Por Daniel Miguez ***

Antes era distinto… Cuando éramos chicos, para que no patearan fuerte decías “no vale fusilar”. Sobre todo en los penales. “No vale fusilar”. Eso le dijo Dorrego a Lavalle: “No vale fusilar, no vale fusilar”. ¡Esta! Lo metió con pelota y todo.

Pero antes era diferente. Era todo más parejo. Porque si uno eliminaba a Dorrego, después venía otro y se la daba a Lavalle, allá en Jujuy, de visitante. ¡Ma’ que adaptación a la altura! La selección fantasma de Sívori tuvo un mes de adaptación en La Quiaca, la de Bilardo también, pero en Tilcara. En cambio a Lavalle en Tilcara lo velaron. Nada de adaptación a la altura. Y después lo llevaron a dar la vuelta olímpica por la ruta 9 hasta Potosí.

Porque antes era distinto. Más parejo. Si Castelli fusilaba a Liniers, los otros enseguida envenenaban a Moreno y lo tiraban al mar.

Era de ida y vuelta. Había situaciones en las dos áreas todo el tiempo.

Como esa vez que Rivadavia le entró con una plancha tremenda al peroné a San Martín y lo sacó de la cancha para siempre. Y parecía que se venía la noche. Pero después aparecía Rosas, que se plantaba en el medio, de 5, como Pipo Rossi, como Giunta, y los cagaba a patadas, y no pasaba nadie, como ese día en la Vuelta de Obligado.

Pero en un momento se empezó a inclinar la cancha. ¿Viste que Rosas no le pasaba una pelota a Urquiza? Como el Chelo Delgado a Palermo, o como el Mellizo a Riquelme. No se querían y en la cancha se notaba. Pero ahí hubo algo raro. Urquiza empezó a ir patriqui. Andá a saber si Mitre le pasó un sobre por debajo de la mesa o qué sé yo, porque el tipo parecía que iba a menos y, después, directamente, que jugaba para los contrarios. La cuestión es que eso fue decisivo. Porque empezaron a atacar con todo.

Y cuando entró Roca se hizo dueño del partido, la puso bajo la suela, empezó a manejar los hilos. Era un jugador de toda la cancha, hay que reconocerlo. Nada de hacer la nuestra, nada del fútbol que le gusta a la gente. ¡Atrás daban cada sablazo! En el medio eran guerreros y arriba tenía cañoneros. Dieron vuelta el partido como una media.

Hubo un respiro cuando entró Yrigoyen, porque tuvo un poco la pelota, la hizo circular, metió algún buen pase, pero enseguida se lo comieron y volvieron a tener el manejo. Parecía que la goleada estaba cantada. Pero así como Pekerman tenía en el banco a Messi y no lo puso y Messi no podía entrar por su cuenta, Perón hizo el precalentamiento sin que nadie se lo indicara y se mandó a la cancha. Y milagrosamente empató el partido. Claro, tenía la hinchada más grande que nadie había podido tener. Y tenía inteligencia para jugar. Al final lo molieron a golpes y tuvo que salir, pero dejó el equipo más o menos bien parado. Cuando volvió a entrar ya estaba hecho percha, metió algún buen contragolpe, pero no mucho más. Y cuando se retiró definitivamente, el equipo ya era un caos.

Ahí sí. Chau. Se pudrió todo. Fue goleada. Entraban por todos lados. Además, la más suave te la daban en el pecho, no te cobraban un penal ni aunque vieran sangre, el referí pitaba siempre para ellos, manejaban la AFA y el Tribunal de Disciplina. Hubo una esperanza cuando entró el pibe de Chascomús, pero lo vieron tierno y le sacaron la roja enseguida. Nos llenaron la canasta. Quedamos al borde de irnos a la B.

Casi al final sí hubo un respiro. Pusieron a esa pareja de defensores que ponían garra y también se mandaban al campo rival con decisión y se achicó la diferencia. La hinchada volvió a entusiasmarse con la posibilidad del empate, porque hubo un buen rato de ataque sostenido y metieron varios goles. Pero no. No hubo caso. Los contrarios tenían un buen billete para comprar jugadores, iban con los tapones de punta y el árbitro decía “siga, siga” y volvieron a tener el manejo total del partido. Y andá a saber por cuánto tiempo.

Antes era diferente. Era más parejo.