Por José Manuel García de la Cruz    **

En 2011 Rodrik planteó como paradoja de la globalización la imposibilidad de intensificar la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional. Es imprescindible la elección de dos de las tres opciones posibles, por la incongruencia de forzar las tres. Una debe ser sacrificada: la democracia, la soberanía nacional o la globalización.

El 1989,  Francis Fukuyama irrumpió como un huracán en los debates sobre el orden mundial. En su atrevido análisis sobre el mismo, publicado bajo el no menos atrevido título de El fin de la historia,  Fukuyama pronosticó el triunfo definitivo del liberalismo económico y político, como consecuencia de la derrota que con sus éxitos había infligido a sus supuestos rivales totalitarios, fascismo y comunismo, y, en otro plano, los nacionalismos. ¡Qué tiempos aquellos!

Echando un vistazo a la actualidad, parece dudoso que el análisis fuera correcto. Sin entrar en la creciente importancia de los movimientos nacionalistas, o el regreso de las ideas autoritarias como ideología política “salva pueblos” que cuestionan el liberalismo político, hoy, también, se extienden las dudas sobre la capacidad del mercado libre para resolver los problemas que se han de encarar con cierta urgencia. Por simplificar, ha llegado el momento en el que hay que resolver el muy divulgado trilema de Rodrik. Este autor, en 2011, planteó como paradoja de la globalización la imposibilidad de intensificar la globalización económica, la democracia política y la soberanía nacional, siendo imprescindible la elección de dos de las tres opciones posibles por la incongruencia de forzar las tres. Una debe ser sacrificada: la democracia, la soberanía nacional o la globalización.

En cierta forma, la creación de la Organización Mundial de Comercio (OMC) quiso hacer compatibles los tres objetivos, sin embargo las dificultades de concluir la Ronda de Doha, iniciada en 2001, es la mejor muestra del fracaso de la pretensión, hasta el punto de que,  en la reciente reunión del G-20 en Buenos Aires, se ha llegado a explicitar la necesidad de la reforma de la OMC.

El propio G-20, que nació en 1999 como un instrumento de cooperación y coordinación de las políticas nacionales para hacer frente a las dificultades financieras del momento, conoció un momento de gloria en su cumbre de Londres de 2009. Allí se llegaron a aprobar paquetes financieros de miles de millones de euros para ayudar a las economías nacionales en dificultades (se supuso que para aliviar los costes de los ajustes), a comprometer una rigorosa lucha contra los paraísos fiscales («la era del secreto bancario ha terminado”, se puede leer en el comunicado final), y se anunciaron normas rigurosas para controlar las actividades financieras, en el ojo del huracán de la crisis financiera global de 2007-2008.

Desde entonces, la pérdida de interés de las resoluciones del G-20 ha sido constante, hasta la casi irrelevancia de la última cumbre -celebrada en Buenos Aires entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre de este año-  no por el contenido más o menos ambiguo de las resoluciones, sino por la falta de credibilidad de las mismas. Y esto está sucediendo en medio de un cambio radical de contexto que incluye la crisis de algunas ideas que han orientado al mundo desde los años ochenta, las decisiones de los gobiernos de naciones poderosas y democráticas y la acelerada toma de conciencia sobre problemas graves y de urgente atención.

Por si  fuera poco,  según el Índice de Democracia 2017  ( Democracy Index), publicado por The Economist, solamente califica como democracias «plenas» o completas a 20 países -entre ellos a España- en los que vive el 5% de la población mundial. Los EE.UU. se quedan ligeramente por debajo de este grupo, empeorando su tradicional buena nota.  Todo indica que queda historia para rato.

Por su parte, si la globalización tuvo un innegable apoyo en los desarrollos de las tecnologías de telecomunicaciones y tratamiento de datos (las ITC), no acaba de estar clara su contribución al incremento de la productividad. Por el contrario, lo que sí es cada día más evidente es su escasa contribución a la equidad y a la cohesión social, a lo que añadir su potencial capacidad de destrucción masiva de empleo.

Pero, sin duda, la gran frustración se está concentrando en torno al comercio y las inversiones internacionales.  La fe en la apertura de las economías nacionales a la competencia externa, en la reducción de los obstáculos al comercio, y en la ampliación de las facilidades a la inversión extranjera está sometida a una rigurosa revisión.  Hasta la OMC ha debido de reconocer este año de 2018 que “la aceleración de la expansión del comercio está impulsada por un mayor crecimiento económico”. Es decir, primero crecer y así comerciar. Y otro tanto, se observa respecto de las inversiones extranjeras que no acaban de recuperar su ritmo a pesar del mantenimiento de las políticas favorables a la internacionalización de los negocios, como señala el PNUD. En estos ámbitos, no deja de ser sorprendente que sea China el país que abandere el libre comercio y la movilidad de inversiones en la economía internacional mientras que no acaba de liberalizar su propio mercado nacional.

Seguramente, este contexto facilita entender algunas decisiones como el relativo aislacionismo de la administración Trump o las dificultades, tanto para el Reino Unido como para la Unión Europea-27,  de acordar un Brexit ordenado. Lo cual no hace sino incrementar  y agravar la incertidumbre que afecta a prácticamente todos los campos de las relaciones internacionales.

No obstante, hay que indicar que no son los asuntos económicos, ni siquiera los geopolíticos, los más importantes de entre los que se ha de hacer frente con urgencia. Como recoge el World Economic Forum en su Informe sobre Riesgos globales 2018 ( Global Risk 2018), los riesgos globales más probables  y con mayor impacto son, por este orden: los acontecimientos climáticos extremos, los desastres naturales, el fracaso de la mitigación y adaptación al cambio climático, la crisis del agua, los ataques cibernéticos, la pérdida de biodiversidad y colapso del ecosistema, y la migración involuntaria a gran escala. Detrás quedan otros, como los problemas de gobernanza o las pandemias. Lo relevante es la importancia de los problemas relacionados con la sostenibilidad y cómo han sustituido a los asuntos económicos o geopolíticos, hasta hace no muchos años protagonistas de los debates en el foro de Davos.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030, o las mejores intenciones de las Cumbres sobre el Cambio Climático y semejantes, por su alto grado de “voluntariedad” en la aceptación de los compromisos, son claramente insuficientes para abordar rigurosamente los desafíos que los riesgos señalados presentan, y que exigen profundas transformaciones de los sistemas de producción y de los patrones de  consumo actuales. No resulta ocioso recordar que, dada su magnitud y su universalidad, no admiten soluciones parciales ni particulares. Se precisan organismos capacitados y dotados de autoridad suficiente, además de generosas aportaciones financieras, que impulsen las políticas que con urgencia los problemas están demandado.

Puede ser hasta justificable que la gente común siga bailando mientras suene la música a pesar de sentir que el barco se hunde,  como los pasajeros del Titanic. Pero lo que no se acaba de entender que no haya nadie en el puesto de mando. ¿O se está dado todo por perdido? No se debe permitir. Sin duda, el nuevo año puede ser un gran año. Y deberá serlo.

https://www.eldiario.es/zonacritica/Adonde-va-barco_6_850824925.html