su venta porque su consumo es compulsivo y masivo. La droga, miseria en este país, es indispensable para la economía de su mercado negro.

“El producto de baja calidad es el que más se consume en Brasil. En las grandes ciudades sí se consume coca, pero el grueso del mercado son las favelas. Ahí es como el McDonald’s, vendes más barato, pero mayor cantidad”
, nos decía Cesar Guedes en 2013, como representante en Bolivia de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), cuando lo entrevistamos en ese país —actualmente está en Pakistán—. La explicación es simple: Brasil, una nación con 200 millones de habitantes, se convirtió en un consumidor después de ser un país de tránsito, en especial de cocaína traficada a Europa a través de países de África Occidental. De acuerdo con Rafael Franzini, director de unodc-Brasil, “por el dinamismo de los mercados de drogas y el crecimiento económico de estos años, Brasil es ya un destino”. Las favelas, principalmente en ciudades como Río de Janeiro y Sao Paulo, son los puntos de venta y consumo de droga, dominadas por los grupos criminales.

El gobierno de Río de Janeiro implementó hace cinco años un plan de seguridad para recuperar el control territorial de las favelas, sobre todo en las más céntricas, denominado pacificación. Los grupos de élite como el BOPE —conocido mundialmente por la película Tropa de Élite, dirigida por el cineasta José Padilha en 2007—, junto con la policía militar y el ejército, ocupan la favela un día, de sorpresa, lo que implica una batalla entre narcos y autoridades o una corredera para escapar. Los vecinos se encierran en sus casas. Los delincuentes acaban presos o huyen a territorios controlados por sus grupos criminales, especialmente en la periferia de la ciudad. Luego se implanta una Unidad de la Policía Pacificadora (UPP), que prohíbe el tráfico y en teoría busca recuperar el control social de la comunidad, con un perfil menos violento, sin ostentar armas y fomentando el diálogo. Pero muchos críticos niegan que este sistema realmente funcione.

La operación más reciente, la de Maré, ubicada en el camino del aeropuerto a la zona sur, provocó varias protestas por la violencia con la que irrumpió el BOPE. Derivó en al menos nueve muertos. Bira Carvalho, un fotógrafo en silla de ruedas cuya casa fue asaltada por las autoridades en busca de droga, nos dijo: “La pacificación no es para traer paz. Esto empezó en la zona sur porque es turística, pero el tráfico de droga continúa, la policía lo sabe y la cosa va a seguir igual”. En cada pacificación, los vecinos, así como varias ONGs, han denunciado graves violaciones a los derechos humanos. En otra operación policial contra el narcotráfico al oeste, en la favela Coreia, un helicóptero disparó contra la población civil para detener a un famoso traficante conocido como “El Matemático”, que meses después fue encontrado muerto en la cajuela de un auto. El video salió en televisión nacional. Parecía que fuera una operación de un país en guerra. Hasta ahora hay 38 UPP en las 968 favelas que hay en Río de Janeiro, según el último censo del Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos.La UPP no llega al 10 % de las favelas, aunque parece que sí por propaganda. En realidad su ubicación muestra el proyecto de ciudad que tiene el gobierno de Río de Janeiro”, sostenía el diputado Marcelo Freixo, ex candidato a alcalde, quien destapó uno de los mayores escándalos de corrupción al relacionar a diputados locales con la milicia. Durante meses, el diputado tuvo que dejar la ciudad por amenazas de muerte. Su historia inspiró a uno de los personajes de Tropa de Élite.

Flavia Piñeiro nos atendió en su modesto despacho del centro de Río de Janeiro con unos tacones de aguja, minifalda y una chaqueta negra de traje que dejaba ver un generoso escote. Lucía una melena rubia oxigenada y labios carnosos pintados de rosa pálido. Con esta misma apariencia de ejecutiva exuberante, Flavia taconea por las noches en las favelas, entre hombres armados con fusiles que venden droga con la misma cotidianidad que las verduleras de los puestos del mercado. En esas ocasiones, la abogada se para delante de un traficante y le dice sin reparos: “Vende cocaína, vende marihuana, has ganado mucho dinero, pero para de vender crack”. Hasta 12 líderes, aseguraba, han seguido su sugerencia.

Ella es a la vez defensora de narcotraficantes y activista de los adictos. Desde hace 17 años varios criminales conocidos de Río de Janeiro, como Fernandinho Beira Mar, gran capo del Comando Vermelho, la han contratado. “En Brasil más del 60% de los encarcelamientos están relacionados con drogas. Por eso seguí este camino. Es una cuestión de mercado”, nos explicaba Piñeiro en su despacho, ubicado en un departamento de unos cuarenta metros cuadrados con paredes casi desnudas.

Desde hace nueve años también visita las favelas para ayudar a paliar la miseria y prevenir violaciones de los derechos humanos. “No siento peligro porque saben que cuando un policía derriba la puerta de su casa pueden acudir a mí. La violación de los derechos humanos en la favela hizo que los delincuentes respeten mi trabajo”.

En una reunión con uno de sus clientes, un líder de Jacaré, que fue la crackolandia más célebre de Río, Pinheiro tuvo la idea de empezar su cruzada contra el crack. El traficante le contó que estaba arrepentido de vender la droga que inundó a partir de 2007 las zonas pobres de la ciudad después de un acuerdo en las prisiones federales entre los líderes del Comando Vermelho y el Primer Comando Capital, la organización criminal que controlaba el comercio ilegal en Sao Paulo, donde el crack había llegado hacía tiempo. Algunos familiares y amigos de infancia del narco se habían hecho adictos.

—Me dijo que se habían transformado en harapos humanos, no soportaba ver en qué se había convertido su comunidad —nos contaba la abogada con una voz grave y resonante.

Flavia pensó que si otros traficantes compartían el sentimiento, podía convencer a líderes de todas las facciones. “Todo el mundo conoce a gente que consume cocaína y marihuana, pero no ves a ningún adicto al crack trabajar. Se dice que el crack es miseria. Pero es la miseria la que lleva al crack”.

Según la Secretaría Nacional Antidrogas (SENAD) el 40% de los adictos al crack vive en la calle; el 14% son menores de edad y la posibilidad de ser portadores del VIH se multiplica por ocho. En las crackolandias, además, se acumula basura y muchos adictos deambulan desnudos y tienen sexo en la calle. Hay mujeres embarazadas. Y consumidos por la adicción, los crackudos rompen reglas de la favela como no robar dentro de la comunidad, un delito que se puede castigar con la muerte. El gobierno brasileño ha invertido en los últimos tres años 1.8 millones de dólares en combatir el crack. Muchos activistas piensan que se invierte “so para inglés ver”, una expresión brasileña que significa que se hace para el extranjero, el turista, muy en boga por los megaeventos de la ciudad.

Los adictos al crack, el último eslabón de la cadena social, en algunos casos han sido privados de su libertad. Durante algunas épocas, desde 2011, varios crackudos han sufrido la internaçao compulsoria, un mandato que permite a las autoridades llevarlos en contra de su voluntad a centros de internamiento. “Esta medida puede ayudar a reducir los índices de consumo. Ya se intentó en Sao Paulo y queremos que se apruebe a nivel nacional, hay en Brasil una cantidad inaceptable de usuarios y muchos en riesgo de muerte”, defendía el diputado federal, Fernando Francischini, del derechista Partido de la República (…).

https://gatopardo.com/revista/no-159-marzo-2015/bienvenidos-la-tierra-del-crack/