Muchos compañeros se ofenden dentro del accionar político, reciben un agravio personal y se enojan. Cuando se enojan pierden el equilibrio de sus pensamientos y el control de sus acciones. Los ofendidos extravían su estabilidad, su balance, distorsionan su ponderación, el orden de prioridades y sus conclusiones.

El pensamiento enojado los lleva a actuar por impulso. Una persona impulsiva puede ser  fácilmente provocada.

Los enojados descuidan la estabilidad del carácter. Se distraen de militar con eficacia para el objetivo político.

El que piensa enojado planifica mal, va detrás de objetivos personales, olvida a la causa, la relega.

Prioriza su acción para vengar o devolver su dolor individual, olvida la necesidad colectiva. Ejecuta una acción personal que no favorece al colectivo.

Se convierte en un egoísta, que se cree más importante que la causa y comienza a favorecer al enemigo.

El que está ansioso por defender su reputación no pone cuidado en ninguna otra cosa.

Los rivales y competidores encontraron su mayor debilidad y la van a explotar siempre.

El enemigo nunca debe saber el curso de la acción que pensamos, no lo mostramos torpemente con un enojo.

Cuando sus acciones confiesan sus enojos, dan información de lo que les duele o afecta, gratis, para el que ataca la aproveche en su beneficio.

La información secreta es el fundamento de la sorpresa en la acción.

El control del desarrollo del plan de acción es fundamental para el éxito.

Cuando el enemigo te ofende no es a vos, es a lo que representas. Si enojado cambias el curso de acción que los afectaba, dejan de atacarte y te olvidan.

No seas vanidoso, no eras importante.

Los ofendidos se enojan, se sienten imprescindibles, son egoístas que olvidan el trabajo conjunto y coordinado con sus compañeros, para intentar corregir apurados su honor particular.

El ofendido limita su acción, se neutraliza solo, se paraliza en su acción táctica y afecta la estrategia del conjunto.

Salir del enojo lleva un tiempo, largo o corto, sustraído a la acción política concreta.

A los únicos que les interesan los temas privados que te afectan es a tus enemigos, para vencerte, y a tus compañeros para protegerse de tus torpezas, a los demás no les importa en lo más mínimo.

Nadie presta atención a tu honor o a tu prestigio, salvo que le sirva para usar dentro de una acción política.

Verdad n° 7: Ningún peronista debe sentirse más de lo que es, ni menos de lo que debe ser; cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca.
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La política no es una cuestión personal.
No es un fin en sí mismo, es un medio para alcanzar la felicidad del pueblo.

Al ingresar a la vida política se tira la honra a los perros.

Si sabemos quiénes somos, si amamos la causa popular a la que servimos, no nos ofendemos nunca, no nos enojamos por nada o al menos no actuamos enojados.

La conducción política no es apasionada. La pasión es para sostener el ideario, para sacar más fuerzas en la culminación del combate, no sirve para conducir.

Los ofendidos y enojados seleccionan a sus compañeros de ruta entre los que no los lastiman, limitan la obtención de información con los que tiene trato selectivo, crean su propio círculo, se aíslan, se repliegan con los que se sienten cómodos.

Olvidan que la política es una difícil lucha permanente sólo para los que aguantan, asociados con todos los que van con la misma dirección.

​​Verdad n° 2: El peronismo es esencialmente popular, todo círculo político es antipopular y por lo tanto no es peronista.

En 500 años de colonia, luchando por la libertad, el aporte individual es un granito de arena en el curso de la historia. Un militante político es un ser humilde, se considera un igual entre millones, no malgasta su capacidad en la acción con enojos, con  soberbia, sintiéndose más importante que los demás, ni por sobre la causa que sirve.

​​Verdad n° 8: En la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: Primero, la Patria;  después, el Movimiento y luego, los hombres.
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Castelar, 11 de diciembre de 2018

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Publicado originalmente en la ​​
Revista Huellas Suburbana