Por Gabriela Borreli Azara   ***

De cómo la pasión por una chica define por un rato la identidad futbolera y nacional.


Una vez me hice la uruguaya. Fue en la semifinal del mundial de fútbol 2010, cuando “mi país”, Uruguay, jugó con Holanda. Me senté en un bar de esos de cadenas con apellido español, esos bares para comer alfajores copados y mirar TN en pantalla gigante o cuando hay mundial, hacerte la fanática y mirar el partido. Estaba esperando a F. que trabajaba cerca y misteriosamente apareció en mí una pasión futbolera, un pequeño y sorprendente sentimiento de atracción a la pelota, una pasión que siempre admiré en ella. No era que F.  mirara todos los partidos con la camiseta agarrándose los pelos ni gritando los goles, pero F. entendía el fútbol y me lo hizo entender a mi. Que era un juego pero no solamente eso. Que se jugaban algunas cosas de la idiosincrasia pero no tanto. Que no era un mapa de la sociedad pero que a su vez muchas cosas se podían ver en él. La cosa es que todo eso que F. pensaba sobre el fútbol y me contaba y yo escuchaba se amplificaba en los mundiales: me contaba hazañas extraordinarias de cada equipo y la noche anterior a esa tarde en que fingí ser uruguaya,  atentas a la final del mundial me contó cosas buenísimas de Uruguay  y de Holanda. Que en el 78 los jugadores holandeses no habían querido venir por no hacerle el juego a la dictadura argentina y que Uruguay había dado un Maracanazo, es decir, le había ganado una final a Brasil en su propio país. Épicas que F. narraba como si contara mitología griega. Me sentí cerca de algunas de esas hazañas políticas dónde el fútbol  dirimía cuestiones geopolíticas de los países intervinientes. Y aunque respetaba mucho la buena conciencia de Holanda que ahora tenía una reina que era hija de un hombre vinculado a la dictadura (volteretas de la historia y el destino) me sentí inmediatamente uruguaya. Fue así que me senté a esperar a F. pidiendo un alfajor con nuez, mientras recordaba la charla del día anterior y empezó el partido. Un hombre que estaba solo en la mesa de al lado empezó a comentar las jugadas, primero al viento y luego más dirigidas a mi persona. ¿Sos uruguaya? Sí. Es un lindo país, sí, lindísimo, a mí me encanta, dije y pensé inmediatamente que nadie dice eso del país dónde realmente nació, aunque tal vez sí porque a mi me encanta Argentina, pero también al decirlo me siento una tilinga que habla de su país como si no fuera el propio. Entonces decidí seguir estas divagaciones mientras me creía cada minuto más mi uruguayidad. F. no llegaba y ya el chavón se empezaba a poner pesado comenzando a hacer todo lo que hacen los chabones con el fútbol:  explicártelo. Pero nadie me iba a explicar mejor que F. que con sus ojos verdes y profundos se encargaba en casa de sostener un libro y con la otra relojear el partido. Nadie me iba a contar mejor que F. las hazañas o la personalidad de tal jugador mientras preparaba una clase de Deleuze. Yo estaba esperando que F. me viniera a explicar el partido y quién merecía ganar, quién volvería a su patria llenando el corazón de miles de trabajadores precarizados porque era el fútbol un opio de los pueblos pero en ocasiones también su alegría. No me interesaba para nada lo que ese chavón al lado de mi mesa me contara porque solo me había servido para actuar un poco, para entretenerme mientras esperaba a F. para, en este tiempo a casi una década de esa tarde, en este fin de verano rioplatense, en este marzo que se vuelve melancólico cerca del día de la visibilidad lesbiana los recuerdos sean un surco aún visible de este río que cruzo desde mi orilla porteña. Solo actúe para que suceda esto: fijar un momento en que esperaba a F, una tarde en la que fui uruguaya y me hice la que me interesaba la final del mundial, para recordar que esperé a F. en ese bar muchas veces y que nadie como ella podía hacerme entender lo que casi es el fútbol, lo que casi no es y el prisma incompleto de un pensamiento que se esfuma pero no su boca moviéndose, contándome el partido mientras la luz verde que se desprendía de la tele y del campo de juego le iluminaba los cachetes que eran mi propio terreno de acción, mi jugada mal realizada, el mundial que casi gané, pero claro,  igual que en ese entonces como ahora, no soy uruguaya, ni mi país estaba en semifinal.

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