Por Jorge Giles   ***

Los casos de contagio crecen día a día, semana a semana. Los casos de desacato a las normas de cuidado, también. El Estado, en tanto, recomienda, aconseja, opina, diagnostica, pronostica, pero deja hacer, deja pasar, sostiene Jorge Giles en esta nota, y afirma que para seguir vivos tenemos que tener un Estado que, además de diagnosticar, aplique sin pérdida de tiempo el toque de queda sanitario que deba aplicar sin estigmatizar a la juventud y dar la lucha por el sentido común dominante y por una visión justa de la realidad.


El virus sigue avanzando a upa nuestra. Vigila noche y día nuestro comportamiento humano y allí donde detecta una fiesta clandestina, una aglomeración sin barbijos, una vía propicia para reproducirse, allí se instala y contagia. Si encuentra alguna resistencia, muta su formato y sigue su marcha triunfal hacia la muerte; la nuestra, obviamente.

El capitalismo, en tanto, demuestra también y una vez más, su eficiencia letal sobre la sociedad entera. Como el virus, no para de reproducirse. Le interesa solamente salvar sus estructuras, sus cimientos de explotación financiera, su propio ropaje cultural, y por qué no, su reserva estratégica de dosis de vacunas.

Observemos el mundo un instante. Los países centrales están comprando vacunas a cuatro manos, mientras las naciones en vías de desarrollo corren el riesgo de atravesar el desierto sin una gota de agua. El rigor de la lógica capitalista, que es el egoísmo, indica que la misma ecuación que se da entre países poderosos y países vulnerables, aplica hacia el interior de esos países, y por tanto, es legítimo pensar que si esta correlación de fuerzas no se modifica de raíz, la humanidad corre peligro de extinción. Y la humanidad somos nosotros.

¿Qué puede trastocar esta ecuación?
La presencia activa del Estado en defensa de la salud pública. Ese es, a medias, el caso argentino. Y decimos a medias porque el 2020 cruza la satisfacción de haber contado con un Estado activo que nos permitió evitar el colapso temprano del sistema sanitario y social, con la tristeza de perder más de 43.000 compatriotas muertos por Covid. Por dolor, por vergüenza y por pudor, nadie puede celebrar nada en un estadio así.

El 2021 se despereza con factores variados: la esperanza de la vacuna; el ametrallamiento mediático contra el gobierno que trajo la vacuna; algunos funcionarios que sólo diagnostican y pronostican sobre la pandemia como si fueran panelistas de un programa de TV; los opositores que destilan un odio capaz de desenchufar el “frízer” donde se guardan las vacunas y los jóvenes que inauguran la temporada de verano, bailando desnudos y amuchados sobre la playa.

Los casos de contagio crecen día a día, semana a semana. Los casos de desacato a las normas de cuidado, también. El Estado, en tanto, recomienda, aconseja, opina, diagnostica, pronostica. Pero deja hacer, deja pasar. Sólo hay que recorrer los centros comerciales urbanos más concurridos para darse cuenta del desastre que asoma en un horizonte muy cercano. Seguimos caminando por el borde del precipicio. Y el Estado tiene la obligación de impedir drásticamente que el desacato siga sucediendo.

Y aquí nos detenemos para reafirmar tres cuestiones que nos parecen centrales a la hora de reflexionar sobre el presente:

*El Estado, en todos sus niveles, debería aplicar con todo rigor las normas necesarias para desalentar las conductas antisociales que atenten contra la salud. Al frente de las autoridades de aplicación de estas normas deberían estar presentes los funcionarios civiles gubernamentales para evitar cualquier desmadre represivo en el uso de las fuerzas. Pero es absolutamente ingenuo e irresponsable descansar la responsabilidad de los cuidados en “la gente”. El Estado, con un gobierno peronista, existe justamente para velar por nuestra seguridad, nuestra salud, nuestra educación, nuestro trabajo, nuestra jubilación, entre otras responsabilidades. Además, es injusto preocuparse sólo por asegurar el merecido descanso de los veraneantes a costa del agotamiento total del personal médico y para-médico de nuestros hospitales. Todo el personal de salud está exhausto, estresado, mal pagado y para ellos no hay vacaciones ni bailes ni salarios dignos.

*La juventud que baila en las playas no es la culpable del crecimiento de casos. Esos pibes y pibas bailan porque las autoridades le permitieron una pista para salir a bailar. Es muy peligrosa la tendencia que se observa por parte de comunicadores y algunos funcionarios en cargar toda la culpa en los jóvenes, en estigmatizarlos nuevamente. Hay una larga historia de horror atrás de esas estigmatizaciones. Es en épocas de crisis, tan profundas como la que afrontamos, donde los monstruos de la humanidad desenvainan sus cuchillos. Entonces, cuidado que por este punto de fuga se nos vuelva a colar la condena social y fascistoide contra los jóvenes.

A esos jóvenes que bailan en la playa hay que alentarlos para que se sumen a los miles de jóvenes que militan en los barrios para aliviar el hambre de la población y valoren a los otros miles de jóvenes profesionales que están en los hospitales asistiendo a los enfermos por Covid.

*La verdadera batalla que se debe librar, a la par de la vacunación, es dar la lucha por el sentido común dominante y por una visión justa de la realidad.
No hay que esperar contar con la totalidad de la representación política de la sociedad para dar esa batalla cultural. Hay que darla ahora o ganará por goleada el pensamiento de la derecha. Para eso habría que contar, por ejemplo, con un plantel de jóvenes comunicadores capaces de transmitir con objetividad los datos de la pandemia y al mismo tiempo despertar credibilidad y entusiasmo en la población para cumplir con las normas. Hay que impulsar la presencia mediática de las Universidades, el CONICET, el Malbrán  y agentes de la cultura en esta batalla. En pocas palabras, hay que disputarle el territorio al virus y a sus voceros publicitarios. Hoy nada de esto existe.

Confiamos en este gobierno, creemos en las vacunas, creemos en los logros conseguidos en este primer año de pandemia y creemos en nosotros como comunidad. Pero mientras el poder real siga estando en el campo enemigo, necesitamos de más presencia del Estado; al menos para empardar la disputa cultural.

La derecha de este país fue capaz de desaparecer 30.000 compatriotas y bombardear Plaza de Mayo en 1955 con el triste saldo de 400 muertos. ¿Cómo no esperar de esa derecha que ataque como viene atacando la salud de los argentinos y argentinas? La libertad de expresión es sagrada mientras defienda la vida y la democracia; pero cuando tras la fachada de esa libertad se proclama la muerte, el Estado debería poner barreras normativas en defensa de la vida.

Para poder seguir bailando en libertad tenemos que estar vivos y para seguir vivos tenemos que tener un Estado que, además de diagnosticar, aplique sin pérdida de tiempo el toque de queda sanitario que deba aplicar. Porque entre las vacaciones y la salud, elegimos la salud.


*** Jorge Giles Periodista y escritor. Su último libro publicado es «Mocasines, una memoria peronista», editado por la cooperativa Grupo Editorial del Sur (GES)